¿Decir la verdad?

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¿Por qué no podemos fiarnos simplemente de que los demás dicen la verdad? La respuesta es obvia: porque decir la verdad podría ir en contra de sus intereses. Los intereses y las declaraciones de la gente coinciden la mayoría de las veces. Cuando pedimos un filete al punto, el camarero puede suponer tranquilamente que queremos un filete realmente al punto. Trata de agradarnos, por lo que es mejor que digamos la verdad. Las cosas son algo más complicadas cuando pedimos que nos recomienden un plato o que nos dé un consejo sobre el vino. En este caso, el camarero puede querer que elijamos algo más caro y llevarse así más propina.

El científico y novelista británico C.P. Snow atribuye esa idea estratégica al matemático G.H. Hardy: “Si el arzobispo de Canterbury dice que cree en Dios, entra dentro de lo normal, pero si dice que no cree en Dios, se puede suponer que quiere decir lo que dice”. Asimismo, cuando el camarero nos sugiere el filete de segunda menos caro o un vino de oferta, tenemos todas las razones para creerlo. El camarero también podría tener razón cuando recomienda el plato caro, pero es más difícil saberlo.

Cuanto mayor sea el conflicto de intereses, menos puede fiarse uno del mensaje. Pensemos en el caso del cobrador de penaltis y el portero. Supongamos que justo cuando el lanzador está preparándose para lanzar el penalti, dice: “Voy a lanzar hacia la derecha”. ¿Debe creérselo el portero? Por supuesto que no. Sus intereses son diametralmente opuestos y el lanzador tiene todas las de perder si declara sinceramente sus intenciones de antemano. Pero ¿Significa eso que el portero debe suponer que el lanzador va a chutar hacia la izquierda? Tampoco en este caso. El lanzador podría estar intentando un engaño de segundo nivel: mentir diciendo la verdad. La única reacción racional a una afirmación que hace otro jugador cuyos intereses son diametralmente opuestos a los nuestros es no hacerle absolutamente ningún caso. Ni supongamos que sea cierta, ni tampoco supongamos lo contrario (pensemos en el equilibrio del juego real, no haciendo caso de lo que ha dicho el adversario y jugando en consecuencia).

Los políticos, los anunciantes y los niños son todos ellos jugadores en sus juegos estratégicos, todos ellos con sus propios intereses e incentivos. Y lo que nos dicen les conviene. ¿Cómo debemos interpretar la información que procede de estas fuentes? Y a la inversa, ¿Cómo podemos hacer que nuestras afirmaciones sean creíbles, sabiendo que los demás tomarán lo que decimos con el lógico recelo?

Comenzaremos nuestro análisis con el que quizá sea el caso el ejemplo más famoso de adivinar la verdad a partir de lo que dicen las partes interesadas, el dilema del rey Salomón. Dos mujeres que discuten quién es la verdadera madre de un niño acuden ante el rey Salomón. La Biblia cuenta la historia en Reyes (3:24-28):

“Dijo entonces el rey: “Traedme una espada”. Y así que se la hubieron traído, ordenó lo siguiente: “Partid el niño vivo en dos y dad una mitad a una de ellas y la otra mitad a la otra”. La mujer cuyo hijo era el niño vivo, llena de compasión por su hijo, le dijo al rey: “¡Os ruego, mi señor, que le deis a ella el niño vivo! ¡No lo matéis!” Pero la otra dijo: “Que no sea ni mío ni tuyo. ¡Partidlo en dos!” Entonces el rey pronunció se sentencia: “Dadle el niño vivo a la primera mujer. No lo matéis, pues ella es su madre”. Cuando todo Israel oyó el veredicto que había emitido el rey, todos sintieron un profundo respeto hacia él, viendo que le asistía la sabiduría de Dios para impartir justicia.”

Desgraciadamente, los expertos en estrategias no pueden dejar una buena historia en paz. ¿Habría funcionado la estrategia del rey si la segunda mujer, la falsa solicitante, hubiera comprendido lo que estaba pasando? No. La segunda mujer cometió un error garrafal. Fue su respuesta a favor de que se partiera el niño en dos la que la distinguió de la verdadera madre. Debería haber simplemente repetido lo que dijo la primera; si las dos mujeres hubieran dicho lo mismo, el rey no habría podido saber quién era la verdadera madre. El rey era más afortunado que sabio; su estrategia funcionó debido únicamente al error de la segunda mujer.

Este texto fue tomado de:

Dixit, A., & Nalebuff, B. (2010). El arte de la estrategia (p. 541). Anthony Bosh Editor.
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