La finalidad: incentivar

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Valentina Mendoza Jaimes

“El salario del vicepresidente no constituye una motivación tan grande para él mismo como para su ayudante” Ed Lazear

Si bien conocemos la palabra incentivo, sabemos que se refiere especialmente a obrar o hacer determinada cosa mejor o más rápido y en esto los economistas sí que confiamos. Nos basamos en un mercado lleno de incentivos para una mayor producción, para una mejor calidad, para una mayor venta y para todo cuanto se nos pueda maximizar en la vida. Inclusive en temas tan innatos como el amor ponemos fe en que este método puede ser el más rentable y llamativo a los ojos de la sociedad, por lo cual aseguramos, vemos el crecimiento económico en su expresión concisa y maleable.

Los incentivos siempre creemos aplicarlos para que los trabajadores se motiven y ayuden a que la empresa mejore su calidad de producto y de tal modo aumente sus ventas. Es apenas obvio que si un empleado ve que su jefe hace menos que él y gana mucho más gracias a su estudio y su experiencia, intentará y hará lo posible por mejorar en estos aspectos para luego ver la recompensa de la misma forma, cooperando a la empresa y contribuyendo con su desarrollo personal al desarrollo empresarial.

Mas en muchas ocasiones, hay incentivos que no generan los mismos frutos, como nos muestra Tim Harford, que se convierten en razones para que los trabajadores en competencia busquen perjudicar a aquel que lo supera con tal de no hacer mayor trabajo por la compañía desfavoreciendo indudablemente a la misma. Si la situación se manifiesta de tal manera, ningún trabajador intentará poner más de su parte para ganar, el ambiente laboral pierde armonía y se convierte en un campo de batalla, todos contra todos, perjudicando al cliente, al producto, a la venta y específicamente al que ideo aquel incentivo… pero, ¿cuál es la solución?  Definitivamente para eso existe la economía “el estudio de cómo la gente reacciona a los estímulos de su entorno”, para pensar que hacer, para hacer algo, para ir más allá de la observación, para mover las masas, para activar el desarrollo humano y cultural, para incitar a la tecnología, para creer en la combinación perfecta de la naturaleza, la ciencia, el entendimiento y el sentimiento, la racionalidad y el amor.

Hay incentivos en todos lados y ver con ojos de economista es verlos en cada rincón del planeta, en cada parpadeo, en cada acción. Personalmente tengo un objetivo en la vida y es hacer algo por cambiar este mundo, por eso mi comportamiento es de observador, imagino entender cada acción humana y la microeconomía es esto, cuando entiendes las acciones humanas y les das una razón, comprendes que no es nada más sino una decisión totalmente racional con respecto a la perspectiva, el entorno y demás interceptores y el mundo empieza a cobrar sentido. La maximización de la calidad de vida es el fin de la población, la calidad de vida de los familiares, de los amigos y de los conocidos continua y enseguida la de la comunidad. Desde muchos pensamientos me puedo asemejar a un Marx que cree en el capitalismo y su gran desarrollo, en un Malthus que cree que necesitamos disminuir la población y hasta en un Picketty que demuestra la irregularidad del capitalismo. Me veo y quiero que nos veamos en la labor de cambiar una idea, un pensamiento, una cultura, una meta. Veo que es posible el cambio si hacemos lo que está en nuestro deber: aumentar los incentivos, sean positivos y/u ojala negativos para no volver a ellos, hacer de nuestras mentes diferentes una parte esencial del equipo social, creer en la importancia de la riqueza y la pobreza y aumentar la primera disminuyendo la segunda. Nuestro medio es el cambio, nuestro fin un incentivo.

Bibliografía

Harford, T. (2009). La lógica oculta de la vida: como la economía explica todas nuestras decisiones (p. 347). Madrid: Ediciones Temas de Hoy.

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2 pensamientos en “La finalidad: incentivar

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