El enigma de las sillas vacías

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Alguna vez fui invitado a dictar una conferencia a un público numeroso; el programa iba a comenzar a las 8 de la noche. Seguí a mi escolta, llegué al edificio por la entrada del escenario y permanecí en un costado mientras me colgaban un micrófono del cuello. Alcancé a ver las primeras doce filas: nadie había llegado. Supuse que las 8 quería decir las 8:15, como procede en una reunión académica, y quedé perplejo cuando mi anfitrión se dirigió al estrado, hizo una reverencia hacia las filas de asientos vacíos e hizo los ademanes correspondientes a mi presentación. Después de oponer alguna resistencia, fui gentilmente empujado para sacarme del proscenio y dirigirme hacia la tribuna.

Había 800 personas en la sala, abarrotada desde la decimotercera fila hasta la lejana pared del fondo. Con una cierta sensación de estar dirigiéndome a una multitud que se encontraba en la ribera opuesta de un río, dicté mi conferencia. Más tarde pregunté a mis anfitriones por qué habían distribuido a la concurrencia de esa manera. Ellos no habían tenido nada que ver en el asunto. No habían apartado los asientos y no había acomodadores. Cada quien se acomodó donde quiso, y la distribución del público no era más que un reflejo de sus preferencias. ¿Cuáles hemos de suponer que eran esas preferencias?

Es posible que todos hayan preferido que el auditorio entero se concentrara en las 24 filas del fondo y dejaran vacías la primera docena. Sin embargo, nadie determinó el lugar donde debía sentarse el resto de la concurrencia, salvo que haya puesto algún ejemplo. La gente no votó con sus traseros por un plan de acomodo. Todo lo que hizo fue escoger, de los lugares disponibles, aquél en el cual deseaba sentarse, después de escudriñar la sala conforme iba caminando por el pasillo.

¿Podemos adivinar qué criterios siguió la gente para elegir sus asientos? Yo agregaría que, por lo que pude observar, las personas de las distintas filas no se diferenciaban en nada. La gente que se encontraba al frente no se distinguía de la del fondo por tener más edad, por estar mejor vestida o por formar grupos de hombres o de mujeres. Los que estaban al frente (la decimotercera fila) pueden haberse mostrado más atentos que el resto; empero, probablemente se dieran cuenta de que (incluso a esa distancia) yo podía verlos parpadear o asentir con la cabeza y se sintieran motivados a seguir un poco más alerta.

A pesar de mi curiosidad, olvidé preguntar a mis anfitriones cuál había sido el orden en el que se llenaron las distintas filas. ¿Se llenaron en secuencia de atrás para adelante? ¿Se distribuyó la gente al azar entre las doce últimas filas de atrás? O bien, ¿Los que llegaron primero ocuparon la decimotercera fila y los que llegaron después se sentaron en las últimas filas subsiguientes hacia el fondo? Esto último resulta improbable; sería una coincidencia que los primeros en llegar hayan escogido un límite del frente que, en última instancia marcara a toda su capacidad, el número exacto de personas que aparecieran. La dinámica tenía que explicar el hecho de que una zona reducida fuera ocupada por gente que no podía saber cuántas personas iban a llegar tarde.

Hay varias razones por las que podría interesamos la pregunta de qué estaba haciendo, o pensaba que estaba haciendo, o estaba tratando de hacer, esa gente al acomodarse de la manera como lo hizo. Una es que no nos gusta el resultado; preferimos que todos estén en las primeras 24 filas, no en las últimas 24, o que se distribuyan en todo el auditorio. Si deseamos alterar la pauta con un mínimo de organización, con la menor interferencia posible en las preferencias del auditorio, necesitamos saber si podemos cambiar sutilmente sus motivaciones o sus percepciones del salón de actos, de tal manera que, “voluntariamente”, elijan una mejor pauta para sentarse.

Y, antes de que hagamos tal cosa, debiéramos saber si el público mismo desea la distribución de los asientos que eligió, y si el hecho de haber escogido los asientos en que se sentaron constituye una evidencia de que deben estar satisfechos con su elección. Una segunda razón de interés es que puede haber algo en este proceso que nos recuerda otras situaciones en las cuales la gente se ubica voluntariamente en cierta pauta que no tiene ventajas evidentes, incluso para las personas que, con su propia elección, constituyen la pauta. La ubicación de la residencia es un ejemplo. Este experimento de laboratorio en la sala de actos puede señalamos qué es lo que debemos buscar en otras situaciones.

Mi propósito inmediato al invitarlos a especular acerca de los motivos que produjeron ese tipo de distribución para sentarse no es ni elaborar un manual de administración de auditorios ni sacar analogías con la elección de barrio, la conducta de las multitudes o la manera como se ocupan los “cajones” de estacionamiento, sino darles un ejemplo vívido de lo que trata este libro: un tipo de análisis característico de gran parte de las ciencias sociales, especialmente la parte más teórica. Ese tipo de análisis explora la relación entre las características de conducta de los individuos que integran algún agregado social, y las características del agregado.

Este texto fue tomado de: Schelling, T. (1989). Micromotivos y macroconducta (p. 235). México: Fondo de Cultura Económica.

El primer capítulo del libro se puede consultar en:

http://www.eumed.net/cursecon/textos/2005/schelling-mm.htm

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