Historias de viaje. Capítulo 1: Érase una vez

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Luis Alejandro Palacio García

15 de noviembre de 2007

¡Hola Todos! Por si acaso quieren enterarse de los pormenores de nuestra llegada a Granada, para todos los curiosos me he puesto a la tarea de redactar esta crónica, que para ser más precisos, ahora pretende convertirse en novela gráfica, o por lo menos se niega a morir en el olvido. Les advierto que es mejor que se acomoden, pues es bastante larga, y además he tenido tiempo para revisarlo con calma y remasterizarlo, es más, preparen palomitas de maíz que ante ustedes tienen las historias en versión 2.1.

Todo comenzó en Colombia, aquel humilde país tropical donde crecen miles de esperanzas cada día, y no muchas llegan a hacerse realidad. Bueno, en serio, es todo un camello salir del país, sacar la visa es una tarea titánica y ni que decir de juntar todos los ahorritos, vender hasta el último chirito y todo pa completar lo del pasaje. Porque eso si fue surrealista, nosotros que con tanto esfuerzo habíamos comprado algunas cositas, que di tú, dos televisores, el equipo de sonido, la nevera, el computador, una amplia colección de muñequitos de Marvel y D.C Comics, que la batería de cocina, la cama con su buen colchón, en fin… para no alargar más el cuento, todito nos tocó darlo al mejor postor. Bueno, no quiero ser mal agradecido, muchas gracias a todos los que nos apoyaron comprando todos esos objetos con tanto valor sentimental.

Pero es que tocaba vender por dos sencillas razones. La primera y más evidente, pues teníamos que juntar todo el billete posible para hacer frente a toda la tracalada de gastos que implica dejar atrás la tierrita para buscar una mejor vida, y eso que no podíamos imaginarnos todos los expendios que nos venían pierna arriba. La segunda, y menos evidente, pues es que no se podía echar más en las maletas, solo nos permitían dos valijas de 22 kilos cada una, y que cosa pa pesar la ropa, y eso que dejamos todos los trapitos viejos, es decir, la mayoría.

Porque déjenme decirles, alistar esas maletas si fue muy, pero muy difícil, no se imaginan como seleccionábamos y construíamos complicados criterios para elegir y comparar, pues claro, hay que tener prioridades, pues tocaba hacerle espacio a toda la ropita invernal que compramos en Bogotá. Porque déjenme decirles, insisto, el que se queja de que en nuestra capital está haciendo frío, el que se atreva a decir que es una nevera, pues quiero dejar claro que no conoce nada, pues nuestro clima es realmente paradisiaco. Cuando por fin teníamos todo listo, y digo en plural porque yo lleve a cabo la extenuante tarea de supervisión, en el aeropuerto nos revisaron las maletas 3 veces por culpa de los libros, pues no se veía el contenido en los rayos x, lo cual claramente implica el estrés de sacar todo en repetidas ocasiones, con el consiguiente manoseo de las tangas por parte de las autoridades competentes.

La verdad no podemos quejarnos, realmente no hemos tenido problemas, el vuelo fue espectacular, se cumplió el itinerario a la perfección. ¿Quieren más detalles? Se les tienen. El avión es grandísimo, y a nosotros nos acomodaron en el asiento de los músicos, es decir, nos tocó una tremenda caminata para llegar a la silla, a lo bien, que patoneada más brava. Fuera de esto todo elegante, nos dieron comida y desayuno unas azafatas muy amables pero que de peinado si pocón, pues su estilo algo desordenado y con mucho desparpajo nos preparaba para entrar en los círculos de la alta moda europea, y además, nos daba fuertes indicios de que si es cierto el mito urbano de que nosotros nos bañamos más de lo debido.

Otro dato interesante y lleno de impacto visual es que nuestra silla tenía ventana a la derecha, lo cual nos permitió ver el amanecer sobre el océano, algo realmente espectacular (se los recomiendo). Es algo así como ver una gran pelota que se va transformando en una amplio prisma multicolor, pasando por todas las tonalidades del rojo y amarillo hasta rematar con en azul mar y cielo. Es que es una cosa rara, que no se ve todos los días, tampoco es fácil de describir.

Sinceramente les digo que el amanecer fue fantástico, pero no se compara con la llegada a Madrid. Al dejarse deleitar por la alucinante arquitectura del aeropuerto uno entiende porque dicen que vivimos en un país en vía de desarrollo, o del tercer mundo, en serio, El Dorado es una tienda de barrio comparado con el aeropuerto de Madrid-Barajas, eso sí es todo un centro comercial, de lo más fino. ¿Quieren más detalles?

Yo estoy seguro que ustedes han visto los supersónicos, así se siente uno en ese aeropuerto. Es tan grande que tiene cintas trasportadoras para que uno camine sobre ellas, o si no tiene afán puede quedarse quieto y va avanzando sin problemas. Pero eso no es todo, es tan grande que hay que tomar el metro para llegar de un lado a otro. Lo que no les va a sorprender es que es tan grande, que nosotros teníamos una cara entre asombro y pánico, pues nos sentíamos perdidos y teníamos que preguntar a cada rato. Pero lo logramos, contra todos los pronósticos llegamos a tomar la conexión a Granada, claro muy cansados de tanto caminar.

Cambiando de tema, les cuento que estamos estudiando muuuchooo. Ya me tienen re estresado (lo cual no es raro) con las sigma algebras, los conjuntos de Borel, las distribuciones condicionales multivariantes, el teorema de la envolvente, las condiciones de ajuste del sistema dinámico, en fin, y lo peor, todo eso en inglés, pero con acento andaluz. Es más, creo que estamos perdiendo nuestra juventud, nos hemos tomado la casa por cárcel, solo salimos a clase, y de resto, estudie y estudie. Lo que pasa es que llegamos muy tarde y nos toca ponernos al día, espero que luego eso cambie, aunque con la intensidad que nos caracteriza, quien sabe. Lo bueno es que todavía no me han dado espasmos, y creo que eso es un progreso.

Nota del autor

Quiero dejar constancia de que los espasmos si aparecieron, no mucho más adelante, di tú, entrado enero, y fueron una de las causas de mi renuncia a escribir más correos con historias. No es que no se los quiera, es que ya parecía robocop, y las notas pues no ayudaban mucho a subir la moral. Ahora voy al gimnasio por las mañanas, lo cual no es una de mis actividades preferidas, pero toca porque no quiero volver a llegar a esos extremos de parálisis muscular.

Vamos a ver si este fin de semana salimos y tomamos algunas fotos porque Granada es rebonita. Por ahora no hemos conocido mucho, solo de la casa a la universidad, y de la universidad a la casa. Lo único es que uno puede tomar (porque aquí no se dice coger, claro que en todas las puertas incitan a tirar, yo no sé, esos verbos tienen algo misterioso, y pilas con correrse, ese es el más peligroso de todos) un autobús y recorrer la ciudad, sale más o menos barato, pero solo hemos dao paseillos cortos.

También les cuento que el apartamento donde vivimos es muy bonito, es de dos pisos, arriba tiene dos alcobas, y abajo sala, cocina, y un baño. ¿Saben que si es muy extraño?, como aquí no se bañan, el lugar destinado para estos menesteres es muy chiquitico, es tan, tan pequeño que usted puede lavarse las manos mientras está reflexionando sobre la vida, y en la ducha los grifos le quedan en el estómago y la cortina se le pega a la parte de donde la espalda pierde su nombre. Es en serio, de purita verdad. Otra cosa rara es el calentador, es superpotente, si sumerce abre la llave y esta descuidado, se quema las manos, ya estoy aprendiendo porque no aguanto más quemonasos. Y también hay que tener cuidado con las tomas de corriente redondas con patas redondas, cuando logré conseguir un convertidor donde los chinos (entiéndase Sanandresito), fui a conectar y se me explotó el supresor de picos, se bajaron los tacos y, por supuesto, yo quedé pálido.

Esta historia, continuará…

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