Derechos de propiedad y sistema social libre

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Por años he tratado de encontrar en la  literatura  legal una definición de propiedad privada, pero nunca lo he logrado. Dudo que exista alguna en ese campo. Por tanto, luego de un arduo trabajo, he ideado mi propia definición; es tan simple que ustedes se dirán a sí mismos: ¡Eso lo sabe todo el mundo!; sin embargo, cuando lo discutí con mis amigos economistas, consideramos que era una definición muy apropiada. Yo llamo propiedad privada al sistema que asigna a individuos específicos, llamados los propietarios, la autoridad exclusiva e intercambiable sobre todos los usos físicos de los recursos. Esta simple proposición es el resultado de 20 años de trabajo. En esta definición podemos identificar los términos “individuos específicos”, “exclusividad”, “intercambiables” y “usos físicos”, a los que haremos referencia más adelante.

Comienzo afirmando que mientras más se extienda el uso de este sistema en la sociedad, más libre será ella, según mi definición. Nunca encontrarán a alguien que haya tratado de definir en términos irrefutables el significado de sociedad libre. Esa es la definición que me  gustaría tener: una sobre la cual no pueda haber discusión. A mis amigos de Chicago no les gusta mi definición. Una de sus características es que enfatiza el que los recursos sólo pueden ser usados con el permiso de aquella persona que tiene la autoridad para dar el permiso.

En mi definición es muy  importante la posibilidad de intercambiar la autoridad. Por ejemplo, en la Universidad de California yo tengo mis muebles de oficina y un bonito procesador de palabras que se dice es mío, pero que realmente es “un procesador de palabras de la Universidad”. En la práctica, yo puedo hacer casi cualquier cosa con él: trabajar con él, cambiarlo de lugar, llevármelo a mi casa, tirarlo al suelo y quebrarlo; sin embargo, no puedo venderlo. Por esto, cuando digo que la propiedad privada incluye  derechos  intercambiables, lo que quiero decir es que cuando yo intercambio mi propiedad privada, lo puedo hacer a cambio de cualquier otro derecho que esté a la venta en el mundo (con la propiedad pública no se puede hacer eso). Así, en realidad, estoy diciendo que la definición incluye este fenómeno particular: distingue la propiedad pública, estatal o universitaria, de la propiedad privada.

Otra  característica de mi  definición es que enfatiza que no hay nada en un sistema de propiedad privada que diga que uno puede usar sus recursos en la medida que esto no perjudique a alguna otra persona. Lo cierto es que sí se puede herir a otros; por ejemplo, cuando yo me ofrecí a dictar esta charla, alguna otra persona no la pudo dictar y perdió dinero: yo la estoy perjudicando. Cuando fabrico un producto mejor y lo vendo y, de este modo, usted no compra el que produce otra persona, que no era tan bueno como el mío, esa persona estará peor. El uso de la propiedad privada y el intercambio no dice que usted no pueda herir a otra persona, no dice que yo no pueda reducir el valor de los recursos de otra persona. A mucha gente que habla sobre propiedad privada le gusta decir que la característica del sistema es que en su funcionamiento no se perjudica a las demás personas con las acciones individuales. Eso no es verdad; usted puede reducir el valor de los recursos de otras personas y no puede tener ninguna seguridad en relación al valor de sus propios recursos. Me gustaría estar seguro de que ustedes no seguirán sosteniendo ese erróneo concepto.

Los expositores anteriores se han preguntado cómo afianzar este sistema, cómo conseguir que la gente lo acepte. Yo no lo sé. Me gustaría creer que la gente en forma natural, en el profundo sentido de natural, en la estructura evolutiva de nuestros seres, desea ese tipo de orden para ellos y también para los demás. Sin embargo, he aquí un problema. Yo quiero tener un  sistema de propiedad  privada, pero  también quiero tener la propiedad de ustedes; éste es un conflicto entre seres humanos. El problema es conseguir que la gente respete los derechos de los demás o que respete el sistema y pague a cada  individuo cuando viole esos derechos. Una técnica estándar para lograr esto es la de la iglesia, que condenará eternamente —un pensamiento espantoso— y excomulgará; otra, la presión social de sus amigos, que lo aislarán si saben que usted ha estado usurpando su propiedad. Otro medio para instaurar el sistema es la fuerza del comportamiento moral; otro método es, obviamente, la fuerza física. Yo no quiero llamarla coerción o compulsión, ya que yo fui coercionado a venir aquí. Yo no quería venir a Chile, yo quería permanecer en Los Angeles. Sin embargo, me forzaron a venir al mostrarme cuáles serían las recompensas y simplemente no pude  resistirme a ellas; ése es el peor tipo de coerción que existe.

Por lo tanto, el mundo está lleno de compulsiones; la cuestión es qué tipo de compulsiones vamos a tolerar en nuestra sociedad. O quizás queremos todas las formas de compulsión, ya que pareciera haber gente que entiende mejor con la violencia física que otros. Así, si usted va y me roba mi pequeño computador, yo puedo llamar a la policía para que le peguen un poco: usted comprenderá eso. Parece que la gente entiende que el uso de la fuerza —pegar, torturar, encarcelar— es un método muy barato de imponer la ley. Sin embargo, poner a un hombre en la cárcel es muy caro para la sociedad; sólo los Estados Unidos de América pueden enfrentar ese gasto. En los países pobres lo matarían, ello es más barato.

Uno debe ser economista para ver más allá de la fachada y apreciar los costos de cada acción. Yo les digo a mis alumnos: ustedes  pueden  aprender  economía y especializarse en cómo convencer a la gente haciéndole ofertas que no puede resistir, o si no, pueden tratar de persuadirla pegándole o poniendo una pistola en sus costillas. Nosotros tenemos un departamento de la Universidad dedicado a enseñarle a la gente cómo usar la fuerza en forma efectiva y exitosa: es nuestro Departamento Militar, al que yo considero el Departamento más respetado de la Universidad de California.

Se puede desear  tener un ejército fuerte, porque ésa es la agencia en la cual descansa, en última instancia, la observancia de los derechos de propiedad privada. Si no se ha conseguido tener un ejército confiable con el que se pueda contar, uno se encuentra en un gran problema. Yo creo que Argentina tiene ese problema. Es por eso que les aconsejo a mis alumnos: Sean militaristas y el mundo estará lleno de oportunidades para ustedes. Mis estudiantes de economía van a estudiar negocios y tratarán de persuadir a los clientes para que compren sus servicios, pero a mis otros alumnos les digo: ¡Conviértanse en militaristas!; el mundo está lleno de países que están esperando ser tomados a cargo. Están El Salvador, Guatemala, Costa Rica, Chile, Argentina, México. ¡Vayan ahí y háganse  cargo!… Algunos lo han hecho en África. Uno de mis  alumnos, de hecho, fue un revolucionario. Tomó posesión y, después de tres años, abandonó el país y ahora vive en Suiza. Lo visité y me dijo: “¿Vio? Tuve éxito”. Y es cierto, porque el mundo vive en parte bajo coerción y en parte bajo competencia.

En otras palabras, la competencia involucra más que el hacer ofertas a alguien; también consiste en competir por el uso de la violencia. No podemos vivir en nuestra sociedad sin la fuerza; ésta es un hecho y tenemos que contar con ella. Por lo tanto, yo no considero que el uso de la fuerza sea poco ético e impropio: sólo lo es el modo en que se use o los propósitos para los que se use. Yo no sé si a ustedes les guste o no, pero piensen sobre el tema un poco. ¡Eso es lo que les enseñamos a los alumnos en la Universidad, y ustedes, los padres, deben al menos saber, si es que piensan mandar a sus hijos a la Universidad de California, qué es lo que ellos aprenderán…!

Este texto fue tomado de:

Alchian, A. (1981). Derechos de propiedad y sistema social libre. Estudios públicos, 3, 54 – 68.

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