Las leyes del intercambio social

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Resumen elaborado por: Luis Alejandro Palacio García

Unos de los descubrimientos más desconcertantes de la economía experimental son: (1) la gente se comporta invariablemente de forma no cooperativa en instituciones de intercambio de mercado “impersonales” de grupo, sea éste grande o pequeño; (2) la mayoría cooperan en el intercambio “personal”; (3) en ambos entornos económicos todas las interacciones se dan entre participantes anónimos. Sea cuál sea el camino más útil para modelar y explicar la cooperación, sin la ayuda de los incentivos del mercado, mi hipótesis de trabajo para todo el proceso es que es el resultado de una mezcla desconocida de evolución cultural y biológica, en la que la biología aporta el potencial de definición de funciones abstractas y la cultura configura las formas emergentes que observamos.

¿Cómo es posible que una regla social emerja, se convierta en parte integral de la cultura y sea emulada ampliamente? Utilizaré una parábola para ilustrar cómo podría llegar a implantarse una norma para la “negociación de buena fe”. En la negociación de un precio entre comprador y vendedor, supongamos que el vendedor comienza anunciando un precio de venta, que el comprador responde con un precio de compra más bajo, que el vendedor reduce su precio, etcétera. En este proceso de cesiones está mal visto que el comprador (o el vendedor), una vez que ha hecho una concesión, vuelva a proponer un precio más bajo (o más alto). Esto viola el principio de “negociar de buena fe”.

¿Cómo puede suceder esto? Se podría pensar que será menos probable que sean requeridos en futuras transacciones aquéllos que no negocien de buena fe. Su comportamiento eleva los costes de transacción debido a que incrementa el tiempo que se tarda en completar una operación. Cabría esperar que las parejas de negociación se auto-seleccionen, tendiendo a aislar a los negociadores que empleen más tiempo, que a su vez tardarán más en encontrar a otros dispuestos a tolerar el coste temporal de la negociación. Tales prácticas podrían, pues, llegar a formar parte de una norma cultural lo suficientemente poderosa como para ser codificada finalmente en una ley relacionada con los contratos y en normas del mercado de valores.

Proposición: de esta forma los colectivos descubren leyes en aquellas normas que persisten el tiempo necesario para que se conviertan en prácticas arraigadas. En este ejemplo la norma emergente reduce los costes de transacción, dejando sin respuesta la clásica pregunta de cómo se puede caracterizar el equilibrio en la negociación bilateral.

Los primeros “productores de legislación” no habían elaborado las leyes que “suministraron”; se limitaron a estudiar las tradiciones sociales y las normas informales y las dotaron de importancia, como leyes divinas o naturales. Utilizando la parábola del ranchero/granjero, Ronald H. Coase sostenía que, si no hubiera costes de transacción, teóricamente la eficiencia no podría depender de quién era el responsable de los daños causados en los cultivos por los animales sueltos. La responsabilidad legal incentiva al granjero para que emplee medidas eficientes en términos de costes a la hora de controlar al ganado suelto.

Pero si no fueran responsables legalmente, por tanto en un mundo de costes de transacción cero, las víctimas se verían obligadas, en su propio interés, a llegar a un acuerdo con el ranchero, pagándole para que tomase las mismas medidas de control eficientes que le impondría la responsabilidad legal. De esta forma, las víctimas de la transgresión se ahorran el coste de la cosecha arruinada, que se supone que será mayor que el coste de controlar al ganado (porque de otra forma este control sería ineficiente). La externalidad se internaliza por medio de incentivos de negociación de mercado.

Curiosamente, el Teorema de Coase fue muy controvertido. Se le consideró claramente como una parodia amable de teorías excesivamente simplistas que, en particular, ignoraban los costes de transacción. El auténtico problema, abordado de forma brillante por Coase, fue tratar la cuestión de la eficiencia de las normas de responsabilidad legal en un mundo con costes de transacción significativos. Para ello, decidió utilizar el entorno de los costes de transacción para examinar el problema del coste social en diversos casos y precedentes legales.

La cooperación surge también en juegos anónimos, en forma extensiva entre dos personas, en experimentos de laboratorio. Aunque dicho comportamiento es contrario a las prescripciones racionales, no es incoherente con nuestros ejemplos de orden espontáneo sin una ley impuesta externamente. ¿Por qué estudiamos las interacciones anónimas en el laboratorio? El modelo de teoría de juegos sin repetición trata sobre extraños sin historia ni futuro, pero el anonimato ha sido utilizado desde hace mucho tiempo en experimentos con grupos pequeños, para controlar las complejidades desconocidas de las relaciones sociales naturales. Es bien sabido que la interacción cara a cara supera a otros procedimientos más sutiles a la hora de obtener resultados cooperativos.

Pero, más importante, creo que es esta condición la que proporciona el ámbito más amplio para explorar el instinto humano respecto al intercambio social, y la forma en la que éste se ve afectado por las condiciones relacionadas con el contexto, la recompensa y el procedimiento, que modifican los elementos de la distancia social. Nuevamente, el estudio de lo que no es nos ayuda a comprender lo que sí es.

Dos tareas de decisión, representadas por el mismo árbol de juego abstracto, podrían conducir a respuestas distintas si se dan en contextos diferentes. ¿Por qué? La respuesta podría encontrase en el proceso a través del cual percibimos el mundo externo. Hayek fue un pionero en el desarrollo de una teoría de la percepción, que se anticipó a contribuciones recientes a la neurociencia. Resulta natural para nuestras mentes suponer que la experiencia se forma a partir de la recepción de impulsos sensoriales que reflejan atributos invariables de objetos externos presentes en el entorno. En su lugar, Hayek propuso que nuestra percepción actual es el resultado de la relación entre los impulsos externos y nuestra experiencia pasada en condiciones similares. Las categorías que se forman en nuestra mente están basadas en la frecuencia relativa con la que coinciden nuestras percepciones actuales y pasadas.

El modelo de Hayek captura la idea de que, en el orden interno de la mente, la percepción se auto-organiza: la función abstracta se combina con la experiencia para determinar la conectividad y la expansión del sistema de redes. Se pueden producir pérdidas tanto por falta de la función como del estímulo de la experiencia del desarrollo. Si se bloquean o se distorsionan las percepciones sensoriales, la función se daña; si se daña la función mediante lesiones cerebrales o deficiencias heredadas, el desarrollo se verá comprometido.

Este modelo concuerda con la hipótesis de que la mente se organiza por medio de módulos interactivos (circuitos) que están especializados en la visión, el aprendizaje del lenguaje, la socialización y otras muchas funciones. Desde esta perspectiva, la mente es el producto inconsciente de la co-evolución entre el desarrollo biológico y cultural de nuestro cerebro, que nos distingue de otros primates. Esto es lo que hace posible la razón.

La tendencia de la gente a creer en el concepto de la mente como una “tábula rasa” muestra que esta interpretación de la mente está tan en consonancia con nuestra experiencia directa como una vez lo estuvo la idea de que la tierra era plana, o de que había que quemar a las brujas. En cada caso, para escapar de la percepción de la gente es necesario que las pruebas indirectas que muestran su falsedad, basadas en la razón, pasen a formar parte de nuestra experiencia “sentida”. La racionalidad constructivista se vuelve entonces racional desde un punto de vista ecológico.

Nota: Esta columna es un resumen de las ideas expuestas en: Smith, V. (2005). Racionalidad constructivista y ecológica en economía. Revista Asturiana de Economía, 32, 197–273.
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