El lado oscuro de la fuerza

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Resumen elaborado por: Luis Alejandro Palacio García

La fuerza a la que se hace referencia aquí es la presión del autointerés. ¿Pero puede el autointerés tener un lado oscuro? ¿Acaso no es todo oscuro? No, hay también un lado luminoso. El autointerés a menudo empuja a una persona a servir a otros, un empleado puede prosperar siendo un trabajador productivo, un comerciante vendiendo productos apetecibles a precios razonables. Pero a veces puede uno triunfar (materialmente, aunque ciertamente no moralmente) atacando a los competidores, robando al patrón o defraudando a los clientes. La corriente principal de la teoría económica ha estado tan preocupada en transmitir la importante aunque parcial verdad sobre los posibles beneficios del autointerés que casi ha olvidado que hay también un lado oscuro.

Esta columna es un intento para restaurar el equilibrio analítico: para convencer a los economistas que no solo el lado luminoso sino también el lado oscuro del autointerés contribuye a modelar el comportamiento individual y la forma de las sociedades humanas. ¿Quién resulta ser casi tan egoísta como la teoría económica pretende? La respuesta: ¡Sólo los economistas y sus estudiantes! Por tanto, nosotros los economistas somos culpables no sólo de falsedad sino también de corromper a la juventud. A pesar de ello, sigo estando entre esos que permanecen escépticos sobre el significado de las evidencias encontradas en las contribuciones a la caridad, o sobre el comportamiento en experimentos del Dilema del Prisionero hipotéticos o con apuestas mínimas. Mi idea es que los economistas no somos más egoístas sino más conformistas con el hecho del egoísmo humano.

El amor y la amistad puede alimentar la cooperación entre algunos socios, pero la elaborada división del trabajo esencial para la vida moderna debe apoyarse en la fuerza del autointerés. Llevando este argumento a su extremo, sólo cuando la gente aprendió a ser egoísta se hizo posible la transición de la sociedad primitiva a la vida civilizada y libre. Los hábitos de generosidad tuvieron que ser sacrificados para hacer posible la transición hacia la sociedad abierta. Las costumbres de la economía de mercado implican guardar lo que familiares, vecinos, conocidos y necesitados puedan pedir, para poder servir las necesidades desconocidas de otros miles.

Así, los economistas no estamos corrompiendo a la juventud al enseñarles a ser egoístas. ¡Estamos civilizándolos! Pero mi objetivo hoy es diferente. Quiero argumentar que el conjunto de nuestra profesión no tiene una visión demasiado severa sino más bien demasiado benévola de la empresa humana. Reconociendo la fuerza del autointerés, la tradición Marshaliana ha pasado por alto casi completamente lo que llamaré el lado oscuro de la fuerza, a saber, el crimen, la guerra y la política. Eso es como contar la historia de Luke Skywalker y Obi-Wan Kenobi sin mencionar a Dark Vader.

Crimen, guerra, política, esas palabras ni siquiera aparecen en el índice de los libros de texto de economía. Claramente, puedes producir bienes con el fin de hacer intercambios mutuamente beneficiosos con otros. Pero hay otra forma de hacerte rico: puedes apoderarte de bienes que algún otro ha producido. Apropiarte, apoderarte, confiscar lo que necesites, y, por otro lado, defender, proteger lo que ya tienes. Eso es actividad económica también.

Tomemos la televisión. Los policías cazan ladrones, las víctimas son acechadas por sus asesinos, los propietarios vallan sus propiedades ante los cuatreros, los demandantes se querellan con sus demandados, los exorcistas lanzan sortilegios a los vampiros. ¿Qué es todo esto sino economía muscular? Ladrones, cuatreros, asesinos, litigantes, todos ellos tratan de ganarse la vida. Incluso los vampiros toman decisiones económicas: chupar sangre es presumiblemente la forma más eficiente de satisfacer sus extrañas necesidades nutritivas.

El equilibrio entre estas formas de actividad económica, una dirigida a aumentar la riqueza agregada y la otra hacia el conflicto sobre quién se queda con la riqueza, proporciona el guión principal de la historia humana. Maquiavelo veía las cosas claramente: no es el oro sino los buenos soldados los que garantizan el éxito, porque es imposible que los buenos soldados no sean capaces de conseguir oro.

La historia humana es un registro de las tensiones entre la vía de Maquiavelo y lo que podríamos llamar la vía de Coase. Según el teorema de Coase, la gente nunca desaprovechará una oportunidad de cooperar por medio de intercambio mutuamente ventajoso. Lo que podemos llamar el Teorema de Maquiavelo es que nadie desaprovechará una oportunidad de obtener una ventaja particular explotando a otro. El teorema de Maquiavelo aislado es una verdad parcial, como también lo es el teorema de Coase aislado. Nuestros libros de textos deben ocuparse de ambos modos de actividad económica. Deberían decir que los gobernantes buscarán un equilibrio óptimo entre la vía de producción combinada con intercambio mutuamente ventajoso, y la vía del lado oscuro de la incautación, la explotación, y el conflicto.

Crimen, guerra, y política han merecido cierta atención de los economistas, es verdad, pero en el pasado solamente como asuntos especializados y algo esotéricos. Más recientemente, bajo título de cazadores de rentas, la lucha por el control de los recursos está empezando a ser reconocida como tema capital. Pero la caza de rentas, en su habitual connotación de maniobrar para obtener las licencias y los privilegios del monopolio, es al conflicto lo que la leche aguada es a la sangre, sudor, y lágrimas. La lucha por la apropiación puede también adoptar formas más enérgicas, por ejemplo huelgas y cierres, robo de bancos, guerra revolucionaria y confrontaciones internacionales. En resumen, el lado oscuro no es una península periférica sino todo un continente intelectual en el mapa de la actividad económica.

Ofrezco ahora dos proposiciones sobre cooperación y conflicto. Primero: la cooperación, con algunas excepciones obvias, ocurre solamente a la sombra del conflicto. Solamente si entendemos las amenazas y la lucha podemos apreciar justamente cómo, por qué y cuándo puede producirse un intercambio mutuamente ventajoso. En los pleitos legales, por ejemplo, es el miedo al juicio, con sus costes e incertidumbres asociadas, lo que impulsa al demandante y al demandado hacia el acuerdo negociado. Además, las posibilidades estimadas de victoria en el juicio son las que dan forma a los términos específicos del acuerdo.

Con respecto al conflicto internacional, para alcanzar los objetivos políticos que son la finalidad de la guerra, los arreglos a los que se llegan con las armas equivalen a los acuerdos comerciales que se consiguen con los precios. Puede haber actividad comercial sin que se alcance un acuerdo en los precios, pero la capacidad de llegar a un acuerdo en los precios delimita los negocios que un comerciante puede realizar. De forma similar, un Estado seguirá siendo influyente en tiempo de paz solamente debido al daño que podría infligir en caso de guerra.

Pero, podríamos preguntarnos ¿Qué pasa con los arreglos sociales, leyes, y sistemas judiciales que los seres humanos han ideado para disminuir la lucha por el poder? Esta pregunta conduce a mi segunda proposición: cuando la gente coopera, es generalmente en una conspiración para agredir a otros (o, por lo menos, es una respuesta a tal agresión). Una nación cuyas instituciones favorecen la cooperación crecerá saludablemente. Pero, una nación rica e industriosa es, de todas las naciones, la que con mayor probabilidad será atacada.

Sólo si las ganancias por la agresión en grupo son suficientemente grandes, los invasores podrán alcanzar un acuerdo para actuar. Y, por la parte de la defensa, la invasión cimenta la unidad y el poder de lucha del grupo atacado. La conclusión es que las naciones con leyes e instituciones que estimulen la riqueza no serán capaces de disfrutarla, a menos que, cuando sean desafiadas, puedan mantener una lucha dura. Y lo mismo puede decirse de los partidos políticos, las asociaciones, las familias, y las empresas.

Nota: Esta columna es un resumen de las ideas expuestas en: Jack Hirshleifer (1925-2005) Discurso Presidencial pronunciado ante la Western Economic Association en 1993. Traducción de Juan Carlos M. Coll

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