Racismo racional

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Con objeto de ganar un poco de dinero fácil, algunos estudiantes de la Universidad de Virginia se inscribieron para participar en un experimento de clase ideado por los economistas Roland Fryer, Jacob Goeree y Charles Holt. El experimento parece un jueguecito divertido, pero el resultado no es en absoluto divertido, ya que el grupo de estudiantes universitarios idealistas comienza a comportarse de tal forma que provocan que se frustren y enfurezcan unos a otros.

El experimento dividió a los estudiantes en dos funciones: empresarios y trabajadores. A los trabajadores se les asignó al azar uno de dos colores: verde o morado. Encorvados sobre sus ordenadores y con acceso a una simple interfaz web, a los confiados estudiantes se les hizo pasar por tres etapas experimentales. En primer lugar, se pidió a los trabajadores que decidieran si querían gastar una específica cantidad para recibir una formación, lo que podría mejorar sus posibilidades de superar una prueba. Luego, se les sometió a la prueba en sí, en realidad una tirada al azar del dado, pero con todas las posibilidades a favor de aquellos que habían pagado para ser instruidos. Por último, estaba la decisión sobre la contratación. A cada empresario le presentaron dos datos sobre cada trabajador: el resultado de su prueba (que daba una pista sobre si había pagado o no para obtener educación, pero no lo confirmaba) y un dato fatídico: si el aspirante había sido designado al azar como verde o morado.

Con tan solo esa información, los empresarios tenían que decidir si ofrecían a cada trabajador un empleo o no. Estos tres pasos se repitieron veinte veces y, a medida que avanzaba el experimento, la interfaz web iba revelando las calificaciones medias de la prueba y los índices de contratación entre los trabajadores verdes y morados en las rondas anteriores. Ésa era una información potencialmente útil, puesto que los estudiantes que desempeñaban el papel de empresarios se les había dicho que se les recompensaría con una suma extra de dólares cada vez que contratasen a un trabajador que resultara haber sido instruido, pero que se les multaría cada vez que contratasen a uno que no lo hubiera sido.

Los estudiantes que desempeñaban el papel de trabajadores sabían que les pagarían cada vez que obtuvieran un trabajo, pero al comienzo de cada ronda debían sopesar el posible beneficio frente al coste de pagar por recibir esa formación. Así pues, ambos grupos de estudiantes (empresarios y trabajadores) estaban en una posición en la que tenían que calcular las posibilidades y arriesgarse para conseguir de los experimentadores más dinero.

¿Qué sucedió entonces? En la primera ronda, los empresarios solo prestaban atención a los resultados de las pruebas cuando debían decidir si contrataban a alguien. Su decisión de contratación era daltónica. ¿Cómo podía no serlo? El juego comenzó con una pizarra en blanco: “verde” o “morado” no transmiten ninguna información en absoluto durante la primera ronda del juego.

Sin embargo, a partir de la segunda ronda, los empresarios dispusieron de unos antecedentes con los cuales trabajar. Cuando esto ocurrió, pudo verse que más trabajadores verdes que morados se habían arriesgado a recibir formación en la primera ronda, así que las calificaciones en las pruebas de los trabajadores verdes solían ser mejores. Los colores habían sido, inicialmente, asignados al azar, de forma que ello era pura cuestión de suerte. Esto no impidió que los patrones se imaginasen que los verdes parecían estar más predispuestos a invertir en educación que los morados. De ahí que tales empleadores se volvieran, a su vez, más dispuestos a darles una oportunidad a los trabajadores verdes con una baja calificación en la prueba, y menos dispuestos a contratar trabajadores morados, aunque tuvieran calificaciones altas.

Dado que la interfaz web también revelaba los índices promedio de contratación para los verdes y para los morados en las rondas anteriores, los trabajadores respondieron con rapidez: los trabajadores verdes siguieron invirtiendo en educación; los trabajadores morados no. ¿Para qué molestarse en pagar por una educación cuando tienes menos probabilidades de que los empresarios te contraten porque eres morado? Y así se generó un círculo vicioso.

Al final del experimento, llegó la hora de la discusión en clase… y llegó a raudales la frustración. Me quedé asombrado (dijo Fryer). Los chicos estaban realmente enfadados. Los trabajadores morados decían: “No estaba invirtiendo porque de todos modos no ibas a contratarme”, y los empresarios respondían: “No te contraté porque no estabas invirtiendo”. Las asimetrías iniciales ocurrieron por casualidad, pero la gente se aferró a ellas y no permitió que desaparecieran.

Suena bastante extraño que estudiantes jóvenes e idealistas fueran tan rápidos en crear su propio estereotipo de morados vagos y verdes trabajadores, pese a no tener ninguna información previa en la cual basar su discriminación. Aún más extraño es que la manera en que terminaron comportándose fuese racional. A pesar de que la disparidad inicial fue una mera cuestión de suerte, y aunque no había ninguna diferencia sustancial entre verdes y morados, los estudiantes que desempeñaron el papel de patronos tenían toda la razón en su consideración de que era más probable que los trabajadores verdes tuvieran una mejor formación. Hilando muy fino acerca de su racionalidad, diríamos que llegaron a esa conclusión con excesiva rapidez: John von Neumann o Chris Ferguson se habían dado cuenta de que lo que parecía un precoz signo de determinado patrón de conducta, bien podría haber sido debido simplemente al azar.

La visión de los empresarios se hizo realidad cuando los trabajadores abandonaron, racionalmente, la esperanza de ser contratados y dejaron de pagar por recibir formación. Y una vez afianzada la espiral descendente, un empresario resueltamente daltónico en realidad habría perdido dinero en comparación con uno que hubiera tomado nota del color de los aspirantes. Fryer y sus colegas habían sido testigos de la aparición de la desigualdad racional, de los estereotipos, de la consideración de las personas como miembros de un grupo en vez de individuos con derechos propios, y del sistemático abandono de la esperanza por parte de los trabajadores morados. Todo esto ocurrió en un juego en el que todos comenzaron en igualdad de condiciones. ¿Cuán peores podemos esperar que sean las cosas en el mundo real, en el que nuestros puntos de partida en la vida están lejos de ser equitativos?

Nota: Esta columna es un resumen de algunas ideas expuestas en:

Harford, T. (2009). La lógica oculta de la vida: como la economía explica todas nuestras decisiones. Madrid: Ediciones Temas de Hoy.

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