¿Es mi yo sombrío mi camino a la felicidad?

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Yesica Tatiana Rodríguez Torres

Sin duda alguna se puede decir que, la diferencia entre el ser humano y los animales es la racionalidad, que nos permite actuar de manera correcta y lógica en la vida social. Pero, si fuéramos totalmente racionales, ¿sería necesario el establecimiento de normas de conducta? Claramente no, esa parte que nos convierte en seres humanos, en “seres superiores” está sujeta a supuestos y situaciones. En cierto punto se puede considerar que nos podemos dejar llevar por instintos naturales que para nosotros son las emociones, para lograr sentirnos plenos y felices. Sin embargo, para la economía y ciertas ciencias sociales, la racionalidad y la felicidad están relacionadas directamente. Para Aristóteles, por ejemplo, la felicidad perfecta consistía en la actividad racional, dado que la razón es lo más valioso para los humanos y es lo que proporciona esta felicidad perfecta (Martínez, 2002). Sin embargo, esta noción se pone en duda, en vista de que el ser humano no es sabio por naturaleza, le cuesta razonar y de vez en cuando hasta le molesta hacerlo.

De tal manera que la felicidad no depende para el ser humano únicamente de ser sabio, sino también de que sea agradable para él serlo. Según Ariely (2008) “cada uno de nosotros alberga un yo sombrío, un , un bruto que puede arrebatarle el control al super-yo de manera imprevisible”. Pero si dejarse llevar por ese yo sombrío nos hace felices: ¿Sería eso entonces ser irracional? Aunque, el autor se refiere a la manera cómo actúa el ser humano en momentos en los cuales predomina la pasión y las emociones, ese yo sombrío también se puede convertir en el que nos lleve por el camino no muy correcto hacia la felicidad, que según entiendo es relativa.

En palabras más claras, dejarse llevar por las emociones y no comportarse de acorde a las normas sociales, para algunos puede ser su felicidad perfecta. Consideremos entonces un individuo que se comporta de acorde a las leyes, es totalmente racional en su actuar, pero, sus sentimientos y condiciones de vida no le permiten tener la felicidad absoluta, si bien en cierto que, “todos nos quedamos cortos a la hora de predecir hasta qué punto dejarnos llevar por las pasiones niega completamente nuestro super-yo” (Ariely, 2008). Negar ese super-yo  sería irracional, pero nos daría felicidad en ciertas ocasiones o puede que sea racional para mi comportarme acorde a mis emociones. En dichos casos como la felicidad es relativa ¿la racionalidad también es relativa? No creo que esto sea posible, ya que la racionalidad responde a un proceso lógico, un comportamiento adecuado que nos diferencia de los animales y que es aprobado por la sociedad, llevándonos a que pueda triunfar nuestro super-yo.

En ese sentido, la felicidad estaría sujeta a lo que perciba las demás personas de mí actuar, de mi correcto razonar, es decir, en cómo me vea el mundo. Me sustento entonces en la idea de que somos seres sociales que nos importa la concepción que tiene la sociedad sobre nosotros, para decir que nuestra felicidad puede estar directamente relacionada con la racionalidad, en vista de que nuestra conducta acorde y correcta regida por las normas sociales, es la que nos hace ver ser admitidos dentro de la sociedad y poder actuar de esta manera solo es posible si somos racionales. En últimas, puedo decir que para Ariely, como para Aristóteles, la razón es determinante en la vida del hombre, para el primero logra que se comporte adecuadamente y para el segundo es la causa de su felicidad, de manera que no veo errónea la idea de interpretar los dos conceptos como la vía que puede llevarnos al objetivo final de la vida humana, la felicidad.

Sin embargo, existe la condición de que todos queramos ser parte de esa sociedad y nos afecte la percepción de los demás sobre nuestro actuar. ¿Qué pasa entonces si esto no es así? Si actuamos de manera egoísta y vamos simplemente siendo unos locos por la vida, haciendo lo que nos plazca y nos haga felices. Es claro que este tipo de conducta es castigado y puede traer graves repercusiones sobre quienes la practican, pero si estamos lo suficientemente dementes, esto es lo último que nos importa, creo yo. En ese contexto, estaríamos actuando irracionalmente, porque nos dejamos llevar por nuestras emociones, pero puede que logremos nuestra felicidad perfecta liberando ese yo sombrío y retando al super-yo.

Referencias

Ariely, D. (2008). Las trampas del deseo. Cómo controlar los impulsos irracionales que nos llevan al error. Barcelona: Ariel

Martínez, P. (2002). La limitada racionalidad humana. Revista Interdisciplinar de Filosofía, 7, p. 101-114. Recuperado de https://dialnet.unirioja.es/descarga/articulo/792829.pdf
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