La crisis del 2008 o, por qué esconder una montaña

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Dadán Amaya Perea

Tras el estallido de la crisis financiera de 2008 o, como suele llamársele, la crisis de las hipotecas subprime, no tardaron en aparecer los análisis acerca de lo ocurrido. Siempre es fácil organizar la alineación después del partido. Así que el ver en retrospectiva permitió amplias reconstrucciones de los hechos y de sus causas. Sin embargo, muchas de estas reconstrucciones se quedaban cortas a la hora de explicar la crisis y por qué no se había podido prever. Dentro del debate dos posiciones han ocupado un papel bastante destacado: la economía racionalista y la conductual.

Cada una ha explicado a su manera la crisis. Mientras que para unos la crisis económica se debe a un fallo de mercado para los otros es la prueba de que el supuesto de que los individuos son racionales a la hora de tomar decisiones económicas no es cierta. Para estos radica en que el fallo está en la técnica dado que descuida el papel de la psicología al analizar el comportamiento de los sujetos, remplazando dicho análisis por una serie de ecuaciones matemáticas, lejos del alcance de la enorme mayoría de las personas. Para aquellos, los racionalistas, la psicología no explica nada, ya que introduce un número sin límite de variables imposibles de determinar.

Para poner un poco a tono el debate es importante señalar los errores en que incurre cada posición. Empecemos por decir que la crisis del 2008 es la demostración de que los individuos no son tan racionales como se plantea desde la ortodoxia económica; por otra parte, se equivocan muchos conductistas cuando plantean que dicha crisis no se podía anticipar o que el que la economía no la haya anticipado es testimonio de su fracaso pues, como sabemos, se había pronosticado. Poner estos dos puntos sobre la mesa es de vital importancia si se quiere esclarecer los sucesos y así, tal vez, no repetirlos, como quiera que, tras la crisis, se repitió una y otra vez que no había manera de vaticinarla, que era un rayo en cielo sereno y que antes que culpables se debía buscar soluciones.

En el 2007 el estallido de la burbuja hipotecaria era un hecho más que inminente. Numerosos estudios de prestigiosos economistas señalan cómo se había comportado la burbuja y cuáles eran sus puntos más críticos: la manera en que el comportamiento de las firmas inmobiliarias desestabilizaba el mercado, las potenciales perdidas que las permutas de incumplimiento crediticio suponían a las aseguradoras, la distorsión de los mecanismos de evaluación de riesgo por parte de las calificadoras, el comportamiento fraudulento de los bancos de inversión al fabricar derivados diseñados para aumentar sus ganancias, la obsecuencia de las autoridades para con las entidades financieras, etc. (Ferguson, 2010). Todo esto configuraba un coctel explosivo denunciado en innumerables ocasiones por especialistas a los que se desobedeció en medio del frenesí. Como si se tratara de una montaña justo en frente, la crisis asomaba por todas partes.

Podría parecer entonces que, si la crisis se pronosticó, la teoría económica ortodoxa es correcta. Si no tiene razón la economía conductual, entonces la tiene la economía racional. En consecuencia el supuesto de los individuos racionales a la hora de tomar decisiones económicas es válido. De hecho no. La burbuja de las subprime y su posterior estallido es la demostración de cómo en un contexto de euforia existen dos reacciones dentro de los participantes, unos —la gran mayoría—, inducidos por una relación desproporcionada entre expectativas y conocimiento, por un lado, y razón y emociones por el otro, incurren en decisiones poco racionales, mientras que, la minoría restante, que cuenta con posición e información privilegiada y gran poder de incidencia, logra, no solo salir indemne sino además, con grandes beneficios.

Previo a 2008 se construyó una gran pirámide legal en la que las instituciones financieras más grandes concedían préstamos para compra de vivienda a quienes no podrían pagarlos para luego, mezclados con otros préstamos, venderlos a inversionistas en todo el mundo entre los que destacaban fondos de pensiones de empleados públicos. La posibilidad de las grandes ganancias que generaba este mercado creo un frenesí que nublaba la vista de los pequeños inversores, incapaces de prever el choque inminente con la montaña de la realidad, y que beneficiaba a fundamentalmente a bancos de inversión como Goldman Sachs, Citigroup, Morgan Stanley, Merrill Lynch y Lehman Brother. Las críticas que iba despertando el sistema se minimizaban, se cuestionaban o simplemente se estigmatizaban. No muchos estaban dispuestos a oír las malas nuevas, la mayoría por falta de información y la minoría porque el esquema requería mantener la niebla que ocultaba la montaña. Del mismo modo explica Galbraith (1965), se cuestionó a los mensajeros de malas noticias durante los años 20.

El desarrollo de la crisis de las hipotecas suprime en 2008 muestra que la crisis fue pronosticada a tiempo y que no se hizo nada. Del mismo modo, demuestra que aunque la mayoría actuaba de manera irracional hay un sector que actuó con pleno conocimiento de causa y mantuvo el engaño hasta el final, por codicia, por ambición, con cinismo. No obstante, la importancia de encontrar soluciones, ubicar responsabilidades es importante cuando no se quiere repetir la hazaña.

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