El general en su laberinto

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El general durmió hasta más tarde que de costumbre. No lo despertaron los pájaros en el huerto vecino ni las campanas de la iglesia y José Palacios se inclinó varias veces sobre la hamaca para sentir si respiraba. Cuando abrió los ojos eran más de las ocho y había empezado el calor.

<<Sábado 16 de octubre>> dijo José Palacios. << Día de santa Margarita Alacoque>>.

El general se levantó de la hamaca y contempló por la ventana la plaza solitaria y polvorienta, la iglesia de muros descascarados, y un pleito de gallinazos por las piltrafas de un perro muerto. La crudeza de los primeros soles anunciaba un día sofocante.

<<Vámonos de aquí, volando>> dijo el general. <>.

José Palacios se estremeció. Había vivido ese instante en otro lugar y otro tiempo, y el general estaba idéntico a entonces, descalzo en los ladrillos crudos del piso, con los calzoncillos y el gorro de dormir en la cabeza rapada. Era un antiguo sueño repetido en la realidad.

<>, dijo José Palacios, y agregó con una precisión deliberada: <>.

El general Manuel Piar, un mulato duro de Curazao, de treinta y cinco años y con tantas glorias como el que más en las milicias patriotas, había puesto a prueba la autoridad del general, cuando el ejército libertador requería como nunca de sus fuerzas unidas para frenar los ímpetus de Morillo.

Piar convocaba negros, mulatos y zambos y a todos los desvalidos de país, contra la aristocracia blanca de Caracas encarnada por el general. Su popularidad y su aura mesiánica eran sólo comparables con las de José Antonio Páez, o a las de Boves, el realista, y estaba impresionando en favor suyo a algunos oficiales blancos del ejército libertador.

El general había agotado con él sus artes de persuasión. Arrestado por orden suya, Piar fue conducido a Angostura, la capital provisoria donde el general se había hecho fuerte con sus oficiales cercanos, entre ellos varios de los que habrían de acompañarlo en su viaje final por el río Magdalena. Un consejo de guerra nombrado por el con militares amigos de Piar hizole juicio sumario. José María Carreño actuó como vocal. El defensor de oficio no tuvo que mentir para exaltar a Piar como uno de los varones esclarecidos de la lucha contra el poder español. Fue declarado culpable de deserción, insurrección y traición y condenado a la pena de muerte con pérdida de sus títulos militares.

Conociendo sus méritos no se creía posible que la sentencia fuera confirmada por el general, y menos en un momento en que Morillo había recuperado varias provincias y era tan baja la moral de los patriotas que se temía por la desbandada. El general recibió presiones de toda índole, escuchó con amabilidad el parecer de sus amigos más próximos, Brinceño Méndez entre ellos, pero su determinación fue inapelable. Revocó la pena de degradación y confirmó la de fusilamiento, agravada con la orden de que éste fuera en espectáculo público.

Fue la noche interminable en que todo lo malo pudo ocurrir. El 16 de octubre, a las cinco de la tarde, la sentencia se cumplió bajo el sol desalmado de la plaza mayor de angostura, la cuidad que el mismo Piar había arrebatado seis meses antes a los españoles. El jefe de pelotón había hecho recoger las sobras de un perro muerto que se estaban comiendo los gallinazos, y cerró las entradas para impedir que los animales sueltos pudieran perturbar la dignidad de la ejecución. Le negó a piar el último honor de dar la orden de fuego al pelotón y le vendó los ojos a la fuerza, pero no pudo impedir que se despidiera del mundo con un beso al crucifico y un adiós a la bandera.

El general se había negado a presenciar la ejecución. El único que estaba con él en su casa era José Palacios, y este lo vio luchando por reprimir las lágrimas cuando oyó la descarga. En la proclama con que informó a las tropas, dijo: <>. Por el resto de su vida había de repetir que fue una exigencia política que salvó al país, persuadió a los rebeldes y evitó la guerra civil. En todo caso fue el acto de poder más feroz de su vida, pero también el más oportuno, con el cual consolidó de inmediato su autoridad, unificó el mando y despejó el camino de su gloria.

Trece años después en la villa de Soledad, ni siquiera pareció darse cuenta de que había sido víctima de un desvarío del tiempo. Siguió contemplando la plaza hasta que la atravesó una anciana en harapos con un burro cargado de cocos para vender el agua, y su sombra espantó a los gallinazos. Entonces volvió a la hamaca con un suspiro de alivio, y sin que nadie se lo preguntara dio la respuesta que José Palacios había querido conocer desde la trágica noche de Angostura. <<Volvería a hacerlo>>, dijo.

Nota: Este texto fue tomado de: García, G. (1989). El general en su laberinto.
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