El poder de la relatividad en la vida humana

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Marlyn Tatiana Trujillo Lagos

¿Cada uno de los momentos, pasos o decisiones que se toman en la vida son únicamente por voluntad propia? ¿Es posible que desde el mismo momento de nuestro nacimiento, según un pensamiento propio, decidamos cual será nuestro rumbo durante la vida o a que nos dedicaremos en el transcurso de ella? Los comportamientos humanos con el paso de los años han demostrado lo contrario y muchas de las ya establecidas teorías de la relatividad lo confirman, dentro de éstas, el inicio de la obra de Dan Ariely “Las trampas del deseo” en su primer capítulo “La verdad de la relatividad”, en donde según el autor: “los seres humanos raramente eligen las cosas en términos absolutos. No tenemos un medidor de valor interno que nos diga cuánto valen las cosas. Lejos de ello, nos fijamos en la ventaja relativa de una cosa en relación con otra” (Ariely, 2008). En otras palabras, desde mi nacimiento, estoy atado a decisiones colectivas que se evidencian en los mismos resultados de los individuos en sus respectivos comportamientos.

Dentro de este contexto, ¿sería acertado asegurar que cada decisión sobre mi vida profesional, personal y/o académica ha estado orientada simplemente por gustos propios? ¿He escogido la carrera que siempre he querido, o involuntariamente bajo comportamientos ajenos o situaciones de efecto señuelo, identifiqué mi carrera como la indicada para mi vida? Pues bien, la mayoría de los individuos no saben lo que quieren hasta identificar oportunidades o amenazas dentro de su contexto. Así pues, identificaremos nuestras posibles decisiones hasta el momento en el que encontremos comportamientos similares en otra persona y de esta forma, creeremos bajo nuestros instintos de relatividad, que debemos estar haciendo lo mismo. Esta teoría nos desconsuela a muchos que creíamos que lo que hacíamos en un presente podría estar inclinado hacia nosotros desde pequeños, que venía en nuestra sangre o que habíamos nacido para esto. No obstante, la cruel realidad del comportamiento humano nos dice: NO, cada decisión tomada se hace únicamente en relación a la decisión tomada por muchas personas a mi alrededor.

De esta forma, la relatividad ha estado presente en la vida de la cada individuo, ayudándole sin duda a tomar decisiones en la vida: ¿Qué estudiaré?, ¿Dónde viviré?, ¿En qué trabajaré? y hasta actividades diarias como la decisión de ¿Qué comer? Sin embargo, no debemos olvidar que la relatividad, aunque es un fuerte imán de decisión, no será la única opción a la hora de elegir; los recursos y las posibilidades de realizarlo también limitaran cada decisión tomada. Así pues, esta misma atracción hacia decisiones colectivas por parte del ser humano también puede causarnos desgracia, tristeza o preocupación, a causa de la comparación que en cada momento antes de tomar decisiones, realizamos con otro individuo de nuestro espacio. “Ese es el problema de la relatividad: consideramos nuestras decisiones de forma relativa, y las comparamos a escala local según las alternativas disponibles” (Ariely, 2008).

Entonces, ¿Por qué elegimos estudiar carreras como Medicina, Ingeniería Civil, Enfermería, Economía, entre otras? Por la sencilla razón de suponer, en relación a comportamientos o experiencias ajenas, que nosotros queremos o debemos hacer lo mismo. Esta podría ser una explicación racional de porque desfallecen en el intento gran parte de los estudiantes universitarios, puesto que la relatividad no estuvo a su favor y los impulsos generados de tal decisión no fueron los indicados dentro de su vida. En estos momentos, podríamos detenernos, pensar y darnos cuenta que cada decisión que hemos podido tomar en nuestras vidas, siempre han sido tomadas bajo estímulos colectivos de bienestar, creyendo en mi yo interior, que si el éxito está con mi vecino que trabaja en zapatería, estará conmigo si hago lo mismo.

Romper la relatividad es posible, claro está. Sin embargo, estamos en un espacio en donde la competencia y la búsqueda de un bienestar individual nos llevan a buscar soluciones que vemos realizadas en otras personas. Así pues, podremos asegurar que la conducta humana siempre se fundará en tal comportamiento relativo. Desde el modo de caminar, hablar o vestirnos, hasta la vital decisión de saber que haré en el transcurso de mi vida. En concreto, tan ligada están nuestras decisiones de los otros que hasta la búsqueda de la felicidad creemos conseguirla por medio de las decisiones que otros han tomado y aunque es un comportamiento muy general del ser humano, no debemos negar que cada uno de nosotros, ha estado movido por esta extraña atracción colectiva del comportamiento humano.

Referencias bibliográficas

Ariely, D. (2008). Las trampas del deseo. Cómo controlar los impulsos irracionales que nos llevan al error (p. 282). Barcelona: Ariel.
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