La especulación inmobiliaria en Colombia: el juego que nunca ganaremos

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Yeni Katerine Mariño Pabón

“Todo hombre [y mujer]… vive de intercambio, o se convierte en cierta medida en mercader, y la propia sociedad se desarrolla para llegar a ser lo que es propiamente una sociedad comercial” Adam Smith

Dan Ariely es un profesor de la Universidad de Duke comprometido académicamente con la economía conductual. En su libro, Las Trampas del Deseo, increpa a los lectores a la pregunta: ¿Cómo controlar los impulsos irracionales que nos llevan al error? Surge una reflexión, ¿Todos los impulsos irracionales siempre llevan a un error? ¿Las reacciones irracionales el cuerpo humano está en la capacidad de controlarlas? La pregunta que aquí se formula es nada más ni nada menos el fundamento de las decisiones humanas.

Al nacer, se crece con la idea de valorar lo poco o mucho que se tiene; en tanto a bienes materiales como a los seres queridos que nos rodean, esto heredado por las costumbres familiares que tienen origen en la religión. A su vez, estos hábitos que traspasan generaciones nos imparten la idea de valorar o comprar un techo en dónde vivir, aquel lugar que lleve a la tranquilidad y seguridad que por derecho fundamental consagra la Constitución Política de Colombia. Es ahí, cuando los colombianos por satisfacer esta necesidad y por generar un activo para la familia empiezan la tarea de buscar un lugar por habitar y en donde vivirá las experiencias que enriquecerá su vida o porque también desea buscar independencia familiar o desea salir del hacinamiento que vive su hogar.

En Colombia, el mercado inmobiliario atraviesa por lo que algunos economistas han denominado “la especulación inmobiliaria”, que se explica en la preocupación latente del comprador, ya que es un fenómeno que se refleja en un aumento continuo en los precios de vivienda nueva y en una mayor oferta que se percibe en la zona urbana. El 12,4% de los hogares vive en condiciones de hacinamiento. De estos, según el Dane, una quinta parte presenta déficit de vivienda, de los cuales 7,5% (773 mil hogares) corresponden a déficit cuantitativo y 11,7% (1,2 millones de hogares) a déficit cualitativo. Es decir, para la población de los estratos bajos su restricción presupuestaría no les alcanzaría ni para los bultos de cemento, pues todo esto hace parte de una cadena de valor que se aleja de la canasta de bienes de los pobres.

Ariely en la sección 7 de su libro: “El alto precio de la propiedad” habla de esta problemática y sostendría que los propietarios crean una fuerte relación material y sentimental con su área, y en consecuencia se observa los altos precios de la vivienda. Esta afirmación se queda corta ante la realidad. La burbuja inmobiliaria es un incremento excesivo e injustificado de los bienes raíces en este caso, provocado por la especulación. ¿Pero quién hace la especulación? ¿Las personas mayores de 70 años que se aferran a los recuerdos que no volverán o el sistema financiero internacional? Las actividades financieras que se realizan en las bolsas de valores del mundo son en su mayoría transacciones especulativas, es decir provienen de actividades no productivas. Cuando no hay crisis y caída de precios los inversionistas de bolsa, encuentran en la especulación el medio más rentable. Los dineros exorbitantes encuentran asilo en el suelo, debido a que el comportamiento de los precios de la tierra es contrario al resto de la economía. Al introducir los mercados de capitales, se aumenta la demanda y por eso mismo el precio de la vivienda, es así como el comprador se encuentra en la situación que su terreno vale más que en la ocasión que lo compro, consigue ganancias sin costos de producción.

El negocio consiste en comprar un terreno a muy bajo costo, que en muchos casos no es un terreno si no áreas estratégicas de la ciudad, se convierten en monopolios de la región, designan un precio que aumente exageradamente su capital y se aprovechan de la escasez del suelo para que el comprador que necesita una vivienda no le quede más remedio que comprarla, en cadena con altas tasas de interés de los préstamos de los bancos, amigos o muchas veces los que compraron los terrenos en el territorio.

No está mal que se gane dinero por la venta de vivienda, pues corresponde a una actividad económica. Lo que me parece perverso es que se niegue el acceso a los colombianos a poseer una vivienda digna, a que se eleve el precio del arriendo, a que se pierdan casas por culpa de las enormes deudas con los bancos comerciales y sobre todo aumentar la pobreza de los ciudadanos por un fenómeno llamado especulación de pleno siglo XXI, que ha generado la pérdida de activos de la clase alta, media y baja como en el caso de Interbolsa, sin una institución que regule, intervenga y asista a estas empresas. Los dueños de nuestros suelos, a diferencia de lo que sostiene Ariely, no se relacionan sentimentalmente con él; por el contrario, establecen una relación plenamente comercial que el mismo autor estaría de acuerdo pues son los dueños del juego, ponen las reglas, no generan información completa, ni muchos menos simultaneidad. No obstante, decidimos jugarlo donde se desconoce que los mayores pagos siempre lo obtendrán ellos y no poseemos incentivos para desviarnos.

Bibliografía

Ariely, D. (2008). Las trampas del deseo. Cómo controlar los impulsos irracionales que nos llevan al error (p. 282). Barcelona: Ariel.
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2 pensamientos en “La especulación inmobiliaria en Colombia: el juego que nunca ganaremos

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