Muy temprano para cantar victoria

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Dadán Amaya Perea

Al recibir el premio nobel de economía, Thomas Schelling pronunció un discurso en el que se declara, por así decirlo, satisfecho de la manera como hemos logrado superar de lejos la expectativa de vida que impuso a nuestra civilización la aparición de las armas nucleares (2006). A finales de la década del 50 —nos dice— se daba como una certeza matemática el que las confrontaciones bélicas, la geopolítica y una retórica cada vez más beligerante produjeran, en no más de diez años, una catástrofe nuclear. “El acontecimiento más impresionante del último medio siglo es uno que no ocurrió”, dice al empezar su discurso. Su teoría es bastante simple: las armas nucleares han creado un tabú en torno a sí mismas por sus alcances y su potencial de destrucción.

Su argumento rápidamente ha servido para proponer hipótesis similares en los más diversos campos. La idea es que los acontecimientos históricos van generando, por sí mismos, los mecanismos de regulación o autorregulación que nos permiten seguir adelante. Se trata de una especie de proyección a diversos terrenos de las leyes con que funciona el mercado y más concretamente de la ley de la oferta y la demanda en que estas se regulan mutuamente. Así, por ejemplo, la paz es una especie de punto de equilibrio entre la búsqueda de tranquilidad y la capacidad de defensa e intimidación con que cuentan las naciones. Se ve aquí una concepción bastante pitagórica en la que dos elementos contrarios armonizan en un resultado final que es el fenómeno (Bernhardt, 1976).

¿Podría ser que efectivamente hayamos alcanzado aquél punto equilibrio en el cual las mismas armas que podrían destruirnos, garantizan nuestra coexistencia? Más aún: ¿existe tal punto de equilibrio y, de haberlo, puede trasladarse a otros campos como el medio ambiente, la lucha contra la pobreza, etc? Este enfoque tan optimista parece no compartirlo un número significativo de personas, entre las que destacan algunas tan sobresalientes como el mismo Schelling. Uno de ellos Stephen Hawking («La destrucción de la humanidad es inevitable según Hawking», 2016, «La humanidad tiene 200 años para abandonar la Tierra», 2015), reputado científico ha protagonizado algunos titulares en los últimos meses por sus afirmaciones poco alentadoras. Según el astrofísico, fenómenos como el cambio climático, una guerra nuclear o un virus modificado son algunas de las mayores amenazas que enfrentan los seres humanos.

Por su parte, el Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (Leiva, 2014), el más importante evento científico en torno a este tema, en su quinto informe declara: “el calentamiento global es una realidad, es causado por el hombre y no estamos haciendo lo suficiente para pararlo”. El informe analiza diferentes modelos y teorías, concluyendo que los seres humanos somos los causantes del fenómeno. No poca razón asiste a Eugene Rabinowitch cuando decidió, el 26 de enero de este año, mantener el Reloj del Juicio Final marcando tres minutos para la media noche («Qué significa el Reloj del Juicio Final», 2016).

La realidad que enfrentan los seres humanos en la actualidad debido a fenómenos como el cambio climático que seguimos sin poder contener (por la incapacidad de llegar a acuerdos entre las empresas y las potencias); la creciente brecha social al interior de las sociedades tanto ricas como pobres y entre estas y aquellas; las amenazas generadas por enfermedades y una nueva escalada de la retórica belicista por parte de las potencias nucleares, recuerdan los tristes días de la guerra fría en que (por lo que a las personas de a pie respectaba) se vivía a tres minutos de un gran final.

Tal reflexión, algo dramática se dirá, inquietaba a muchas personas, entre ellas quien podría ser considerado uno de los más grandes directores en la historia del cine. En 1956 Stanley Kubrick, tras terminar de filmar, Lolita se encontraba profundamente perturbado ante la perspectiva que imponía una guerra nuclear. Dos años más tarde el director habría leído más 50 libros entre los cuales se encontraba Red Alert de Peter George. Kubrick compró los derechos de dicho libro con el propósito de hacer una película de suspense; tal era su preocupación. Sin embargo, unos años más tarde la idea de dicho guion fue sustituida por la de una comedia de humor negro. Como lo había escrito a un amigo, una de las razones para el cambio fue que, en el marco de una película de suspense, no podrían expresarse las paradojas más significativas que implicaba la guerra nuclear sin restar tensión al ambiente por lo hilarantes que resultaban a simple vista (Naylor, 2000).

El resultado de tal decisión no sólo fue una de las mejores películas de la historia sino además una reflexión profunda acerca de la manera en que nuestra sociedad ha perfeccionado un conjunto de mecanismos que nos llevan a la destrucción y la fortaleza y poco margen de falibilidad de dichos mecanismos, mientras que contamos con muy pocas salvaguardas o prácticamente ninguna aparte de la “sindéresis” de quienes han creado los mecanismos que nos destruyen.

La cinta —que en muchos aspectos difiere del libro— cuenta la historia de un general que ordena un ataque nuclear al interior de la Unión Soviética (Kubrick, 1964). El resto de la historia transcurre en un ambiente a cual más realista en el que sus personajes oscilan entre la lucidez y la demencia, entre la elocuencia y la tontería. No está por fuera del argumento de Kubrick el tabú de las armas nucleares, todos los personajes parecen ser conscientes de ello y discernir acerca de la necedad que implica una guerra mundial. Sin embargo, y aquí yace la prueba de la genialidad del director, los sucesos crean una circunstancia en la cual las fuerzas desatadas no pueden volver a controlarse. Las muchas variables que entran en juego, los temperamentos de los personajes, sus ambiciones, sus luchas internas, sus miedos y todo esto que, se combina, complicándolo todo, con una infraestructura creada para la guerra —que no da lugar a más fallos que los humanos—, conforman, entre otros, el coctel explosivo que Kubrick buscaba denunciar.

Ciertamente, Peter George, Stanley Kubrick, Eugene Rabinowitch y otros muchos se equivocaron, la Unión Soviética cayó, antes de que un general perturbado por un mal encuentro sexual, decidiera el destino del mundo en una llamada. No obstante, las armas siguen allí, los discursos vuelven a subir de tono, la guerra sigue siendo uno de los principales motores de la economía y los intereses privados su timón y el nacionalismo una tentación ante la que es muy fácil caer. Tal cosa parece mencionarla al menos de paso al final de su discurso Schelling justo antes de hacer referencia a la película de aquí mencionada.

La concepción pitagórica de los opuestos en armonía no es muy convincente. Adolece de un optimismo peligroso por cuanto que descuida que, como opuestos, estos se excluyen creando un equilibrio parcial, momentáneo y frágil, tanto más si se pierde el control de los sucesos y se cae en la inercia de la guerra, el mercado y la explotación indiscriminada de los recursos naturales a la espera de que estas mismas dinámicas generen los reguladores que nos van a proteger.

Referencias

Bernhardt, J. (1976). El pensamiento presocrático, de tales a los sofistas. En Historia de la filosofía: Ideas y doctrinas (Vol. 1, pp. 22-65). Espasa-Calpe.

Kubrick, S. (1964). Dr. Strangelove or: How I Learned to Stop Worrying and Love the Bomb.

La destrucción de la humanidad es inevitable según Hawking. (2016, enero 19). Recuperado a partir de http://www.omicrono.com/2016/01/destruccion-de-la-humanidad/

La humanidad tiene 200 años para abandonar la Tierra. (2015, febrero 26). Recuperado a partir de http://www.omicrono.com/2015/02/la-humanidad-tiene-200-anos-para-abandonar-la-tierra-segun-stephen-hawking/

Leiva, J. L. de la C. (2014). Afrontar el cambio climático retos y oportunidades. Recuperado a partir de http://www.ugt.es/Publicaciones/Informe_afrontar_cambio_climatico_retos_y_oportunidades.pdf

Naylor, D. (2000). Inside: «Dr. Strangelove or How I Learned to Stop Worrying and Love the Bomb».

Qué significa el Reloj del Juicio Final. (2016, enero 31). Recuperado a partir de http://www.omicrono.com/2016/01/que-significa-el-reloj-del-juicio-final/

Schelling, T. (2006). Sesenta años asombrosos: el legado de Hiroshima. Discurso pronunciado en el acto de entrega del premio Nobel de Economía 2005. RAE: Revista Asturiana de Economía, (35), 183–196.

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