¿Por la plata baila el perro?

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Silvia Juliana Pabón Gamboa

Cada vez que oímos este dicho por la calle se pone en cuestionamiento nuestra bondad de actuar por simple generosidad y demuestra que nuestra única motivación en la vida es el dinero y todo lo que esté relacionado con él. Como seres humanos racionales que se supone somos, seriamos capaces de lo que sea cuando le ponen unos cuantos ceros a determinada petición. Esto según la teoría económica convencional sería un comportamiento normal dentro de lo que nos identifica como humanos. ¿Pero dónde queda ese sentido de solidaridad con el otro?, ¿Será que solo sucede en los cuentos de hadas? Pues bien, Dan Ariely (2008) afirma que vivimos simultáneamente en dos mundos distintos en donde predominan las normas sociales, aquellas que nos sensibilizan y nos permiten pensar en el otro, y las normas mercantiles, en donde son claros los beneficios e intercambios que se obtienen por una acción determinada y nuestra mente solo actúa en torno a cifras.

Es cierto que nuestro mundo gira en torno a los incentivos, no actuamos por simple instinto porque siempre existe ese “algo” que motiva al comportamiento humano. Sin embargo, como se afirmó anteriormente, estos incentivos no necesariamente tienen que ser monetarios y aunque parezca curioso en ocasiones el dinero puede ser el inicio de una gran discusión; el dinero no todo lo puede comprar como la amistad verdadera. Para poder entender un poco esto de las normas sociales y mercantiles expondré un escenario que pretende aclarar el tema: Suponga que su mejor amigo esta despechado porque la novia de toda la vida decidió dar por terminada la relación; él, desconsolado le pide que si se pueden ver porque necesita desahogarse, a lo que usted obviamente accede cuantas veces su amigo lo necesite. Pero suponga en vez de eso que su amigo le ofrece dinero para que usted le de consejos, ¿qué pasaría en este caso? Muy seguramente usted se indignará y le reprochará el hecho de que esté comprando su amistad como si fuese una persona interesada. En casos como estos la norma social prevalece y el hecho de pretender insertar el dinero como medio de intercambio, es decir, de imponer una norma mercantil a través de un consejo por dinero, genera disgustos y tensiones.

Aunque nos cueste creerlo, dentro de nosotros existe un yo interior que está dispuesto a actuar por cortesía y solidaridad con el otro siempre y cuando previamente no nos hayan hecho una oferta de dinero por muy poco representativa que ésta sea; pues tal como lo afirma Ariely (2008) una vez que se consideren las normas mercantiles, las normas sociales quedan anuladas de nuestra mente. Tratemos de entender esto con un ejemplo nuevamente: usted está haciendo una larga fila en el banco y la persona de atrás le pide que por favor le cuide el puesto por unos instantes mientras él hace otra diligencia; a lo que usted con una alta probabilidad no se negaría. Una semana después vuelve a hacer una fila interminable y esta vez la persona de enfrente le pide cortésmente que le cuide el puesto y que a cambio él le dará x cantidad de dinero por hacerle el favor, ante lo cual usted no se niega porque unos pesitos de más no le caen mal a nadie. De acuerdo a esto, en una tercera ocasión que le vuelva a ocurrir lo mismo ya usted no lo hace por caridad porque anteriormente ya ofrecieron dinero, es decir, ahora su mente le pondrá precio a lo que empezó siendo un simple favor.

De acuerdo a todo lo anterior, es clara la importancia de la existencia de estas normas en nuestra vida cotidiana; pues como vimos hasta en situaciones tan simples como un consejo a un amigo o una fila en un banco podemos ver su presencia. Aquí lo que hay que resaltar es que actualmente el mundo pretende cuantificar hasta lo incuantificable, quiere ponerle precio hasta a lo más simple con el pensamiento de que eso es lo único que nos mueve a ser más productivos; pero la realidad es otra y nos demuestra que si podemos actuar por mera solidaridad. Ante esto queda claro que por la plata si baila el perro pero no en todos los casos; depende de factores externos de si este decide bailar o no; y no es que sea malo que baile pero es preferible que baile por voluntad propia; bajo esta metáfora, bailaría usted en las circunstancias aquí expuestas?

Bibliografía

Ariely, D. (2008). Las trampas del deseo. Cómo controlar los impulsos irracionales que nos llevan al error (p. 282). Barcelona: Ariel.
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