Formación o adiestramiento

2208

John Carlos Pabón Mantilla

“Si la política económica estuviera en función de las necesidades de la sociedad y de la dignidad del hombre, y no de la codicia de los inversionistas, otro sería su cantar”. Héctor Fernando López

Los propósitos de la educación han devenido en decadencia, puesto que han establecido una relación muy estrecha con los valores de la sociedad moderna, incluso llegando a desaparecer la diferencia entre la producción de cualquier bien (o servicio) y la producción de entes graduados de los cursos, pregrados y posgrados de las universidades públicas y privadas.

La técnica logró absorber nuestra capacidad de pensar y de asombrarnos, y por supuesto, deja perplejo a los estudiantes que ven en la educación un medio y no un fin. El establecimiento del método cartesiano, y su desarrollo desde la victoria de la “razón” ha olvidado lo que Heidegger llamaría la pregunta por el Ser. Lo que importa es llegar a descubrir las leyes de funcionamiento del mundo y no la interpretación de las realidades del mismo, o por lo menos acercarse al entendimiento de estas.

La educación moderna se fundamenta en una metafísica que expresa al Yo frente a su objeto de estudio: la naturaleza y la historia, y en él caben todas ciencias, incluso las llamadas ciencias humanas, para las que el ser se trasforma en ente y el hombre se convierte en un recurso (al igual que todos los elementos de la naturaleza) por tanto los medios con los que medimos llevan a los mismos resultados, ecuaciones que rigen el mundo y la sociedad.

Una de las ciencias modernas que más ha avanzado en ese propósito es la Economía, que se desprende del proceso de la ilustración como ciencia encargada de la interpretación del mundo moderno, pero que en los clásicos era conducida por valores de justicia, libertad, igualdad y la felicidad de los hombres. Hoy la Ciencia Económica se desprende de los valores ilustrados para abrazar los valores de la sociedad moderna: “En adelante, la economía dejaría a un lado los problemas del bienestar, de la justicia y de la legitimidad con que había estado estrechamente ligada en el pasado para justificarse en sí misma como una teoría de la eficiencia: la voluntad de los inversionistas privados presentada bajo un lenguaje matemático. La economía política se transforma en ingeniería económica” (López, 2013, pág. 15)

Presentada de esta manera, la economía no se concibe como una ciencia en el sentido estricto, por el contrario, se configura como una doctrina, que como tal es autista, acrítica; o como una “ideología que se cubre con el ropaje de un lenguaje cientifista para mantener viejos y nuevos privilegios” (López, 2013, pág. 14). En ella son incuestionables los valores que la rigen; la competividad, la productividad, la eficiencia y el crecimiento, se configuran como baluartes de esta ciencia que es capaz de explicar las más complejas ecuaciones, pero no es capaz de dar cuenta de las realidades vinculadas a las formulas.

Para dar un ejemplo de lo anterior, basta preguntarnos: ¿Para qué han servido más de cuatro décadas de economistas en Colombia? En 1948, encabezando la misión del Banco Mundial, el profesor Lauchlin Currie se quejaba de la ausencia de economistas profesionales dedicados a la planificación macroeconómica, lo que, para él, daba cuenta del atraso y la pobreza del país. Entonces se emprendió la tarea de crear el Departamento de Planeación Nacional (DPN), los diferentes Planes de Desarrollo en los distintos gobiernos y la apertura de Escuelas de Economía en las principales universidades del país, con el propósito de formar académicos encargados de conducir las riendas del desarrollo de la nación.

El resultado no ha sido favorable en materia tributaria, los primeros gobiernos liberales que carecían de economistas formados con doctorados en el extranjero instauraban en los cargos de planeación a profesionales en diferentes áreas: abogados, médicos y hasta veterinarios, que buscaban grabar con impuestos, para el mantenimiento del Estado, a las grandes rentas de capital, guiados por el principio ricardiano de grabar acorde a las capacidades económicas del contribuyente. Mientras los profesionales y economistas graduados con doctorado de las mejores universidades del mundo han desarrollado una política tributaria donde son los más pobres los que mantienen el aparato estatal y los más ricos tienen ventajas y excepciones, guiados por el principio de generar incentivos para el capital: “Mientas el señor Julio Mario Santodomingo no pagó un solo peso por la venta de sus acciones de la empresa Bavaria, las familias colombianas están obligadas a pagar una tarifa del 17% por los productos de la canasta familiar, incluyendo, claro está, los servicios públicos. La fórmula de los sabios en economía es realmente sorprendente: ¡Acabar la pobreza golpeando a los más pobres y premiando a los más ricos!” (López, 2013, pág. 18).

En 1990, con el gobierno de Gaviria se acuñó la frase “Colombianos Bienvenidos al futuro”, un año después el sistema eléctrico había dejado el país en las tinieblas por la corrupción, el UPAC había dejado sin vivienda a miles de colombianos que ya habían pagado el precio real de la misma en varias ocasiones, y la apertura económica llevo a la quiebra de la industria y la agricultura nacional. A mediados del 90, los economistas del Banco de la República gastaron 1.800 millones de dólares para mantener la banda cambiaria, y así evitar que el dólar subiera, no obstante, el dólar bajo. “Si en la junta del Banco Central hubieran tenido asiento los hermanos Marx o los Tres Chiflados probablemente las pérdidas para el país hubieran sido menores” (López, 2013, pág. 20).

Sin embargo, ninguno de estos economistas ha enfrentado de manera responsable sus errores, ni siquiera de manera autocritica, mucho menos la justicia a sentado a estos ilustres doctores a responder por sus actos, cuando un ingeniero, un médico, o un contador fallan en sus cálculos, son llamados a juicio, a responder por sus actos, o su negligencia ¿Qué autoridad ha llamado alguna vez a un economista?

Por tanto necesitamos una educación “capaz de interrogar sobre el sentido de la existencia, interesada en cuestionar los fundamentos mismos de la racionalidad tecno-económica y que no se limite a sólo enseñar el funcionamiento sin fricciones del mundo de los negocios. Ya lo decía un viejo filosofo: meras ciencias de hecho hacen meros hombres de hecho” (López, 2013, pág. 25)
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2 pensamientos en “Formación o adiestramiento

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