La tecnología del conflicto

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Resumen elaborado por: Luis Alejandro Palacio García

Al tratar la tecnología productiva, los economistas no están interesados en el diseño de tuberías, vigas, motores o transistores. Estos asuntos son de la competencia de ingenieros y técnicos. Y el empleo adecuado de la tecnología es la tarea de los empresarios. Nuestra tarea es analizar lo que podría ser llamado la macro tecnología de la producción: si hay rendimientos a escala crecientes o decrecientes, si el trabajo y el capital se complementan o si se substituyen, etc.

Cuando abordamos la tecnología del conflicto, la situación es muy similar. Cañones, bombas, misiles, etc. son diseñados por expertos técnicos, mientras que su adecuado empleo es competencia de los jefes militares. Incluso en conflictos no militares hay jugadores que representan sus papeles. Los políticos contratan escritores de discursos y expertos en prensa y medios para que diseñen estrategias óptimas para las campañas de mentira y propaganda.

Los pleiteantes contratan abogados que descubran formas de convencer a jueces y jurados. Estos profesionales son en la práctica los ingenieros y empresarios de la industria del conflicto. Pero, debido al absentismo de los economistas, permanece un enorme hueco intelectual: se ha dicho muy poco sobre la macro tecnología del conflicto. Pero también en el dominio de los conflictos, al igual que en el de la producción, son aplicables los conceptos de rendimientos a escala crecientes o decrecientes o la complementariedad entre trabajo y capital.

Un ejemplo. A partir del siglo XV, el cañón substituyó a las catapultas como armamento en los asedios y como arma personal, el mosquete suplantó al arco y las flechas. A primera vista podríamos pensar que las nuevas armas eran claramente superiores, técnicamente hablando. La respuesta correcta, sin embargo, no es tan simple; requiere analizar comparativamente los costes, los rendimientos crecientes y la complementariedad.

El cañón permitió que las habilidades industriales en las fábricas y talleres substituyeran a la escasez de habilidades en los campos de batalla. Y las economías de escala en la fabricación de cañones dieron a los reyes una ventaja notable sobre los señores y barones locales. En cuanto a los mosquetes, eran tan imprecisos que, hasta que llegó el rifle, un soldado con arma de fuego no resultaba competencia para un arquero bien entrenado. En favor del mosquete hubo, una vez más, economías de escala en la producción industrial e, incluso más importante, la oportunidad de combinar capital con trabajo menos habilidoso. Era necesario años de práctica y realmente una forma de vida para hacer un efectivo arquero. Pero una semana de entrenamiento en pelotón era suficiente para enseñar a un mosquetero a disparar su arma en dirección al enemigo.

Al analizar la macro tecnología del conflicto, nos gustaría disponer de formulas funcionales plausibles análogas a la Cobb-Douglas o la CES para la teoría de la producción. Estas funciones describirían cómo los inputs de fuerza de fuego en ambos bandos generan outputs en forma de victorias o derrotas. Se han descrito dos tipos de fórmulas de esta clase de “funciones de éxito en conflicto”.  En el primer tipo, el resultado depende del ratio de los esfuerzos de lucha, en el otro tipo, depende de la diferencia.

El tipo basado en el ratio es aplicable cuando los enfrentamientos tienen lugar bajo condiciones teóricamente ideales como un campo de batalla uniforme, información completa y ausencia de fatiga. El tipo basado en la diferencia es aplicable a casos más realistas, en los que la fricción juega un papel: donde hay refugios y santuarios, la información es imperfecta, e incluso el vencedor es susceptible a la desorganización y el agotamiento. Y en todo lo que he usado metáforas y ejemplos militares, se podrían hacer afirmaciones similares referidas a la “tecnología” para convertir esfuerzos de combate en victorias incluso en luchas no militares, como pleitos judiciales o campañas políticas.

En alguna forma similar a los rendimientos rápidamente decrecientes en la producción sería la baja capacidad resolutoria en la actividad conflictiva. Una fuerza superior tiene siempre ventaja, por definición, pero: ¿Cuánta ventaja? A veces un filo muy delgado tiene consecuencias drásticas. Cuando la capacidad resolutoria es baja es más probable que las partes elijan la paz o, en cualquier caso, que reduzcan la intensidad de la lucha. En política doméstica, las protecciones constitucionales de las minorías reducen el poder resolutorio y la supremacía de las mayorías. Si el fracaso electoral no va a traducirse en pérdida de la vida o de la propiedad, la gente no estará excesivamente estimulada a dedicar mucho esfuerzo en las campañas.

La teoría económica del conflicto ayuda a explicar una importante paradoja de la política moderna. Estamos tan acostumbrados a ver la riqueza redistribuida desde los ricos hacia los pobres que eso no nos resulta sorprendente. Sin embargo la mitad más rica de la población tiene seguramente más poder político que la mitad inferior ¿Cómo pueden los de abajo vencer a los de arriba y que el débil venza al fuerte en la lucha redistributiva?

La respuesta principal (nótese que descarto la generosidad de los ricos) es que los pobres tienen ventaja comparativa en los conflictos, a diferencia de en la producción. O, mirándolo desde el otro punto de vista, cuando se trata de un conflicto de apropiación, los ricos constituyen un objetivo atractivo mientras que los pobres no. Pensemos en esto como las cuatro “pes”: La política populista es provechosa para el pobre. Y, en general, cuando la capacidad resolutoria de un conflicto político no es demasiado grande, los grupos que se encuentren a sí mismos más pobres que antes, se harán típicamente más belicosos, mientras que los grupos recientemente enriquecidos serán más pacíficos y acomodaticios.

Por otra parte, si los parámetros resolutorios son suficientemente altos (por ejemplo, si una fuerza superior establece una diferencia enorme en el resultado) la ventaja recae rápidamente hacia el lado más fuerte. Esto se corresponde con el “monopolio natural” en el conflicto industrial, conduciendo muy probablemente a una lucha a muerte. Muchos otros aspectos de la tecnología del conflicto requieren investigación, por ejemplo, cuándo el ofensor tiene la ventaja y cuándo el ofendido, y cuáles son los papeles de la distancia geográfica y el territorio.

Nota: Esta columna es un resumen de las ideas expuestas en: Jack Hirshleifer (1925-2005) Discurso Presidencial pronunciado ante la Western Economic Association en 1993. Traducción de Juan Carlos M. Coll

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