¿Tan profunda es nuestra apatía?

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Laura Fernanda Santander Gualdrón

No es necesario ser economista para creer que la naturaleza humana es fundamentalmente egoísta. Existen infinidad de situaciones y personas en la cotidianidad que parecen ratificarnos que solo estamos realmente motivados por nuestro propio bienestar. Algunas más que otras. Vivo en un país con una historia saturada de violencia que parece estar consumándose luego de medio siglo. “Esta violencia tiene una raíz; el egoísmo social. La forma casi llena de odio con que unas personas privilegiadas de la sociedad miran al que no tiene”. Así lo ha dicho Gustavo Petro, exalcalde de Bogotá.

De igual manera, aunque la vida diaria en el país en que vivo está salpicada de sufrimiento, de tensiones, de injusticias y delitos, en general también abundan actos sencillos de generosidad y bondad. Nuestra memoria colectiva colombiana se mide por crisis y calamidades, por injusticias sangrientas y episodios de crueldad con otros, con los restantes seres vivos y con la tierra que habitamos. Quizá por esta razón como colombiana me es fácil  aceptar un análisis tan sombrío al reflexionar sobre la naturaleza del ser humano.

Para nuestra suerte, durante los últimos 10 años se han dado algunos desarrollos muy importantes en la biología de la evolución, en la ciencia neurocognitiva, en el desarrollo infantil e investigaciones en muchos otros campos, que desafían algunos supuestos básicos que los economistas hacemos sobre la naturaleza humana. Una nueva imagen de nuestra naturaleza empieza a surgir de las ciencias naturales y sociales con el descubrimiento del Homo empathicus, cuando a mediados de los 90, en un laboratorio en Parma-Italia, se descubrieron sin querer las neuronas espejo en chimpancés –también llamadas neuronas de la empatía-.

A partir de este descubrimiento se han desprendido una serie de estudios que sugieren que podemos estar programados para experimentar la situación de otros como una experiencia propia. Las neuronas espejo son solo el comienzo de una serie de investigaciones en neuro-psicología, investigación del cerebro y el desarrollo de los infantes que insinúan que no solamente estamos programados para la agresión, la violencia, interés propio y utilitarismo – como para mí era fácil aceptar – sino que estamos de hecho programados para la sociabilidad, el acoplamiento, afecto, compañerismo y la primer variable a la cual pertenecen las anteriores; para la empatía.

El precursor de la palabra inglesa empathy (empatía) fue el término sympathy (simpatía). El economista escocés Adam Smith escribió un libro sobre los sentimientos morales, en 1759. Aunque Smith es mucho más conocido por su teoría del mercado contenida en “La Naturaleza y Causa de la Riqueza de las Naciones”, también prestó mucha atención a las emociones humanas, incluso se llega a creer que mucho más que a su obra más conocida. Para Smith, sentir simpatía hacia una persona significaba lamentar su aflicción. Mientras que la empatía, aunque se puede entender como sinónimo de simpatía, supone a diferencia que existe la voluntad del observador de tomar parte en la experiencia de otra persona y compartir los sentimientos derivados de esta experiencia.

La educación no se queda por fuera de los efectos de esta nueva forma de contemplar la naturaleza humana. Ahora que las instituciones educativas intentan acoplarse a una generación que ha crecido con Internet y está acostumbrada a interactuar y a aprender en redes sociales abiertas, en las que comparte información en lugar de acumularla, están surgiendo nuevos modelos de enseñanza destinados a transformar la educación y conseguir que, en lugar de ser una competencia, sea una experiencia de aprendizaje en colaboración. Todas estas innovaciones educativas contribuyen a desarrollar la sensibilidad empática. El supuesto tradicional de que «el conocimiento es poder» y se usa para el beneficio personal se está probando. El conocimiento es una expresión de la responsabilidad común por el bienestar colectivo de la humanidad y del planeta como un todo.

El interrogante que deberíamos responder desde la economía es si ¿El altruismo es compatible con los sistemas económicos modernos? Y si ¿Puede llegar a ser más efectiva la cooperación que la competencia? Es importante introducir a nuestra ciencia económica, la evolución empática de la humanidad, la influencia no despreciable de esta evolución en nuestro desarrollo como especie y la forma en que esto puede alterar nuestro futuro. Puede ser que la edad de la razón esté siendo desplazada por la edad de la empatía. Me ilusiona la idea de alcanzar una empatía global a tiempo para salvar la Tierra y evitar el derrumbe de la civilización.

Bibliografía

Dubner, S., & Levitt, S. (2001). Superfreakonomics: Enfriamiento global, prostitutas patrióticas y por qué los terroristas suicidas deberían contratar un seguro de vida (p. 127). Debolsillo.
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