Teoría de la elección racional: Una llave de ingreso para los nuevos economistas

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Diego Elías Pardo Martínez

“Tu presupuesto total no es solo el dinero que tienes en la cuenta bancaria; también incluye tu tiempo, energía, talento y atención, y determina no sólo con qué marca de coche acabarás, sino también con qué clase de cónyuge. Tú tienes en cuenta el coste futuro de una adicción al cigarrillo tanto como las cuotas de tu préstamo. Es cuando realizo un afirmación de esta clase cuando, quizá, deje de parecerte que mi frase –la gente es racional- pueda ser banal; tal vez pienses que, incluso, podría ser algo peligrosa” (Tim Harford, 2009)

Es importante destacar que la profesión del economista, en el sentido estricto de la palabra, surge a partir de la emancipación de la economía como ciencia, separándola de la política y la filosofía. De acuerdo con esto, desde el siglo XVIII empezamos a encontrar nombres como el de Richard Cantillon, quien a través de su Ensayo sobre la naturaleza del comercio en general impulsó el estudio de la Economía Política. Así mismo, es importante destacar nombres como los de David Hume, Jean-Baptiste Say, David Ricardo, Thomas Malthus y, sobre todo, Adam Smith, considerado por muchos como el padre de la economía moderna. Como resultado, si se realiza una revisión del perfil de todos estos economistas encontraremos que avanzaron en estudios complementarios de historia, sociología, estadística y filosofía, brindándoles un margen de análisis muy grande para estudiar los fenómenos económicos.

Sin embargo, durante los siglos posteriores, hasta comienzos del siglo XXI, los economistas en general fueron delimitando de manera muy estricta los fenómenos económicos. Si bien, profesionales como John Maynard Keynes describían al buen economista como aquel individuo con una rara combinación de dotes. La economía ortodoxa y el desarrollo de la división del trabajo desarrollaron un perfil de economista muy diferente, con un campo de estudio delimitado por unos cuantos interrogantes. Sin duda, esta especialización trajo consigo el avance acelerado en la construcción de un nuevo modo de ver el mundo, caracterizado por emplear teorías, axiomas, supuestos y modelos para, de esta manera estudiar, entender y explicar cuestiones que a simple vista ignoramos.

De ahí que, dentro del que hacer económico comenzó a utilizarse con gran frecuencia teorías como la de la elección racional. No obstante, esta popularización conllevó un sin número de críticas, debido, en gran parte, al mal entendido sobre el Homo economicus, aquella caricatura del hombre frio, sin emociones humanas, únicamente motivado por el egoísmo y la codicia, capaz de realizar complejos cálculos financieros y con una voluntad sobrehumana. Como es apenas obvio, una suposición de esta envergadura se sale de cualquier lógica, incluso la de los economistas. La teoría de la elección racional no supone un hombre máquina, como el caricaturizado a través del Homo economicus. Lo que intenta insinuar es que los seres humanos encontramos motivaciones y respuestas racionales en todo tipo de circunstancias naturales, como el miedo a contraer enfermedades de transmisión sexual o el de contar con la aprobación de nuestros padres. En definitiva, lo que se intenta suponer con la idea del hombre como agente racional es que los seres humanos respondemos a los estímulos: cuando algo resulta costoso de hacer, estamos motivamos a realizarlo en menor medida. Y cuando algo resulta más económico o benéfico, estaremos inclinados a realizarlo con mayor frecuencia.

Como vemos, a partir de esta aclaración, la idea del hombre racional pasa de ser una abstracción sin sentido a una herramienta bastante útil y divertida. Es más, ésta ha cumplido con el papel de llave de ingreso para estudiar nuevos fenómenos económicos, o quizá no tan nuevos, pero si ignorados a través de muchos años por la tradición económica. En este sentido, está claro que en la actualidad una nueva generación de economistas tiene las puertas abiertas para enfrentarse al análisis de fenómenos mucho más diversos de los que se venían estudiando, dando paso a la nueva economía de todas las cosas, que nos ofrece perspectivas inesperadas, contrarias a lo que la intuición y la sabiduría convencional podría indicarnos, como lo diría Tim Harford.

En conclusión, es paradójico cómo el proceso de especialización y limitación de los fenómenos propios del análisis económico desarrollado durante los siglos XIX y XX, fuesen los que permitieron un refinamiento del enfoque económico y de la teoría de la elección racional, que a la larga terminó por ofrecer la llave de ingreso que tiene esta nueva generación de economistas para estudiar nuevos fenómenos y adentrarse en otros ámbitos. Baste, como muestra, los trabajos en el análisis de la prostitución, el sexo, la delincuencia o los deportes, que han desarrollado economistas como Harford, Levitt, Szymanski o Ariely.

Bibliografía

Harford, T. (2009). La lógica oculta de la vida: como la economía explica todas nuestras decisiones (p. 347). Madrid: Ediciones Temas de Hoy.
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