Elección racional y comportamiento guiado por reglas

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Luis Alejandro Palacio García

La teoría de elección racional es una admirable construcción analítica que ha permitido dar coherencia a los diferentes modelos que se construyen en teoría económica. Es indudable que desde este enfoque la investigación en economía se ha ampliado considerablemente en los últimos años, pretendiendo explicar muchos fenómenos que sobrepasan las fronteras de una disciplina en un sentido estricto. Sin embargo, en esta columna se busca argumentar que los seres humanos actúan en mayor medida guiados por reglas que tomado decisiones de elección racional. Los modelos de racionalidad pueden servir para explicar como eligen y toman decisiones los individuos pero no para explicar como se comportan cotidianamente.

Con el fin de hacer algunas aclaraciones conceptuales, en términos generales es posible afirmar que la elección racional es una teoría del comportamiento humano, basada en el individualismo metodológico, que parte de suponer como mínimo 3 elementos esenciales: 1) Una ordenación de los deseos o preferencias, que se representa comúnmente por medio de una función de utilidad; 2) Una serie de alternativas a elegir que constituyen el conjunto de oportunidades que tiene disponible el individuo; y 3) Unas creencias sobre los eventos inciertos que se modela por medio de una distribución de probabilidad conjunta a todas las futuras series de hechos.

Una vez que aceptamos estos tres supuestos, la proposición teórica es que el individuo siempre escogerá la mejor alternativa o estrategia de acuerdo con sus preferencias, dadas las oportunidades objetivas que tenga disponible o las creencias que construya en contextos de incertidumbre. En palabras de Simon (1989; pag 23 y 24) esta teoría “supone que quien toma decisiones observa, en una visión comprensiva todo lo que yace ante él. Comprende la gama de elecciones alternativas a su disposición, no sólo en el presente sino también en el futuro. Conoce las consecuencias de cada una de las estrategias de elección disponibles, por lo menos hasta el punto de ser capaz de asignar una distribución de probabilidad conjunta a futuros estados del mundo. Ha reconciliado o equilibrado todos sus antagónicos valores parciales y los ha sintetizado en una sola función de utilidad”.

El problema práctico que se presenta cuando se abordan situaciones concretas es que las personas por lo general no pueden visualizar claramente las alternativas y por lo tanto buscan algún procedimiento que elimine la indeterminación. En este sentido, la búsqueda de alternativas y procedimientos hace que tenga un gran peso las decisiones pasadas que han mostrado resultados satisfactorios, por el hecho que están más a la mano en la memoria, y se siguen como reglas hasta que el problema haya cambiado tanto que las vuelva obsoletas. Cuando se presenta una situación que implique elección entre alternativas los individuos buscan procedimientos para tomar la decisión, y si el procedimiento es satisfactorio, se vuelve una regla que se evoca habitualmente.

Para superar las limitaciones teóricas es importante reconocer que las reglas son una importante herramienta con que cuenta el hombre para poder tomar decisiones y actuar en un mundo complejo donde la información, por lo general, supera las capacidades cognitivas de los agentes (Hodgson 2000; pag 36). Si aceptamos este hecho, es importante plantear algunas ideas que permitan entender por qué los individuos siguen reglas y no toman decisiones óptimas con la información disponible. Para esto, a continuación se sintetizarán los principales argumentos de Simon con respecto a la racionalidad limitada y a la forma en que toman decisiones los agentes.

A grandes rasgos, Simon (1989; pag 29 y 30) plantea que la elección de los agentes se puede explicar mejor por una teoría conductual, la cual se puede resumir en 4 elementos:

  1. Las decisiones no son elecciones que abarque grandes áreas de la vida, por el contrario, generalmente atañen a circunstancias especificas que se consideran, correctamente o no, relativamente independientes de las otras.
  2. Cuando se toma cualquier decisión particular, incluso una importante, probablemente no se calcula en series detalladas lo que ocurrirá en el futuro, incluyendo las distribuciones de probabilidad dependientes de la alternativa elegida, en realidad, los individuos solo tienen en cuenta un par de contingencias.
  3. El hecho de tomar una decisión con respecto a un problema, probablemente concentre la atención en ciertos aspectos relevantes y en algunos valores, para relativo descuido de otros. Los límites de la decisión particular evocarán valores particulares, y una atención voluble puede dar como resultado grandes incongruencias en la elección.
  4. Gran parte del esfuerzo que se dedica a tomar una decisión es empleado en reunir hechos y considerar valores posiblemente importantes. Una vez reunida la información y evocadas las preferencias, la elección efectiva puede tomar poco tiempo.

En resumen este autor plantea que “en el modelo conductual de racionalidad limitada no se tienen que hacer elecciones que sean infinitamente profundas en el tiempo, que abarquen la serie total de valores humanos, y en las que cada problema se interrelacione con todos los del mundo. De hecho, el medio en que vivimos, en el que viven todas las criaturas, es un medio compuesto de problemas particulares” (Simon, 1989; pag 31).

De esta forma, las características de un agente que toma decisiones de acuerdo con la propuesta conductual son mucho más restringidas que las que exige la elección racional, con lo cual tenemos un modelo más cercano a la conducta humana cotidiana. Con base a la propuesta de Simon, recientemente en teoría económica se ha comprendido que las reglas cumplen la función de coordinar las expectativas y disminuir la incertidumbre porque brindan valiosa información sobre el comportamiento de los miembros de un grupo y permiten tomar decisiones sin necesidad de evaluar todas las posibles alternativas.

Hasta el momento se ha hecho énfasis en las limitaciones que tiene el modelo de elección racional y la necesidad de incorporar las reglas para explicar mejor el comportamiento. Dado que a este enfoque se le han hecho estas y muchas otras críticas, es común encontrar cuestionamientos sobre la relevancia de dedicar tiempo valioso al estudio disciplinado de esta teoría. Indiscutiblemente, la pregunta de todo estudiante de economía se ha hecho por lo menos una vez es ¿para que sirve este modelo si esta tan alejado de la realidad? O ¿Por qué estudiamos el modelo de elección racional?

De acuerdo con Milgrom y Roberts (1993), suponer que los individuos toman decisiones racionales es muy útil para generar pre­dicciones y explicaciones verificables de los diversos fenómenos sociales. Además, aunque parezca extraño considerar a las personas tan amorales como para estar sólo motivadas por un estrecho in­terés propio, las instituciones y las prácticas que esta teoría predice suelen ser muy acertadas en muchos contextos. De igual forma, este enfoque es sumamente aplicable si aceptamos que la racionalidad es limitada y que cotidianamente las personas y las organizaciones emplean rutinas, procedimientos, normas y reglas empíricas para obtener información, tomar decisiones y llevar a cabo tareas.

Los seres humanos siguen reglas debido a su limitada capacidad de calcular continuamente todos los posibles resultados de sus acciones. Por lo tanto, la teoría de la elección racional se basa en supuestos de comportamiento demasiado fuertes que imposibilitan la aplicación directa de sus postulados a situaciones concretas de la realidad. En este sentido, la teoría económica debe avanzar en la comprensión de las instituciones más allá de las simples limitaciones al comportamiento, debido a que las reglas son valiosas herramientas que ha adquirido el hombre a través de largos procesos de ensayo y error, algunas veces a nivel individual, y otras veces como resultado de complejas interacciones sociales.

Bibliografía

Hodgson, G. (2000). La ubicuidad de los hábitos y las reglas. Revista de Economía Institucional, 2(3), 11 – 42.

Milgrom, P., & Roberts, J. (1993). Economía, organización y gestión de la empresa (p. 729). Barcelona: Ariel Economía.

Simon, H. (1989). Naturaleza y límites de la razón humana (p. 340). México: Fondo de Cultura Económica.

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