Finalmente, voto por creer

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Ángela Marcela León Fontecha

Ciertamente en todos los rincones del mundo alguien esta maquinando ideas y creando medios para alcanzar los ideales por los que ha luchado toda su vida o por los que iniciará a luchar, utilizando el menor esfuerzo posible y por el menor costo de oportunidad. Quizá astucia o quizá el desespero, pero en definitiva algo mueve sentimientos y emociones en los seres humanos que nos llevan a actuar correcta o incorrectamente. De alguna forma u otra pienso que sería inoficioso el hecho de tachar actuaciones buenas o malas por el nivel socioeconómico o quizá los barrios de procedencia de las personas, debido a que en muchísimos casos hemos admirado personas que dejan una gran huella en la humanidad empezando desde cero, sin un peso en el bolsillo, y otras que con todos los medios y recursos han sido un total fracaso convirtiéndose en la enfermedad del país, y digo enfermedad porque lo único realmente bueno que hacen no deja de ser exclusivamente para ellos afectando al resto.

En este círculo vicioso en el que hemos caído, como bien lo decía Adam Smith, donde nuestros actos buenos son acreedores de aplauso, y por el contrario los malos de un castigo, se encontró la gran debilidad del ser humano, la corrupción, en todo el sentido de la palabra; desde el más joven hasta el más viejo, tiene la necesidad de engañar, alterar, hurtar, y más que nada defender su imagen ante el mundo; un pequeño hace copia en una evaluación y sin embargo recibe los premios por sus calificaciones; un ebrio conduce un carro y espera poder sobornar el policía para no ser multado; un gobernante mata y roba el país, pero sin embargo sale ante las cámaras diciendo que da todo por él.

En realidad nadie es diferente a nadie, todos en algún momento por más estudios y valores que adquiramos en nuestra vida nos desnaturalizamos, mientras que en las clases altas se roba discretamente y pocas veces se castiga, en las clases bajas se hace prácticamente en la cara y se castiga, pero robar es robar; el hombre vestido con traje elegante en pocos minutos se convierte en aquel delincuente con un Jean viejo y una cuchillo en la mano.

Por su puesto, en algún momento las excepciones se dan, y esto resulta por el poder que tienen los incentivos morales, sociales y económicos, como bien se aclara en el libro Freakonomics y son precisamente estos la fuerza que hace la diferencia; las personas actúan en la medida que esto pueda afectar su disposición económica o su imagen ante la sociedad, es decir se cohíben de actuar mal porque no quieren hacer algo que perciben incorrecto o que otros pudieran verlo de tal forma, ni tampoco arriesgarían su capital y su libertad por cometer un crimen. Se puede afirmar que afortunadamente la mayoría se deja llevar por estos incentivos en crímenes mayores.

Definitivamente la moralidad es uno de los más fuertes, muchas personas acuden a sus emociones a la hora de actuar y con esto nos llevaría a mencionar otro factor influyente como lo sería el tamaño del entorno social, es decir una persona evita cometer injurias en una población chica por el temor a ser reconocido, prácticamente sería más fácil dar con un delincuente en una zona rural, debido a su escaza población, por el contrario en una ciudad, lo difícil seria reconocer a la persona y aún más llegar a capturarlo. Cuando se crean vínculos o existe la presencia de un ente regulador por decirlo de alguna forma, las personas evitan errar por vergüenza.

Un simple acto de honradez es quizá algo inesperado en este tiempo, y más aún cuando la mayoría opta por no creer como por ejemplo un economista aferrado a las estadísticas; el colar una rosquillas abiertas al público junto con un bote en el cual colocar libremente el dinero a cambio de una o dos rosquillas, parece absurdo para el economista, como se refleja en el ejemplo puesto en Freakonomics; se espera que no se recoja ni siquiera el valor de las rosquillas, pero la gran sorpresa es que se recoge mucho más, y esto lo entenderían fácilmente personas como Adam Smith, Paul Feldman y Sócrates quienes encuentran en el ser humano algo más que egoísmo, encuentra una gran teoría de los sentimientos, en la que muchas personas del común y corriente se ven reflejas sin importar raza, color, nivel socioeconómico ni educación.

Es cierto, todos tenemos la facultad de engañar, pero es preferible creer que en algún momento, por diminuto que sea, se presentara un cambio, los deportistas ganaran sin ayudas de píldoras, los empresarios no necesitaran de negocios turbios, los niños y adolescentes no necesitaran un papel que les diga que copiar en la evaluación, y los políticos por fin se preocuparan por el país; ¿ingenuidad? No importa. Prefiero creer.

Bibliografía 

Dubner, S., & Levitt, S. (2009). Freakonomics: Un economista políticamente incorrecto explora el lado oculto de lo que nos afecta (p. 336). Zeta Bolsillo

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