La instrumentalización del paramilitarismo en el marco del estudio: La evolución estratégica del conflicto armado en Colombia

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Luis Rangel

Indudablemente el conflicto en Colombia se desarrolla en la actualidad bajo patrones muy diferentes a los que se mostraban ya desde la violencia de los 60s o la explosión del catalizador llamado Narcotráfico en los 80s. La actual visión del conflicto y la importancia que cobra plantea trascender las maneras periodísticas de estudio y requiere aplicar a la información sobre el conflicto herramientas analíticas acordes a su complejidad. Los recientes aportes sobre crimen organizado y carteles de las drogas en agencias de protección y la teoría de la decisión interdependiente (Gambetta, Nozick, Schelling) brindan un marco propicio según Estrada (2009) para tal trascendencia. Veremos en La evolución estratégica del conflicto armado en Colombia (Estrada. 2009) cómo opera el cambio estratégico en torno a las posibles alianzas entre rivales, concretamente paramilitares y estado colombiano.

Las partes en el conflicto armado se han valido de la posibilidad que ofrece y ha ofrecido el estado al limitar su presencia a ciertas regiones centrales o caracterizándola solo como presencia militar. Un estado que no atiende necesidades en su territorio nacional, sino a las propias por medio de la fuerza pública, sumado a una desigual y polarizada distribución de la riqueza, fueron caldo de cultivo para grupos paraestatales que desde hace décadas cambian, mutan y se acomodan para sobrevivir en cada contexto. Ante las necesidades ignoradas por el estado la actividad económica y las interacciones en estos territorios seguían requiriendo una garantía que pudiera mantener la percepción de seguridad frente a la propiedad y los intereses de los individuos. Aquí es donde la protección se configura como un servicio que presta la organización que ejerce control, que posee las capacidades militares, económicas y administrativas para brindar tal servicio y articularlo con su propia actividad económica.

Muy a pesar de lo que delirantemente se difundía tras el periodo del presidente Uribe, el conflicto Colombiano no termino. Esta aireada y apresurada afirmación tenía eco a partir del desarrollo de los programas de reinserción de dicho gobierno y la “terminación” de las estructuras paramilitares sumado a una insurgencia opacada por los éxitos militares de sus contendientes. Este episodio, confuso si se quiere, marca una pauta en términos estratégicos alrededor del conflicto Colombiano, pues redefine estrategias en un escenario ad portas de lo que parecía ser un cambio sustancial en tanto consolidación del poder hegemónico se refiere.

Una estrategia, una decisión que se toma determinada por la decisión, o la creencia en la decisión, que tomara el contendiente, siempre se rige por la racionalidad de los participantes. En Colombia, a pesar de que esta racionalidad pudiera llegar a tener dudosa existencia para algunos individuos inmersos en la guerra si ha definido las actuaciones del estado y los grupos paraestatales entendiéndolos como organizaciones. Es como dicha racionalidad permitió a tales grupos establecer alianzas que pudieran asegurar la continuación, después de su desmovilización, de sus servicios de protección y de sus actividades económicas, que después del estallido del fenómeno del narcotráfico tendieron a relacionarse con éste dados los dividendos que representaba.

Esta lucrativa actividad ilícita, para su expansión y llegada a mercados amplios y prometedores, requirió de convenciones y acuerdos sobre los territorios que tenían que ver con alguna fase del proceso de extracción, procesamiento o transporte y que incluían cualquier autoridad que pudiera incidir, políticos, instituciones, empresas; tal fenómeno derivo debido a su influencia en la inversión de ciertos valores en la población y una nueva matriz cultural tolerante al narcotráfico. El estado perdió la confianza al ser minado de intereses narcotraficantes en sus modos y sus acciones, más claramente aun con las relaciones de gobernantes, capos del narcotráfico y poderes mafiosos en conocimiento de la población. Una amalgama entre lo legal y lo ilegal compone las maneras por las que las agencias de protección, grupos paraestatales, ejercen en los territorios. Coaliciones de las que se sirven organizaciones paraestatales y la elite colombiana definen el aparato estatal desde afuera y desde adentro.

“Las redes de información tienen una expansión progresiva de naturaleza no lineal, que opera en una secuencia de relaciones causales que se dispersa conforme las creencias individuales y colectivas. La relación entre información y denuncia pasa en primera instancia por el rumor, comunicar un “dicen que”” (Estrada, 2009). Esta Información circulante cruzada con una red de intereses individuales y colectivos, derivan en ajuste de cuentas, retaliaciones, o motivos para hacer circular una amenaza o un incentivo a quien transmitió la información.

La información circulante en mayores cantidades llego a promulgar el final del conflicto, y reordeno sus “rezagos de la insurgencia” contra las “nuevas bandas emergentes”. Es en este preciso instante donde las estrategias en la partida comienzan a redefinirse. Estas últimas agrupaciones llegaron a copar territorios que fueron controlados antiguamente por la insurgencia o sus progenitores, los paramilitares. Contando con la criticable visión del autor que no manifiesta la relación umbilical estado-paramilitares, se afirma que el estado había “encontrado” un aliado en los grupos paramilitares con objetivos afines, ya no tenía por qué seguir concediéndoles tal beneficio, pues se vitoreaba la falacia del fin del conflicto y este contenía la zona positiva de negociación, o intereses comunes de gobierno y paramilitares. Sin la existencia de tal campo para el encuentro, el estado no tendría por qué reconocer a los grupos paramilitares fuera de los programas de reinserción, inclusive a los paramilitares que al cabo de los programas de reinserción volvían a sus antiguas zonas de actividad armada.

A diferencia de las insurgencias, que son herederas de fenómenos violentos del siglo XIX, los grupos paramilitares no contaron con un sostén histórico-social para su estrategia, por lo que su retórica no tenía calado a pesar de las ayudas y asesorías de académicos colombianos y argentinos. Su argumento ejercía vigilancia y protección para la propiedad en los territorios, mas su estrategia al estar relacionada (y definida diría prematuramente) directamente con el objetivo estatal del mantenimiento del status quo en manos conocidas, no podría basarse nuevamente en la red de coherencia empleada por el estado para decidir sobre su coalición, en donde un punto nodal era, por lo menos ante el público, la existencia de grupos armados de oposición de corte narcotraficante y bandolero.

Sin esta necesidad compartida que representaba una insurgencia moribunda, la estrategia paramilitar dejaba una vacante. Quedaba sin una estrategia clara pero respondiendo a un mercado de los servicios de la protección y la vigilancia, más aun cuando capitales de los comandantes, socios y agrupaciones que representaban se encontraron determinadas por la continuidad de sus negocios, coaliciones regionales, y rutas controladas. Otra manera de ver el aliciente para la creación del nicho que vio renacer el paramilitarismo en bandas emergentes tuvo que ver con el capital de respaldo que lograron obtener gracias al préstamo de sus servicios, que mantuvo sus actividades económicas seguras inclusive bajo los ojos de la ley, esto definido nuevamente por los riesgos que tomaría una elite social y aliada si cambiara esta situación.

La reputación de esta elite como gobernantes, mantuvo esta condición anterior, y logró al mismo tiempo que luego de la deriva estratégica sufrida por los paramilitares posterior a la desmovilización, el estado no pusiera más en juego la estabilidad de su estatus quo y tuviera que, de dientes para afuera, atacar, mostrando resultados públicos, a su nuevo enemigo, las bandas emergentes. En esta necesidad gubernamental de mostrar efectividad frente a su “nuevo enemigo” se encuentra el marco causal para el lamentable fenómeno de los falsos positivos.

La estrategia paramilitar cambio heterogéneamente, del mismo modo en que se distribuían los poderes conforme mandos, financiación de los grupos y participación en el territorio. Tomó un carácter regional mientras se constituían cuerpos orgánicos con estructura de decisiones. La estrategia para estos grupos se consolido en el narcotráfico y mercados ilegales rentables como el contrabando. Esto definió nuevos criterios para la formación de alianzas, conservando estructuras económicas se pudieron flexibilizar sin el agravante estratégico compartido, ya no comprometidos con el estado en sus fines conservaron redes de información, capital de respaldo, alianzas y sociedades con grandes propietarios, empresarios y gobernantes. La estrategia ya no tendría que tener implicaciones políticas. Otra generación venía a cosechar, socios antiguos y nuevos departían con gusto, el festín alcanzaba para todos.

Vemos como la instrumentalización estratégica de los paramilitares por parte del estado Colombiano y/o una elite política, configurada regionalmente en muchos casos, no victimizó a ninguna de las dos partes sino que más bien abrió mercados para acuciosos y rapaces inversionistas nacionales y extranjeros, que luego del cambio estratégico de su perro de guerra paraestatal, vieron las fuerzas de su enemigo común, la insurgencia, menguadas a un límite razonable para tomar los riesgos y vieron sus necesidades de protección y seguridad satisfechas hasta el horizonte de sus inversiones.

Sin lugar a dudas las categorías desarrolladas a partir de la teoría de agencias de seguridad tiene aplicabilidad en nuestro contexto conflictual, más aun cuando interviene el análisis del fenómeno del narcotráfico en sus justas y abrumadoras proporciones. Sin embargo, tales análisis, tal y como proceden en la Evolución estratégica del conflicto se ven en mi lectura más cómodos cuando se habla de organizaciones paramilitares en específico, pues como se veía en los desarrollos anteriores las redes de coherencia que sostienen las estrategias de los grupos armados contienen diferentes criterios entre los que se destacan para algunos el mantenimiento de un capital de respaldo social e ideológico de tradición histórica en ciertas regiones del país, así como lo afirma el autor al referir el origen de organizaciones subversivas a guerras del siglo XIX, que si bien pueden cumplir en la actualidad con las condiciones para considerarlas agencias de protección conviene distinguir contando con los conflictos estratégicos inherentes. De allí que el procedimiento se dé con soltura cuando se habla de paramilitares, pero carezca de información para incluir a las insurgencias.

Referencias

Estrada. F. 2009. Evolución estratégica del conflicto armado en Colombia. En: Munich Personal RePEc Archive. http://mpra.ub.uni-muenchen.de/20075/.
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