El papel imprescindible de los precios

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Bryham Fabian García Zarate

En una ocasión al economista Friedrich Hayek le preguntaron cuál era la tendencia más dañina que mayor afectaba económicamente a una sociedad. Sin pensárselo mucho apuntó al desconocimiento colectivo del que nace la oposición que a menudo recibe el sistema de precios (deviniendo en pasar por alto sus amplias ventajas). Aquello no fue una declaración novedosa; pues se sabía con anterioridad el “corpus” de ideas que sostiene su escuela económica (Austriaca) y la influencia que su maestro, el también economista Ludwig Von Mises, había vertido sobre él, dedicando arduos trabajos en demostrar la absoluta imposibilidad de cualquier calculo económico o eficiencia de cualquier escenario de cooperación civil siguiendo un razonamiento realista de “costo-beneficio”, sin apelar a precios naturales salidos del mercado como agentes dotados de información valiosa.

Se me viene a la mente el caso ilustrado por Mises respecto al planificador absoluto de la vida económica que en un determinado territorio con serias intenciones de llevar a cabo la construcción de un almacén de comestibles no podría decir si es una “buena” o “mala” idea. En el ejemplo el almacén estaría cercano a una zona de viviendas con personas a las que les quedaría realmente fácil conducir poco para abastecerse ahorrando tiempo en el proceso. Hasta aquí no se podría responder a la pregunta de qué tan “deseable” sería tal cambio en la vida de dichas personas sin un marco comparable de pérdidas y ganancias a falta de mercados con precios.

Dicho factor (ausencia sistema de precios) cambia mucho, pues mientras en otra situación con sistema de precios en vigencia, el constructor podría analizar la pregunta “traduciendo” los costes del proyecto estimando las ganancias percibidas como suficientes para justificar  con creces la inversión y así mismo los insumos usados para la construcción (teniendo en cuenta los precios de la madera, vidrio, acero, ladrillos, y mano de obra), el caso con el planificador central sencillamente no gozaría de tal posibilidad. Estaría perdido en el “limbo de los precios fantasmas”, sin mercados reales siquiera para saber el precio de los insumos utilizados pues todos estarían bajo su control.

No es de extrañar, por ende, que en el mundo real tales inconvenientes hubiesen sido tan evidentes que en la era Soviética muchos socialistas teóricos terminasen recurriendo vergonzosamente al “vampirismo microeconómico” utilizando los catálogos internacionales de las economías occidentales con sistema de precios, valiéndose de ello para fijar así los suyos e incluso considerar que en caso de ser exitosos en su expansión del sistema económico, quizás fuese “conveniente” dejar al menos unas cuantas zonas donde los mercados “hicieran su trabajo” a forma de guía para evitar caer en el limbo de los que las reformas de la NEP los había sacado relativamente. No obstante lo interesante del tema no termina acá.

Tampoco es novedoso que normalmente sea esperable el desconocimiento común del sistema de precios y las ventajas de su correcto entender en la población. Los precios siempre están de moda, suelen ser objetos de críticas duras en temas farmacéuticos, muy patrióticos en temas de mercados extranjeros y suelen estar de moda, pero más en épocas electorales. Siempre están gravitando alrededor de la mente promedio. Despertando pasiones y polémicas. Pocas cosas son tan mencionadas y tan poco comprendidas. Por ejemplo, se suele decir que es bueno bajar los precios, es una señal de bienestar y visto popularmente como una medida que conviene celebrar sin importar especificación alguna, pero: ¿Qué tan de cierto hay en ello?, ¿Qué pasaría si el precio del que se está hablando es su sueldo? Finalmente, pese a que pocas veces se suele definir así, los salarios son un precio más, el precio que se paga por un trabajo determinado.

Lo curioso de este acontecimiento. Lo que pasa, es que los precios bajos son a menudo percibidos buenos para quien los paga y malos para quién los cobra. Convirtiéndose así en un juego de perspectivas sin mucho análisis de fondo. Si un individuo compra una vivienda se quejará de cómo han subido. Pero cuando venda ese mismo activo claramente no le gustará que le paguen poco y de hecho es muy probable que su intención primaria de comprarla fuese hasta cierto punto revalorizar lo poseído. ¿Son  malos e inmorales los precios altos? Depende de qué lado de la orilla se éste mirando. De cualquier forma me parece determinantemente claro que la función esperable de los precios es la de ser mensajeros informativos eficaces. No es un objetivo ni una función de los precios el ser bajos ni el ser altos en Stricto sensu, todo ello responde a una incomprensión “bellamente” esparcida en la cotidianidad del consumidor común y alimentada ocasionalmente por candidatos, gremios o sindicatos económicamente irresponsables.

Para hacer más evidente lo anterior, propongo que Imaginemos al precio como un semáforo. Cuando la luz está roja de un lado de la calle nos dice a quienes venimos por la misma que no es bueno cruzar. Y a los que están en la calle donde la luz está en verde les indica que crucen. Las luces rojas y verdes no son malas en sí mismas por cumplir esta función, me parecería apropiado definir cargos “condenatorios” en este escenario. Simplemente cumplen la función de dar información para ordenar el tráfico y hacerlo fluir de forma armoniosa. Hayek decía que era la única forma posible de lograr “acceder” al conocimiento de millones de personas que podrá funcionar de acuerdo a las señales que arroje una situación específica (precios de mercado)  construyéndose así una red cooperativa amplia e impersonal que tiene como base la señalización: no se me ocurre mejor metáfora para cerrar el párrafo que la del lápiz otorgada por Milton Friedman en uno de los capítulos de su serie “Free to Choice”.

Continuando. Los precios identifican la escasez relativa de un bien o servicio en relación con su demanda. Si ahora sucediera una catástrofe en X zona del país, y el suministro de agua corriente se viera interrumpido, obviamente los precios del agua embotellada se dispararían (ley de oferta y demanda). La indignación popular acostumbrada acusara al mercado de “lucrar con su angustia” sin entender que la subida de precios es en realidad una llamada de auxilio muy potente. La subida de precios, aunque los comerciantes no lo pretendan, es lo mismo que enviar un SOS ante la escasez: los comerciantes de otras zonas del país, al ver que hay beneficio extra en vender agua embotellada en la región devastada, acuden allí esperando hacer dinero, hasta que finalmente la oferta y la demanda se equilibran y los precios vuelven a bajar eventualmente. No obstante, si dicho mecanismo se interrumpe de forma equivocada con precios máximos, los comerciantes antes que acudir a la región tendrán incentivos para alejarse o actuar como si la región estuviese en perfecta normalidad mientras se abre en ella un mercado negro, violar la ley será más atractivo antes de que tengan más pérdidas que ganancias, con lo que dará igual que los precios sean “solidarios” y bajos.

Es en este punto en que conviene recalcar el inmenso costo social que usualmente acompañan a las medidas distorsionadoras de información, tales decisiones producen impactos tremendamente dañinos a la función empresarial. La sociedad latinoamericana tiene perfectamente vivo el recuerdo de las consecuencias vividas bajo medidas de control con justificantes de consignas cargadas de “justicia social”, aquello no ha sido sino la moneda de cambio del político promedio en nuestra parte del mundo, el cual sin saber de economía (o sabiendo pero sin importarle) caía en lo que Hayek llamaba “la fatal arrogancia”, arrogancia que acompañó administraciones tan sonantes y demagógicas en las últimas décadas como la Chavista en Venezuela o la dictadura militar de Juan Velasco Alvarado en Perú; en ambos gobiernos el semáforo de precios no funcionaba porque estaba intervenido torpemente. Ambos abrazaron el credo de la “bondad” de los precios bajos (incluso si debían forzarlos a ello), el semáforo decía entonces a los consumidores “compra X bien porque es abundante”. Pero al proveedor el precio controlado le decía “no produzcas porque ganarás poco”. El resultado era un lenguaje engañoso: la gente quería comprar mucho y los proveedores querían producir poco. El resultado eran bienes básicos escasos (con miedo a ponerlos en venta a pérdida) y colas interminables.

Respecto al carácter cooperativo de los mismos, no es algo muy deducible pero son un vehículo encomiable a escenarios eficientes de óptimos paretianos. En esta cualidad se explica muy bien en su “inusual” artículo publicado en las navidades del año pasado [1] (el cual recomiendo enormemente revisar) el economista Robert Murphy cuya tesis central es el análisis de toda la “mítica productiva” de Papa Noel, bajo el enfoque del sistema de precios y sus medios para apropiarse de la información necesaria que le permiten llenar su lista de “buenos” y “malvados”. Enfoco mi atención en una parte en la que el autor pone como ejemplo una situación en la cual el ancianito mágico pudiese ponerse en contacto con los padres y sus respectivas situaciones económicas obteniendo información de una forma alternativa a la conocida (por medio de las peticiones directas a través de cartas infantiles), el ejemplo especifico y la forma en que llegan a un óptimo de Pareto es así:

“Jose pide un tren de juguete que costaría a sus padres 50 dólares si lo comprasen en una tienda, y supongamos además que los recursos necesarios para que los elfos fabriquen el tren en el Polo Norte podrían alternativamente haber sido utilizados para producir cajas de jabón en polvo que costarían un total de 60 dólares en el almacén.

En la actualidad, el modo en que trabaja Papá Noel—donde opera fuera del mercado y solo responde las cartas de los niños, ignorando las señales de los precios—obviamente le proporcionará a Johnny el tren; ningún niño desea recibir jabón en polvo la mañana de Navidad. Sin embargo, si Papá Noel y los adultos pudiesen coordinar, Papá Noel podría indicar a sus elfos que produzcan el jabón en polvo, mientras que los padres podrían adquirir el tren en la tienda. Habría 10 dólares extra en concepto de recursos liberados por esta reorganización de la producción, canalizando la producción de trenes a las fábricas humanas y la producción de jabón en polvo al Polo Norte…”

En resumen: el sistema entero de precios bien entendido, analizado con cabeza fría y ojos curiosos, resulta evidentemente útil a todo ser individual con libre albedrío para comerciar y cooperar (da igual si es humano o… un anciano bonachón inmortal como apreciamos). Pudiese parecer “monstruoso” pero esto ocurre básicamente cuando los factores involucrados en la “procreación” del precio de venta están plagados de artificialidades y distorsiones. Tal es el caso de los productos “baratos” salidos del agro en Europa a través de la PAC o los escandalosos precios de ciertos medicamentos vitales, ampliamente denunciados por economistas particulares [2], producto de un sistema de patentes aparatoso e impreciso en donde el consumidor sale perdiendo víctima de una coalición liberticida, denunciada en vida hasta el cansancio por Friedman, entre lobbistas y burócratas.

Pese a esto, los precios lejos están de ser un objetivo de canonizaciones o satanizaciones. Son un mecanismo eficiente de coordinación, organización y señalización. El precio alto es la luz roja que le indica al consumidor que la sandía del súper mercado es escasa y que es mejor modificar su canasta comprando melones o sustitutos más baratos (revalorizando en el proceso bienes sustitutos). Por el lado del proveedor, ese mismo precio muestra una luz verde. Le dice que sí importa sandías le pagarán bien, con lo cual buscará formas de obtenerlas y así satisfacer la demanda. Los precios ordenan el tráfico del mercado y crean los incentivos para mejorar el bienestar general.

Enlaces de referencia

[1] http://www.elindependent.org/articulos/article.asp?id=8620

[2] http://www.huffingtonpost.com/jeffrey-sachs/the-cure-for-gilead_b_7924300.html

Bibliografía

Alexander Nove, La Historia Económica de la URSS

Ludwig Von Mises, El Socialismo: Análisis económico y sociológico

Friedrich Hayek, Precios y producción una explicación de la crisis de las economías capitalistas

Sheldon L. Richman, Del comunismo de guerra a la NEP: El camino hasta la servidumbre.

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