¿Engañados y controlados? Juguemos al hombre, el ratón y la trampera

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Eliana Yulieth Rios Peña

La elección entre una u otra opción sí que resulta en ocasiones compleja. Queremos además de sentirnos satisfechos luego de tomar determinada decisión ser punto de observación y hasta de envidia para aquellos que nos rodean. El querer sobresalir hace parte de la esencia del ser humano. Es esta característica la que en muchas ocasiones nos desvía del verdadero objetivo a la hora de tomar una decisión, pues más allá de la satisfacción que X o Y cosa nos pueda generar, buscamos que dicha cosa sea aprobada y envidiada.

Generalmente actuamos en base a comparaciones apresuradas e irracionales siendo manipulados bien sea por el mercado, u otros consumidores. Pues la satisfacción que ofrece el posicionarse en un nivel superior a otros, es la que en muchas ocasiones nos hace proceder de una u otra manera. Consideramos el hecho que, a diferencia de otros seres pertenecemos al gran mundo de la racionalidad y en ocasiones hasta nos jactamos de dicha capacidad. Sin embargo, constantemente actuamos de formas extrañas que hacen cuestionable nuestra racionalidad.

Ejemplo de esto se halla en el primer capítulo del libro “Las trampas del deseo” escrito por Dan Ariely, cuando expone el hecho en el que ante la elección de tres alternativas en las que dos sean normales y la otra sea la versión inferior de una de esa normales (titulada por Ariely como el señuelo), como consumidor estaríamos mayormente inclinados a escoger aquella normal que presenta una similar inferior porque podríamos realizar una comparación y prácticamente desecharíamos la otra opción normal, que quizá sería tan buena pero de la cual no tenemos punto de comparación. En fin último, se actuaría bajo una conducta estimada racionable por el consumidor, pero que en realidad es poco racional.

Además, sin saberlo, ingenuamente incurrimos en un juego que llamaré el hombre, el ratón y la trampera. En el que el hombre será el mercado, el ratón el consumidor (en este caso nosotros), y la trampera será aquella opción que elegiremos. Sin notarlo, hay un instrumento más en este juego, ese pedacito de queso puesto al ratón para atraparlo que en ultimas no será más que aquel señuelo puesto para que escojamos la opción predispuesta a ser elegida. Entonces, el mercado se dispone ante nuestros ojos haciéndonos parecer los dueños del mundo, los chachos y quienes tienen el poder. La verdad es otra, todo ya está dispuesto de manera tal, que haremos específicamente lo que él quiere que hagamos. Así, finalmente creemos haber elegido por autonomía propia, pero en realidad sin notarlo caeremos en la trampa. Y como el buen ratoncito quien va directo a la trampa preparada por el hombre en busca de su quesito, nos hallamos en un entorno predispuesto a ser atrapados por el señuelo que ya el mercado nos ha puesto.

Por si fuese poco, los seres humanos generalmente elegimos sin saber a ciencia cierta lo que queremos, creemos que algo es mejor y necesario cuando lo vemos en otro. Nos entusiasma la idea de mostrar que también podemos conseguir lo que otro tiene, hasta creamos una idea loca de que realmente lo necesitamos aunque no sea del todo así. Actuamos bajo la relatividad. Observamos y juzgamos las cosas en relación con otras, en base a ello emitimos un juicio de valor, y finalmente decidimos.

La apropiación de la relatividad es tan desmesurada que incluso ella nos ayuda o nos impulsa a tomar decisiones que en ocasiones nos generan dicha, pero que en otras nos pueden hacer totalmente infortunados. Y es que como dice Ariely, comparar nuestra suerte en la vida con la de otros genera celos y envidia. Esa envidia que en un principio hablábamos de hacerle sentir al otro, en ocasiones retorna y desgraciadamente viene acompañada del mismo sentimiento que pudimos causar en otro, desdicha y dolor. Es indiscutible, hay envidia de por medio, y es por ella que en muchas oportunidades escogemos. Una opción hace mayormente feliz al ser humano siempre que le represente exaltación entre otros seres, pues siempre será mejor ser envidiado, que envidiar.

Bibliografía

Ariely, D. (2008). Las trampas del deseo. Cómo controlar los impulsos irracionales que nos llevan al error. Barcelona: Ariel.
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