La felicidad, el bien más escaso

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Diego Fonseca Villanueva

La economía podría considerarse una ciencia joven (teniendo en cuenta que sus estudios comenzaron mucho después que los de la mayoría de las ciencias), que ha estado presente en todos y cada uno de los acontecimientos de la raza humana, desde el principio, cuando la gente tenía que cazar o realizar cualquier actividad para suplir sus necesidades hasta llegar a conquistar nuestro diario vivir. La principal herramienta que genera el estudio económico y por la cual existe dicha ciencia es la escasez. Se denomina escasez a la falta de una mercancía, o dicho de otro modo, cuando un recurso o bien es inferior en cantidad al de los individuos que lo necesitan.

El mercado viene definido por todas las personas que compran y venden una mercancía. Tim Harford en su libro “El economista camuflado” nos muestra cómo influye la escasez en cada uno de los mercados, desde las cafeterías de Starbucks hasta los empleos de los inmigrantes en Estados Unidos. El utiliza una teoría escrita por David Ricardo en 1817 donde nos muestra que todos los mercados por grandes o pequeños que sean dependen de la escasez y la competencia; es decir, la forma de manejar la escasez para generar ganancias sobre cualquier tipo de mercancía. Si no existiera la escasez, si todo fuera infinito, o al menos abundante, simplemente la vida tendría un sentido totalmente distinto al que conocemos hoy y experimentaríamos una forma radicalmente distinta de organizar nuestra sociedad, sería como una ciudad de “jauja” pues no habrían incentivos para esforzarnos por algo que ya tenemos.

En ese sentido se nos muestra un ejemplo típico clásico, que surge creado para comprender qué le había sucedido a la economía británica durante las entonces recientes guerras napoleónicas. Consistía en un joven agricultor que llegaba a una tierra donde habían muchos terratenientes propietarios de tierras fértiles para el cultivo de trigo. Al principio no había escasez de tierras, por lo tanto los precios del alquiler serian bajos para el joven. Con el tiempo empezaban a llegar más agricultores hasta que ya no habían tierras disponibles, luego seguirían llegando agricultores dispuestos a pagar más por las mismas tierras, pues se daban cuenta que era rentable alquilarlas para su producción. Los que no pagaran dicho arrendamiento se verían obligados a buscar un lugar más económico e ir a cultivar en los montes bajos donde la tierra era menos fértil o a las praderas en donde era aún menos fértil. A medida que llegaban más agricultores iba creciendo el mercado de los terrenos fértiles y se encontraba otro principio básico de la economía para los agricultores que no podían acceder a las mejores tierras, “elegir la mejor opción dentro de las que tengo disponibles” dando acceso a los pequeños agricultores a las tierras menos productivas y a los que tenían mayor capacidad para pagar precios más altos por su arrendamiento las tierras más fértiles.

Este método aun es usado hoy en día para entender gran parte del comportamiento de los mercados, al igual que en el de las tierras no había escasez y todo estaba normal, no había mercado pero a medida que empezaron llegar agricultores se generó escasez y fue creciendo hasta formar uno muy estable y organizado. Tim Hartford muestra que este ejemplo puede ser comparado con cualquier tipo de mercancía distribuida y analizar todo tipo de mercados, pues a medida que se va generando escasez los precios van a aumentar debido al gran aumento de su demanda, llevando a muchos consumidores a buscar ofertas alternativas para satisfacer su necesidad. ¿En la vida cotidiana podrían existir mercados con cualquier tipo de mercancía? ¿Podría considerarse mercancía a los sentimientos? ¿La felicidad es escaza?

Llevándolo a un contexto menos económico, que puede considerarse como mercado teniendo en cuenta lo expuesto anteriormente y tomando como una necesidad a la felicidad en sí. En la vida del ser humano parece ser que la escasez es el factor fundamental que rige nuestra vida y por el cual se mueve toda la sociedad. Nuestro pensamiento nos lleva siempre a pensar y a “querer lo que no poseemos”. Por ejemplo el empresario va a trabajar para conseguir dinero, que hoy día aunque suene cruel, se traduce como bienestar, tanto para él como para su familia. Lo mismo pasa con el carnicero o el panadero, el político o hasta el mendigo, pareciera que bienestar es igual a dinero, este bienestar trae “felicidad”, pero realmente no es felicidad, solo es una sensación de satisfacción momentánea que produce tener lo que creemos nos satisface, o conseguir el dinero para darnos “gustos”.

Dicha felicidad es la mercancía por así decirlo más escasa que existe en el mundo, es como una búsqueda inalcanzable que realiza el hombre y cree que en el momento en que la consiga, su vida va a tener por fin abundancia; o podríamos traducirlo como tranquilidad, o al menos eso es lo que cree la sociedad actual. Pero no el tipo de felicidad que nos genera el dinero, esta nunca se conseguirá pues siempre será momentánea y estaríamos en un círculo vicioso por conseguir más y más, y como lo dije en un principio este ejemplo es tomado como un mercado y en todo mercado las mercancías escasean, y cada vez es más difícil conseguirla. Me refiero a la felicidad real, a la que muy contadas personas han logrado tener acceso en nuestra raza, esa tranquilidad no generada por conseguir dinero sino por saber que somos útiles e importantes para alguien en la sociedad, esta sensación de satisfacción al ayudar a alguien, al estar tranquilo y en paz con uno mismo, esta es realmente la búsqueda inalcanzable que podríamos hacer accesible y a la cual no muchos aspiran, pero tal vez esta felicidad no exista, depende de cada persona y de lo que esta esté dispuesta a hacer para conseguirla, teniendo en cuenta que como en los mercados, en el momento en que la consigamos va a empezar a escasear y vamos a emprender de nuevo nuestra gran búsqueda al igual que en el ejemplo de David Ricardo. Cada vez se va a tornar más difícil encontrarla y poder acceder a ella, pues aunque no es un recurso limitado, al ritmo que vamos, podríamos decir, escasea radicalmente.

Referencias

Harford, T. (2001). El economista camuflado. La economía de las pequeñas cosas (p. 344). Grupo Planeta.
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