Racionalidad limitada y contratación imperfecta

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Resumen elaborado por: Luis Alejandro Palacio García

La idea de prever y describir sin ambigüedades toda contingencia es obviamente ridícula. Nadie podría prever toda eventualidad en un entorno tan complejo. Más aún, ningún lenguaje humano podría ser ni tan rico ni tan preciso como para describir todas las eventualidades, aunque pudieran ser previstas. La gente real no es omnisciente ni perfectamente previsora. No puede resolver problemas arbitrariamente complejos de forma exacta, gratuita e instantáneamente, y desde luego no puede comunicarse libre y perfectamente. La gente es limitada racionalmente y lo sabe. Reconoce que no puede prever todas las cosas que podrían importarle, entiende que la comunicación es costosa e imperfecta y que la comprensión es con frecuencia defectuosa, y sabe que probablemente no encontrará la mejor solución matemática a un problema difícil. La gente actúa de una manera intencionalmente racional, tratando de hacer lo mejor que puede dadas las limitaciones bajo las que trabaja y aprende.

Con racionalidad limitada los contratos no son completos. Aparecerán, inevitablemente, contingencias que no han sido tenidas en cuenta porque nunca fueron imaginadas durante la fase de contratación. Con frecuencia estas lagunas no son importantes porque lo que las partes deberían hacer y los costos y beneficios que reciben, permanecen inalterados por las circunstancias particulares. Sin embargo, algunas veces pueden tener consecuencias masivas sobre la riqueza de las partes.

Aun cuándo las contingencias sean previstas, pueden parecer tan improbables que no se estime oportuno describirlas en detalle y ponerse de acuerdo sobre que hacer si aparecieran. Este es con toda probabilidad el caso cuando las contingencias son muy particulares, cuando hay escasa experiencia con situaciones comparables que podrían servir de guía para planificar qué hacer si se produjeran; cuando el coste de oportunidad del tiempo que las partes consumen en la redacción del contrato antes que en trabajos productivos es alto, y cuando parece improbable qué las contingencias causen disputas importantes si ocurrieran. Aunque estas evaluaciones mismas están sujetas a error.

Otra fuente de imperfecciones contractuales es la imprecisión inherente a los lenguajes naturales en que se redactan los contratos. Esto significa que las frases que describen una situación razonablemente compleja han de ser de algún modo ambiguas. Más ampliamente, hay un difícil compromiso emergente de la ambigüedad del lenguaje: añadir numerosas cláusulas específicas para cubrir eventualidades muy distintas, significa que habrá más fronteras dentro de las que podrían caer las circunstancias reales y más dudas sobre qué cláusulas aplicar. Por ello, agregar muchas cláusulas detalladas a un contrato puede hacer que las disputas sean aún más probables.

La gente redacta sus contratos reconociendo que posiblemente no estarán perfectamente adaptados a todas las circunstancias futuras; los estructura, entonces, lo mejor que puede. Una posibilidad es la redacción de contratos inflexibles con cláusulas de cobertura de muy amplia aplicación, ello minimiza los costes de describir las eventualidades y las acciones y deja poco espacio para incertidumbres ex post sobré el comportamiento requerido. De hecho, puede ser eficiente para transacciones relativamente simples que se concluyen rápidamente, habiendo así pocas posibilidades de que un cambio en las circunstancias antes de la expiración del contrato, altere las acciones apropiadas. Los contratos efectuados bajo estas premisas son llamados contratos de mercado spot porque gobiernan bienes o servicios que son intercambiados en el acto (o casi). Para transacciones más complejas que se extienden en el tiempo, una especificación inflexible de las acciones a ser emprendidas probablemente no respondería a los cambios en las condiciones.

Otra posibilidad son los acuerdos marco que no intentan la imposible tarea de la contratación completa sino que establecen un marco de acuerdo en el que desarrollar la relación. Las partes no acuerdan planes de acción detallados, sino medios y objetivos, con cláusulas generales que son ampliamente aplicables, y se ponen de acuerdo sobre los criterios a aplicar para decidir qué hacer cuando aparezcan contingencias imprevistas; quién tiene determinados poderes para actuar y qué acciones y con qué límites se puede emprender; es decir, los mecanismos de solución de controversias a ser utilizados, si éstas se producen.

Los contratos laborales, que normalmente más que describir el trabajo a realizar en cada contingencia delegan la autoridad en el empresario para dirigir la actividad de los empleados, son una respuesta a la necesidad de contratación incompleta e imperfecta. Cuando una persona es empleada, acepta seguir las directivas del empresario, mientras éstas estén dentro de ciertos límites que pueden estar vagamente definidos. No hay una negociación detallada sobre qué acciones precisas realizará el empleado en diferentes circunstancias, como habría en un mundo de contratación completa, aunque el contrato pueda especificar algunas expectativas y normas amplias. Similarmente, el empresario y el empleado no negocian, ex post las asignaciones y pagos, una vez que las tareas a ejecutar son conocidas; lo que se espera es que el empleado haga lo que le ordene el empresario. La última defensa del empleado contra las exigencias irrazonables es la renuncia, y la del empresario contra la negación a cumplir las órdenes es el despido. Todo esto economiza costes de contratación.

En general, en las situaciones en las que los contratos razonablemente completos son demasiado costosos o imposibles, los contratos reales son acuerdos marco. Estos sirven para estructurar una relación y establecer expectativas comunes y fijan los mecanismos que serán usados en la toma de decisiones y en la asignación de costos y beneficios.

Un complemento importante de los contratos incompletos escritos son las expectativas inarticuladas aunque compartidas que las partes tienen sobre la relación. La importancia de estas expectativas ha llevado ha etiquetarlas como contratos implícitos. En la medida en que las expectativas sean compartidas y entendidas por las partes, los contratos implícitos pueden ser un importante medio de economizar costes de contratación. En este sentido, la cultura empresarial es un aspecto clave en los contratos implícitos. Este enfoque sugiere por qué el cambio de una cultura empresarial puede ser difícil: implica la ruptura de antiguos contratos y la implementación de unos nuevos y ello sin el beneficio de poder discutir los términos muy explícitamente.

Los contratos implícitos, por su naturaleza, no pueden ser fácilmente defendidos ante un tribunal. No existe ningún documento y, de hecho, puede no haber habido jamás ninguna verbalización del contrato. Así, los contratos implícitos deben depender de otros mecanismos para su exigibilidad; éstos serán comentados en detalle en próximas columnas.

Nota: Esta columna es un resumen de las ideas expuestas en: Milgrom, P., & Roberts, J. (1993). Economía, organización y gestión de la empresa (p.729). Barcelona: Ariel Economía. Capítulo 5: Racionalidad limitada e información privada.

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