La racionalidad humana como producto de su ego

1799

David Parra Bohórquez

Me tomaré la libertad de iniciar este escrito con las palabras de Oscar Wilde, a través del genial personaje de lord Henry Wotton: “me pregunto quién definió al hombre como animal racional. Fue la definición más prematura que se ha dado nunca. El hombre es muchas cosas, pero no racional”. Esta proposición ilustra perfectamente la crítica que en los últimos años se ha desarrollado hacia uno de los grandes pilares de la economía neoclásica y es el supuesto conductual de la racionalidad perfecta del hombre. Este supuesto aunado al principio de la competencia perfecta y al del conocimiento total de la información necesaria, proponen a un ser humano esquemático, calculador y que no solo está en la capacidad de tomar decisiones acertadas en todo momento buscando su beneficio, sino que además lo hace de forma natural.

En su afán de demostrar su superioridad y su lugar preponderante en el mundo, el hombre a lo largo de los años ha colocado en un lugar casi divino la única facultad en la que realmente se destaca sobre los demás animales: pensar. Esta facultad llevo al hombre a poder someter a la naturaleza a su voluntad, a poder dominar los recursos, a transformarlos y  a considerarse a sí mismo el dueño absoluto y el rey de este planeta. La consecuencia de esto era casi esperable, al no tener un patrón de medida que le dijera lo contrario, el raciocinio superior del hombre fue considerado no sólo la herramienta máxima con la que se puede contar, si no que se tuvo la sutileza de considerarlo perfecto.

El desarrollo de la cultura occidental propició este paradigma, aceptando la idea de un papel superior que debemos cumplir, puesto que fuimos creados a imagen y semejanza de un ser todo poderoso, quien además de darnos poder sobre los animales, nos ordenó poblar la tierra y apoderarnos de ella; de esta manera surge una visión cosmológica incompatible con la idea de un equilibrio con la naturaleza. Así, al desarrollarse la ciencia económica esta adopta dicha ideología y promulga este tan discutido supuesto, según el cual todas nuestras decisiones son tomadas de manera racional, lógica, fría y en busca de la mayor utilidad posible. Pero, ¿es realmente sorprendente descubrir la falsedad de la racionalidad humana?, ¿Cuántas veces nos hemos estrellado de frente con la realidad de haber tomado una decisión a través de un impulso momentáneo, de un sentimiento efímero y hasta de intereses opuestos a los nuestros?

Daniel Kahneman en su libro “pensar rápido, pensar despacio” expone la verdadera naturaleza con que el hombre toma sus decisiones. Kahneman habla de dos sistemas que componen nuestro pensamiento; el primero se traduce en la percepción primeriza de los sentidos, en los instintos animales heredados y en la respuesta inmediata a un estímulo, procesos mentales que se producen automáticamente y que prácticamente no requieren esfuerzo de nuestra parte. El segundo sistema se adapta a procesos más lógicos y que requieren no solo una mayor concentración de nuestra parte, sino además un raciocinio consciente de nuestra parte que permita bien sea tomar una decisión o emitir un juicio evaluativo de un estímulo externo.

Con mucho orgullo en nuestro pecho y casi como si fuera una condecoración, solemos hablar de nuestro estrecho vínculo con este último sistema (traducido en todo lo que se mencionó anteriormente de la jactación humana) pero diferentes experimentos sociales han demostrado que de hecho la mayor parte de nuestras decisiones las tomamos utilizando el sistema uno, nuestras elecciones no suelen basarse en un proceso lógico de análisis, si no en una reacción inmediata a un estímulo.

Tomamos, sin saberlo o sin quererlo, nuestras decisiones en cuestión de segundos. Esto es peligrosamente sabido por publicistas y por productores, quienes al ser conscientes de lo manipulables que llegamos a ser como consumidores, no dudan en aprovecharlo en su beneficio, lo que rompe los otros supuestos de la teoría económica clásica: el que habla de las fuerzas del mercado a través de los intereses propios para determinar los precios y el que supone un conocimiento absoluto por parte de los agentes.

De esta manera se nos abre un nuevo panorama: la información como herramienta, como arma. Para no profundizar demasiado en aspectos controversiales, simplemente diré que la información nos sirve en primera medida para romper los sesgos y las barreras a las que nos enfrentamos a la hora de decidir, a partir de ahí se abre una larga lista de posibilidades que incluye modelar los comportamientos de los demás según nuestros intereses. La falacia del raciocinio perfecto no debe entenderse como un fracaso, debe aceptarse el hecho de que la evolución no busca perfección y que por lo tanto jamás estuvo en ningún plan que nuestro cerebro lo fuera. Más bien debe aceptarse como el desafío que representa, modelar comportamientos para seres o completamente racionales es mucho más difícil que hacerlo para seres racionales, pero los avances y los cambios de paradigma que ha sufrido la ciencia económica nos demuestra que es posible, tal vez no en un futuro inmediato, pero es posible y parece que se va por buen camino.

Bibliografía

Ariely, D. (2008). Las trampas del deseo. Cómo controlar los impulsos irracionales que nos llevan al error  Barcelona: Ariel.

Kahneman D. (2011) Pensar rápido, pensar despacio. Debate.

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