El concepto de cultura

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Resumen elaborado por: Luis Alejandro Palacio García

Entenderemos por cultura cualquier patrón de conducta, normas, valores, creencias y conceptos que sea más que individual pero menos que universal. En una primera aproximación, la cultura incluye todos los patrones constantes (o frecuentes) de la conducta humana dentro de un determinado grupo y que no se encuentra (o lo son de manera menos frecuente) en otros grupos.

Obviamente, esta caracterización de la cultura es incompleta. No hace referencia a las normas, los valores y las creencias que normalmente se consideran parte integral de la cultura y que pueden jugar un papel esencial a la hora de mantener las conductas que diferencian a un grupo humano de otro. Observemos que las diferencias en las normas, los valores y las creencias no van unidas necesariamente a diferencias conductuales. El lenguaje nos proporciona un ejemplo muy claro de ello, dado que el lenguaje es un equilibrio de coordinación.

Esta diferencia entre normas sociales y equilibrios de coordinación en teoría es bastante clara. La conducta guiada por normas sociales se sostiene por el deseo de evitar la desaprobación de los otros. La conducta que se ajusta a un equilibrio de coordinación se mantiene por el interés personal, debido a que la persona que no se adapta a ese equilibrio se ve sometida a inconvenientes y dificultades de todo tipo, ya que la mayoría de las personas con las que entra en contacto mantienen la costumbre y se adaptan a ella.

Las normas sociales en algunos casos aparecen como sistemas que aseguran los equilibrios de coordinación. Como motivación para elegir la conducta de equilibrio, añaden al interés propio el temor a la crítica. En otros casos, las normas sociales se mantienen por sí mismas como la única motivación de la conducta. Ha sido muy defendida la idea de que pueden ayudar a que los miembros del grupo superen los problemas de la acción colectiva e, incluso, de que estos efectos expliquen la presencia de la norma. Más que reforzar el interés propio, se dice que estas normas contrapesan ese interés propio e inducen a realizar una conducta que resulta deseable para el conjunto del grupo.

Por último, hay muchas normas que tienen poco sentido utilitario, desde el punto de vista del individuo, de un grupo o de un subgrupo. En esta categoría se encuentran las normas del lenguaje, de vestir, de la etiqueta y otras parecidas. Una objeción evidente a estas afirmaciones consiste en decir que, ya que quienes se desvían de la norma se arriesgan a recibir un castigo o a verse reducidos al ostracismo por parte de otros miembros del grupo, las normas se acatan para conseguir el beneficio directo de no verse penalizados. Debido a que este beneficio se vincula conceptualmente a la existencia de las normas, la objeción no nos permitirá asimilar este conjunto de normas a aquellos casos en los que los beneficios son valiosos de manera independiente.

Una cultura se caracteriza también por un conjunto específico de valores. Aunque las normas y los valores son conceptos normativos y, con frecuencia, están estrechamente relacionados entre sí, también defieren en aspectos importantes. Los valores tienen que ver con las preferencias y los compromisos individuales. En la medida en que son parte de una cultura no son idiosincráticos, sino compartidos por otros individuos. Sin embargo, esto no implica que su observancia se regule mediante la reprobación. Muchas personas se guía por valores morales y religiosos debido a un compromiso personal, y no porque tengan miedo de lo que dirían otros si no lo hicieran.

En el otro extremo del espectro de los valores se encuentran las preferencias individuales en cuestiones de gusto, placer y consumo. Quienes han crecido dentro de un estilo dado de alimentación o cultivando un determinado conjunto de actividades deportivas normalmente aprende a disfrutarlas y se aficiona a ellas por que las disfrutan, sin que sea necesario ningún tipo de presión por parte de los otros.

El argumento desarrollado aquí supone tres fenómenos: normas sociales, valores morales y preferencias subjetivas o gustos. Es rasgo común de los valores y las preferencias subjetivas, en virtud del cual los he agrupado, es que no dependen de la aprobación o desaprobación de los demás. Con otros fines puede ser útil agrupar las normas sociales y los valores morales, puesto que la violación de éstos es capaz de desencadenar emociones fuertes en el sujeto y en los observadores. Para otros fines puede ser útil agrupar las normas sociales y las preferencias subjetivas, en la medida en que ambas regulan elecciones estrictamente personales que no imponen ninguna externalidad sobre los otros.

En otros términos, estoy estableciendo una distinción entre, por un lado, la imitación y el aprendizaje y, por el otro, la sanción de la reprobación como dos mecanismos que mantienen la cultura. El primer mecanismo se aplica a los valores; el segundo, a las normas sociales. De hecho ocurre que algunas conductas pueden tener múltiples soportes. Si mi propio interés no es suficiente para hacerme obedecer las leyes de tráfico, el respeto moral por la ley podría ayudar a que lo hiciese. Y si todo esto no fuera suficiente, el temor a la reprobación social podría resolver el asunto.

Los grupos humanos también pueden diferenciarse por sostener diferentes sistemas de creencias. No me refiero a creencias relacionadas con normas, tales como las creencias sobre la buena voluntad de las personas para sancionar las desviaciones de las normas sociales. Dichas creencias, aunque de hecho se den, las clasifico como parte de los aspectos normativos de la cultura. No me refiero tampoco a la creencia de que probablemente otras personas se ajusten a un equilibrio de coordinación específico. Más bien pienso en aquellas creencias basadas en la causalidad, fundamentalmente aquellas de las que cada persona puede inferir relaciones medio-fines.

Dos grupos podrían tener los mismos valores, normas y equilibrios de coordinación y, a pesar de ello, mostrar diferentes patrones de conducta, por tener distintas creencias sobre cuáles serían los medios eficientes para alcanzar los fines específicos. A la inversa, diferentes valores o normas podrían generar la misma conducta si las diferencias normativas se compensaran con diferencias cognitivas.

Un último aspecto de la cultura es el conjunto de conceptos del que pueden disponer los miembros de un grupo. Éste no es un componente separado de la cultura, sino más bien está implícito en muchos de los componentes analizados anteriormente. Para que un fenómeno sea el objeto de una creencia, una norma social o una estimación valorativa, tendrá que existir primero el concepto correspondiente a dicho fenómeno. Al contrario, si un grupo carece de cierto concepto, entonces no se permite que sus miembros entren en actitudes cognitivas o normativas con respecto al correspondiente fenómeno.

Así como las creencias presuponen conceptos, un concepto puede presuponer o representar una creencia. Aunque la formación de la creencia y la formación del concepto están estrechamente vinculadas, en ciertos momentos se puede distinguir entre los rasgos de un fenómeno que le pertenecen por definición y aquellos otros rasgos que se adoptan simplemente para caracterizarlo. El cambio cultural puede darse, así, tanto por la emergencia de nuevas creencias sobre la relación entre conceptos existentes como por medio de cambios en los conceptos mismos.

Veamos ahora que, por el mero hecho de que los miembros de un grupo se comporten de la misma manera o tengan las mismas normas, valores y creencias, esto no constituye un patrón de cultura. Se requiere que los miembros del grupo sean conscientes de que los otros mantienen normas, valores y creencias similares o que puedan tener la expectativa de que se comporten de una manera similar.

En resumen, he propuesto una concepción de la cultura en términos de varios componentes interrelacionados: equilibrios de coordinación, normas sociales compartidas, valores compartidos, creencias compartidas y conceptos compartidos. El primero de los componentes se define directamente en términos de conducta y los restantes también pueden inducir formas específicas de conducta, pues deben a este hecho buena parte de su importancia.

Nota: Esta columna es un resumen de las ideas expuestas en: Elster, J. (2001). Sobre las pasiones. Emoción, adicción y conducta humana (p. 208). Editorial Paidós.

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