Cultura y emoción

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Resumen elaborado por: Luis Alejandro Palacio García

Las emociones están estrechamente vinculadas a algunos aspectos de la cultura. Haré hincapié fundamentalmente en tres: 1) Las emociones son el soporte principal de las normas sociales. 2) No todas las culturas reconocen o conceptualizan las mismas emociones; incluso si las emociones mismas fueran universales, esto no significa que sean universalmente reconocidas. 3) Cuando una emoción está integrada en el repertorio conceptual de una cultura, puede convertirse también en el objetivo de normas sociales imperativas o prohibitivas, lo que conduce a que la emoción se produzca de manera más o menos frecuente de lo que hubiéramos observado si fuera de otra manera.

Una norma social tiene cuatro características. 1) Es una demanda no instrumental para actuar o para abstenerse de actuar. Las acciones dirigidas por las normas se hacen por ellas mismas, no debido a sus consecuencias. 2) Para que una norma sea social, tiene que ser compartida con otros miembros del grupo pertinente, saber que se comparte, y así sucesivamente. 3) Las normas sociales guían la conducta por las sanciones impuestas a aquellos que las violan. 4) Las normas sociales se sostienen también por la emoción de vergüenza que se genera por el desprecio expresado a través de la conducta sancionadora de otras personas.

Por lo que sé, parece que en todos los grupos humanos se dan normas sociales y las emociones de desprecio y vergüenza que sostienen dichas normas. Por el contrario, las acciones prescritas o las prohibidas por las normas pueden variar enormemente según los grupos. Lo que esto muestra no es que las mismas emociones estén sujetas a variaciones culturales, sino que algunas emociones mantienen las normas que a su vez sostienen las variaciones de la conducta. Además, las diferencias en los valores también pueden apoyar variaciones en la conducta. Sin embargo, los valores, por su parte, no se apoyan en las emociones. Aunque la violación de un valor religioso o moral tienda a provocar ira en los observadores y culpa en el sujeto, la razón por la que la gente se apega a sus valores no es porque éstos anticipen tales reacciones.

Para afrontar la cuestión de la variación cultural de las emociones es preciso atender a tres aspectos de la relación existente entre emoción y cognición. 1) La cognición es causa de las emociones humanas complejas. 2) La emoción puede ser un producto cognitivo. 3) La cognición puede ser el efecto de la emoción. Podría suceder que, en muchos casos importantes, las tres relaciones se produzcan simultáneamente e interactúen entre ellas.

Un individuo puede estar preso de una emoción y no ser consciente de ello. Otras personas podrían detectar la emoción sin dificultad, mientras que el sujeto a quien le concierne directamente permanece sin ser consciente de la emoción. En algunos casos la ausencia de conciencia puede tener motivos o bien puede ser un autoengaño. En muchos casos, el individuo implicado es capaz de ser consciente de la emoción. Una vez que la emoción se convierte en un elemento cognitivo, puede provocar nuevas emociones o metaemociones. La relación entre las emociones y las normas sociales es, de hecho, un camino en doble sentido. Las emociones regulan las normas sociales, pero también pueden ser el objetivo de dichas normas.

El individuo, gracias a rasgos idiosincráticos del carácter, evita ser consciente de sus sentimientos. Las experiencias pasadas pueden determinar la autoconciencia de las personas sobre una emoción, incluso pueden determinar el alcance de la producción de una conciencia que es idiosincrática en relación al estado emocional actual. Hay otros casos en los que el obstáculo a la conciencia es más un obstáculo cultural que personal. Es decir, sentimos bastante más que aquello que las formas culturales permitan que sea conscientemente accesible.

Los estados mentales y las expresiones que éstos conllevan pueden existir incluso sin que exista un concepto que los capte. Además, una vez que la emoción se conceptualiza, dicha emoción también cambia. Una emoción puede existir en un nivel conductual y fisiológico, incluso aunque la emoción no esté conceptualizada como tal. En estos casos podemos decir que la emoción existe como protoemoción. Cuando una emoción se conceptualiza, podemos decir que existe como una emoción propiamente dicha.

Cuando una emoción existe como una verdadera emoción, es decir, como parte del repertorio cultural de un grupo, dicho conocimiento puede afectar el modo en el que la emoción  se experimenta, así como a sus roles dentro de la interacción social. Este efecto puede darse de diferentes formas: 1) El concepto puede incorporar creencias sobre la naturaleza del fenómeno. 2) El concepto puede cambiar las expectativas sobre otras personas. 3) Una emoción propiamente dicha puede ser el objeto de normas sociales que pueden modificar la forma en que la emoción se experimenta. 4) Un estado emocional puede ser visto también como una violación de un valor moral.

Estos dos últimos casos presentan una gran dificultad: ¿cómo puede una emoción estar sometida a normas sociales o a valores morales? Cualquiera que sea la respuesta correcta a este rompecabezas, no hay duda de que las reacciones emocionales o la ausencia de éstas pueden provocar  vergüenza o culpa.

Un fenómeno menos paradójico es que las normas sociales pueden estar dirigidas a la expresión de las emociones que se dan efectivamente. Aunque dichas expresiones sean en gran parte involuntarias, pueden en cierto grado ocultarse o fingirse. Además, ocultar o fingir de forma imperfecta podría ser todo lo que la norma social requiera. Por un lado, la mayoría de la gente no es muy buena a la hora de advertir lo que un experto podría percibir como un signo revelador de ocultación o fingimiento. Por otro, la norma puede requerir simplemente una interpretación que deba percibirse como auténtica.

Otro fenómeno también menos paradójico es el de la gente que puede tener reacciones emocionales que se desencadenen por las creencias sobre sus propias disposiciones emocionales. Este tipo de casos parece que son menos complicados que aquellos que conllevan culpa o vergüenza por emociones que se dan efectivamente.

Añadiré ahora un eslabón final en la cadena de mecanismos que pueden producir variación cultural en las emociones que se dan efectivamente. Dicho eslabón se refiere a la capacidad de las emociones para modificar y distorsionar la actividad cognitiva. Por supuesto que la capacidad de las emociones para conformar lo cognitivo es un fenómeno muy general. Un aspecto cognitivo modificado emocionalmente es capaz de modificar la emoción. El mecanismo se desencadenará dependiendo de la intensidad de la emoción original y de la intensidad de la metaemoción. En el caso de la envidia, la frecuencia y la intensidad con se produzcan puede variar según los grupos. En los pequeños pueblos y aldeas parece que hay más terreno para el cultivo de la envidia, mientras que en los grupos caracterizados por un mayor anonimato y movilidad social puede darse con menor frecuencia.

En resumen, he intentado aislar algunas tendencias en la densa red de relaciones entre emoción y cultura. La más importante es la que atañe a la relación dual entre emociones y normas sociales. Por una parte, las emociones de vergüenza y desprecio mantienen normas sociales que prescriben o prohíben determinadas conductas dentro de un grupo específico. Por otra, tanto las emociones que efectivamente se dan como las expresiones emocionales y las disposiciones emocionales están, ellas mismas, sometidas a las normas sociales. Otra tendencia importante tiene que ver con las relaciones entre emoción y cognición. Una emoción no puede ser objeto de una norma social, a menos que dicha emoción forme parte del repertorio conceptual del grupo en cuestión. Asimismo, las creencias causales pueden restringir nuestra capacidad para justificar las emociones. Aunque el concepto de una emoción específica no se encuentre en un grupo determinado, no podemos inferir de ello que los miembros de ese grupo no la experimenten.

Nota: Esta columna es un resumen de las ideas expuestas en: Elster, J. (2001). Sobre las pasiones. Emoción, adicción y conducta humana (p. 208). Editorial Paidós.

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