El colegio de hoy

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¿Habéis observado cómo son las aulas de la mayoría de los colegios? ¿Habéis pensado cómo eran las aulas de la mayoría de los colegios de hace cien o doscientos años? En realidad, las aulas actuales y las de hace uno o dos siglos se parecen bastante: en ambas hay el mismo tipo de mesas, todas mirando en la misma dirección (hacia adelante), las mismas sillas, la misma pizarra, las mismas tizas, el mismo tipo de borradores, la misma tarima… ¡Y en algunas, incluso el mismo profesor! Las aulas de nuestros colegios han cambiado muy poco en los últimos dos siglos. Quizá el único cambio significativo es que actualmente en algunas clases hay un ordenador con un proyector, y antes no lo había. Las aulas de los colegios han cambiado poco, y sin embargo el mundo donde viven los estudiantes que acuden a estos colegios ha cambiado radicalmente.

El año pasado por Navidad regalamos un libro a nuestra sobrina de dos años. La niña lo abrió, lo miró, y de pronto empezó a “pulsar” las palabras. Al ver que no sucedía absolutamente nada, la niña llegó a la conclusión de que era un dispositivo inútil o que quizá se había estropeado, lo tiró al sofá y agarró el iPhone de su padre. Para nosotros los libros son el medio a través del que adquirimos mayoritariamente la información. Para nuestros niños, ¡los libros no son más que iPads estropeados! El mundo se ha transformado de manera radical desde que nosotros fuimos al colegio. Por el contrario, en términos generales, el colegio ha evolucionado poco.

Los cambios que ha habido en el mundo son tan importantes que incluso han dinamitado algunos de los pilares sobre los que se fundamenta nuestro colegio. Por ejemplo, han dinamitado la idea de que el profesor sabe más que el estudiante. No hay más que imaginar lo que sucede en cualquier aula del país cuando se estropea el computador, ¿Quién es la persona menos cualificada de la clase para solucionar el problema? Respuesta: el profesor… ¡y también lo saben los alumnos! Ahí está el problema. Los estudiantes piensan: “Si este señor es un inepto en uno de los aspectos más importantes de nuestra vida como lo es la tecnología, lo que pretende enseñarme no puede ser importante”. Este razonamiento hace que los jóvenes pierdan el respeto intelectual por sus maestros y profesores. Entonces estos últimos se enfadan y envían cartas a los padres quejándose de que sus alumnos no les tienen respeto. Pero el respeto no se impone. El respeto se gana. Una manera que tiene el profesor de ganarse el respeto de los alumnos es demostrándoles que entiende el mundo en el que viven y vivirán ellos, los niños a quienes se supone que está guiando. Y esto con demasiada frecuencia no ocurre en los colegios de hoy en día.

Nota: Este texto fue tomado de: Sala i Martin, X. (2016). Economía en colores. Penguin Random House.
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