La lucha y la cooperación

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En el juego de la vida todos nos vemos empujados por la lucha por sobrevivir. Todos queremos ser vencedores. Hay una manera honesta de alcanzar este objetivo. Correr más que el rebaño. Saltar más alto. Ver más lejos. Pensar más. Hacerlo mejor. Pero como sucede siempre, existe también el lado oscuro, la lógica calculadora del propio interés que exige que uno no ayude nunca a un competidor. De hecho, ¿por qué no ir más allá y complicar aún más la vida a nuestros rivales? ¿Por qué no estafarles y engañarles? Como el panadero que le endosa una barra de pan seco en lugar de una recién salida del horno. Como el camarero que pide una propina cuando la cuenta ya incluye el servicio. Como el farmacéutico que recomienda una marca conocida cuando la versión genérica del mismo medicamento es con toda seguridad mucho más barata. Los chicos amables acaban los últimos, está claro.

Los humanos son los simios egoístas. Somos criaturas que evitan las necesidades de los demás. Somos egocéntricos, mercenarios y narcisistas. Vamos tras el número uno. Solamente nos motiva el interés propio, y esto es así hasta el último hueso de nuestro cuerpo. Incluso se ha dicho que nuestros genes son egoístas. Aun así, la competencia no lo explica todo en la biología. Falta algo profundo. Criaturas de todas las clases y de todos los niveles de complejidad cooperan para sobrevivir.

Algunas de las primeras bacterias formaron ristras en las que algunas células de cada filamento vivo morían para proporcionar nitrógeno con el que nutrir a sus vecinos. Algunas bacterias cazaban en grupo, del mismo modo que los leones cazan juntos para arrinconar a un antílope. Las hormigas forman sociedades de millones de individuos que pueden resolver problemas complejos, desde la recolección de alimentos hasta la arquitectura y la navegación. Las abejas recolectan incansablemente el polen por el bien de la colmena. Los topos consienten generosamente que sus semejantes se coman las sobras, con lo que ofrecen una deliciosa segunda oportunidad para la digestión de raíces fibrosas. Y las suricatas arriesgan su vida para preservar el nido común.

La sociedad humana rebosa de cooperación. Incluso en nuestras actividades más simples comprometemos más cooperación de la que creemos. Consideramos, por ejemplo, el hecho de detenernos una mañana a tomar un capuchino y un cruasán para desayunar en cualquier lugar de Estados Unidos. Para disfrutar de un placer tan simple como este nos aprovechamos del trabajo de un pequeño ejército de personas de al menos media docena de países. Los agricultores de Colombia cultivan el café. Brasil proporciona el verdor de los campos de cimbreante caña de azúcar que se utilizan para endulzarlo. La capa de leche cremosa proviene de vacas de una granja local y se ha calentado gracias a la electricidad generada por una planta nuclear de un estado vecino. El camarero, que es algo sofisticado, ha hecho el café con agua mineral de Fiyi. Y en cuanto al hojaldrado cruasán, la harina proviene de Canadá, la mantequilla de Francia, y los huevos de una cooperativa local. La pasta se ha horneado y dorado en un horno fabricado en China. Diversas personas más habrán participado en los canales de suministro que recorren el planeta para conjurar todos esos elementos.

La oferta de ese café caliente y de ese cruasán también es fruto de un gran número de ideas propagadas por ese extraordinario medio que es el lenguaje. El resultado es una red cuidadosamente tejida de cooperación que se extiende a través de las generaciones, del mismo modo que las grandes ideas se generan, pasan, se usan y se perfeccionan, desde la primera persona que bebió una infusión de semillas tostadas, o desde la invención de la bombilla que ilumina la cafetería, hasta la patente de la primera máquina de espresso.

El resultado, ese sencillo desayuno de cada día, es un hecho cooperativo sorprendente que cruza tanto el espacio como el tiempo. Esa pequeña comida se basa en conceptos, ideas e invenciones que se han extendido entre un vasto número de personas a lo largo de centenares e incluso miles de años. El mundo moderno es una empresa extraordinariamente colectiva. El conocimiento sobre cómo recolectar el grano, o cómo preparar harina, fabricar hornos o batir la leche, está diseminado en centenares de cabezas. Hoy resulta tan importante el grado de colaboración de nuestros cerebros como su tamaño.

Este es el lado brillante de la biología. El alcance y la extensión de nuestra unión a la hora de trabajar juntos hacen de nosotros cooperadores supremos, los mayores en el universo conocido. En este sentido, por cercanos que sean nuestros parientes, nunca podrán recortar la enorme distancia que nos separa. Tomemos cuatrocientos chimpancés y metámoslos en clase turista en un vuelo de siete horas. Lo más probable es que lleguen a destino con mordiscos en las orejas, faltos de pelaje y con las extremidades sangrantes. Sin embargo, millones de nosotros toleramos que se nos someta a toda clase de apreturas con tal de desplazarnos alrededor del planeta.

Esta extenuante capacidad de cooperar explica en parte que hayamos conseguido sobrevivir en todos los ecosistemas de la Tierra, desde los desiertos quemados, cuarteados por el sol, a las extensiones heladas de la Antártida y las profundidades oscuras y aplastantes de los océanos. Nuestra destacable habilidad para unir fuerzas nos ha capacitado para emprender los primeros pasos de una gran trayecto que dejará atrás los confines de nuestra propia atmósfera y que nos permitirá viajar hacia la Luna, las estrellas y más allá. Por “cooperación” entiendo algo más que el hecho de trabajar para llegar a un objetivo común. Me refiero a algo más específico, a que los competidores en potencia decidan ayudarse unos a otros. Es algo que aparentemente no tendrá sentido desde un punto de vista darwiniano tradicional. Al ayudar a otro, un competidor daña su propio bienestar (su tasa reproductiva) o simplemente desafila la hoja de su arma competitiva.

Cuando la cooperación se expresa de esta manera, parece sorprendente. ¿Por qué debilitar su propia fuerza para favorecer la de un competidor? ¿Por qué preocuparse por cuidar a nadie que no sea el número uno? La cooperación va en contra del propio interés. La cooperación es irracional. Desde la perspectiva de la formulación de Darwin de la lucha por la supervivencia, no tiene sentido ayudar a un rival potencial, pero hay pruebas de que tal cosa sucede incluso entre las criaturas más humildes. Cuando una bacteria se toma la molestia de fabricar una enzima para digerir su alimento, está ayudando a alimentarse también a las células vecinas, rivales en la lucha por la vida.

Este texto fue tomado de:

Nowak, M., & Highfield, R. (2012). Super cooperadores. Las matemáticas de la evolución, el altruismo y el comportamiento humano (p. 399). Barcelona: Ediciones B.

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