Más allá del egoísmo

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Resumen elaborado por: Luis Alejandro Palacio García

El análisis microeconómico parte del supuesto fundamental que los individuos son racionales. Sin embargo, dista de haber unanimidad sobre lo que significa esa palabra exactamente. Dos importantes definiciones del concepto de racionalidad son el llamado criterio de los objetivos inmediatos y el del egoísmo. Una persona es racional según el primer criterio si es eficiente en la realización de los objetivos que tenga en cada momento, aunque no se intenta evaluar la racionalidad de los propios objetivos. En cambio, según el segundo criterio, se supone de partida que los motivos de los individuos son egoístas. No se tienen en cuenta otras motivaciones como el altruismo, la fidelidad a los principios, el deseo de justicia, etc.

Cuando los economistas describen la elección racional suelen optar por el criterio de los objetivos inmediatos. Se dice que los gustos vienen dados exógenamente y que no existe razón lógica para ponerlos en cuestión. La dificultad que plantea este criterio es que casi todas las conductas, por muy extravagantes que sean, pueden “explicarse” a posteriori suponiendo simplemente que gustan. Por lo tanto, el principal atractivo termina siendo su principal inconveniente, como nos permite explicarlo todo, termina no explicando nada.

Ante esta dificultad, la mayoría de economistas utilizan en sus investigaciones reales alguna versión del criterio de la racionalidad basado en el egoísmo. Sin embargo, existen abundantes contradicciones. El modelo del egoísmo no tiene en cuenta el hecho de que somos criaturas que no sólo estamos hechas de razón, sino también de hábitos, pasiones y apetitos. Nuestras reflexiones racionales ejercen, sin duda, una gran influencia en nuestra conducta, pero no son más que una de las fuerzas importantes que nos mueven a actuar.

Uno de los ejemplos más analizado en el que la búsqueda del provecho personal se vuelve en contra el propio individuo es el llamado dilema del prisionero. La estrategia dominante en este juego es confesarse culpable, lo que constituye el equilibrio. La dificultad se halla en que cuando ambos se comportan racionalmente, la situación de los dos es peor que si ambos moderaran sus impulsos.

Aunque los prisioneros no pueden comunicarse entre sí, sería un error suponer que esa es la verdadera causa de la dificultad. Su problema se debe más bien a una falta de confianza. La simple promesa de no declararse culpable no altera los resultados materiales del juego, es decir, si ambos pudieran prometer que no iban a declararse culpables, seguiría siendo mejor para ambos no cumplir la promesa.

En las interrelaciones económicas y sociales diarias nos encontramos repetidamente con estos problemas de compromiso. Una posible solución consiste en alterar los incentivos materiales relevantes. Desgraciadamente este enfoque no siempre es viable. Otra manera de abordar el problema consiste en alterar las recompensas psicológicas que rigen la conducta. Las emociones que instan a los individuos a comportarse desinteresadamente a veces pueden lograrlo.

La idea de que los sentimientos y otras causas irracionales de las motivaciones afectan la conducta no es controvertida. Aunque aún no se comprenden perfectamente algunos de los detalles del proceso, sabemos que la conducta depende directamente de un complejo mecanismo psicológico de recompensa, cuyos componentes no necesariamente respetan las reglas de la elección racional. El sistema que rige la ingestión de alimentos constituye un claro ejemplo. Hombre o bestia, el individuo no come en respuesta a un cálculo racional de las calorías que necesita. Sentir hambre es experimentar una sensación subjetiva de molestia en el sistema nervioso central. La experiencia, y tal vez incluso los circuitos nerviosos innatos, nos dicen que la ingestión de alimentos aliviará esta sensación.

Esa es en un sentido aproximado la razón por la que comemos. Comer tiene, por supuesto, un rendimiento material, cualquier organismo que no comiera evidentemente no sobreviviría. Lo importante es que la supervivencia es más probable si el acto de comer está motivado directamente por el mecanismo de recompensa. Cuando los alimentos son escasos, buscar algo de comer exige realizar un verdadero esfuerzo, por lo tanto, una intensa sensación de hambre puede movilizar las reservas de energía como no puede hacerlo un mero cálculo racional.

El ajuste entre las conductas favorecidas por el mecanismo de la recompensa y las favorecidas por el cálculo racional es, en el mejor de los casos, imperfecto. El mecanismo de la recompensa aporta reglas prácticas que funcionan bien la mayor parte de las veces, pero no siempre. De hecho, suelen surgir importantes conflictos cuando el entorno es muy diferente de aquel en el que se desarrolló este mecanismo.

Decir que el mecanismo de la recompensa suele derrotar a la valoración racional de los rendimientos materiales no es decir que la elección racional carece de importancia para la supervivencia. Todo lo contrario, nuestra capacidad para realizar cálculos racionales con un determinado fin ha desempeñado sin duda un importante papel en nuestra supervivencia. Lo importante para nuestro análisis es que los cálculos racionales sólo desempeñan un papel indirecto. Los sentimientos y las emociones son aparentemente las causas próximas de la mayoría de los comportamientos.

Volviendo al problema del compromiso, existen muchos ejemplos en los que las predisposiciones emocionales pueden ayudar a resolverlos. El hecho de que se sepa que experimentamos ciertas emociones nos permite llegar a compromisos que, de lo contrario, no resultarían creíbles. La paradoja evidente es que la capacidad de comprometerse, que se debe a la incapacidad para buscar el provecho propio, tiene ventajas genuinas. No hay duda de que mantener estos compromisos siempre conllevará pérdidas inevitables, el problema estriba en que no ser capaz de llevar compromisos creíbles suele ser más costoso.

Sin embargo, las predisposiciones emocionales no son suficientes por sí solas para resolver el problema del compromiso. Para que el que no engaña se beneficie materialmente, otros deben ser capaces de reconocerlo como tal y él, a su vez, debe ser capaz de reconocer a los que no engañan. De lo contrario, no podrá evitar que lo exploten los que engañan.

¿Cómo comunicar algo tan subjetivo como son los sentimientos más íntimos de una persona? Indudablemente, no basta con declararlo. Pero, aunque las meras declaraciones sean sospechosas, otras muestras de emoción son fiables en la mayoría de los casos. La postura, la velocidad de la respiración, el tono y el timbre de la voz, la transpiración, el tono muscular y la expresión de la cara, movimiento de los ojos y toda una multitud de signos que nos ayudan a hacer deducciones sobre los sentimientos de los demás. A partir de este tipo de pistas nos formamos una opinión, aunque sólo sea parcial, sobre las características emocionales de las personas con las que tratamos.

Si tiene verdaderas ventajas ser vengativo o fiable y que se nos conozca como tales, aún mayores ventajas tiene aparentarlo. Un mentiroso que parezca fiable tendrá mejores oportunidades que uno que lance miradas furtivas, sude profusamente, hable con voz trémula y tenga dificultades para mirar a los ojos.

La mayoría de las personas no son capaces de controlar deliberadamente los síntomas visibles de emoción. Pero independientemente de cuál sea la emoción, casi nunca podemos estar seguros. De hecho, las fuerzas que actúan son tales que siempre es posible, al menos para algunas personas, conseguir engañar. En un mundo en el que nadie engañara, nadie estaría en guardia. Por lo tanto, un clima carente de vigilancia brindaría evidentemente oportunidades rentables a los que engañan. Por consiguiente, siempre habrá sitio al menos para algunos de ellos.

El resultado inevitable es un difícil equilibrio entre las personas que poseen realmente estos rasgos y otras que sólo parecen tenerlos. Quienes sean expertos en interpretar las señales relevantes tendrán más éxito que los demás. También lo tendrán quienes sean capaces de enviar señales eficaces sobre sus propias predisposiciones. Y, es triste decirlo, también habrá un lugar para quienes sepan aparentar unos sentimientos de los que carecen en realidad.

De hecho, parece que quien mayores ventajas tendrá será el mentiroso descarado, la persona que sabe mentir con toda su cara. En casos específicos, podría ser muy cierto, pero también debemos tener en cuenta el especial desdén con que miramos a esas personas. Cuando nos tropezamos con una que miente con aparente sinceridad, la mayoría de nosotros nos tomamos grandes molestias en contárselo a los demás.

Para que las predisposiciones emocionales sirvan de mecanismo para comprometerse no es necesario ser capaz de predecir con exactitud, una valoración probabilística de los rasgos de carácter puede resultar útil para las personas que deben elegir alguien de confianza. Evidentemente, estaría bien ser preciso en todos los casos. Pero a menudo basta con acertar en algunas ocasiones. La mayoría de la gente cree firmemente que puede juzgar con una precisión razonable el carácter de las personas que conoce bien.

Nota:

Esta columna es un resumen de las ideas expuestas en: Frank, R. (1992). Microeconomía y Conducta (p. 649). Madrid: McGraw Hill. Capitulo 7: ¿Más allá del egoísmo?

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