Para aprender a nadar, hay que arrojarse al agua

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Luis Rangel

Las negociaciones de paz son solo una parte de lo que bien podríamos llamar procesos de paz.  En el caso Colombiano podríamos situarlas en la fase dos de la estructura del proceso que propone el gobierno, que consta a su vez de tres fases: Una exploratoria donde se elaboró una hoja de ruta para el proceso y se firmó el documento “Acuerdo General para la terminación del conflicto y la construcción de una paz estable y duradera”; una segunda fase catalogada “fin del conflicto” que tuvo lugar en la Habana y comprendió formalmente la negociación, o la previa formal a un “acuerdo final” que se terminó cuando todo estuvo acordado; y una tercera fase que han llamado, a riesgo de pasar por slogan, Construcción de paz. En aquella fase dos efectivamente se llegó a un Acuerdo Final, pero este era el pitazo inicial de una disputa entre poderes alrededor de tales resultados que terminó en su no refrendación electoral, remodelando aquí y allá lo que consideraron los voceros de un no victorioso por cantidades ínfimas, y cerrando el paso a todo mecanismo de refrendación futura. El país se polarizo momentáneamente hasta que fue útil electoralmente.

Ahora, luego de la puesta en marcha de los mecanismos de implementación de los acuerdos, continúan visiones encontradas sobre las ventajas para las partes, que aún restan relevancia a los acuerdos de paz en su esperanzadora esencia, el cese de las muertes y el dolor a causa del combate. Por un lado están los que afirman que los acuerdos son una capitulación de las Farc o el acuerdo de entrega de sus filas; por otro lado, la sensacionalista  versión de quienes han visto la entrega del estado a manos de la insurgencia. Si bien las Farc han declinado de su estrategia general de Toma del poder por las armas, es justamente dado que reconocen sus fines más allá de sus medios además de reconocer sucesivos cambios políticos por la vía electoral en el continente.

Según el grupo insurgente, el conflicto inherente a la aplicación de su estrategia  ha llegado a un estancamiento político-militar que no les permitiría alcanzar sus fines socialistas. Esto se traduce para algunos en la entrega al Estado y su capitulación. Para los que están al otro lado del campo, más cerca a sectores contrainsurgentes, ha resultado electoralmente efectivo afirmar que resulta siendo al contrario, que el Estado ha obrado injustamente otorgando sus afectos y poderes políticos a representantes del grupo ilegal que participarán de la política. Lo cierto es que ambas visiones olvidan esencialmente que cada negociador actuó conforme los intereses de su parte y llegaron a acuerdos que aceptaron voluntariamente; afirmar tajantemente una u otra visión no es más que parcializar los hechos y politizar el proceso de paz donde resulta siendo innecesario. A pesar de la politización/polarización que sufre el proceso de paz, avanza la implementación de sus acuerdos, sin que nos fijemos en aquello que nos ha hecho esperar tanto para solucionar un conflicto, aquello que se olvida cuando se estima que por lo que varios países han terminado conflictos mucho más largos, la terminación de este por la vía negociada debe darse, es la cuestión por: ¿Qué hace que seamos de los últimos países en darle vías de solución a su conflicto armado?

Para responder esto, debemos saber que si bien la paz como una forma de humanización de los conflictos resulta siendo en cada sociedad una garantía de avance y evolución, vale la pena mirar a otras latitudes para comprobar qué procesos de negociación inauguradores de la paz lograron cambios profundos. En Suráfrica el proceso de paz tomó una profundidad espiritual garantizando las implementaciones que hicieron del país para una democracia electoral efectiva, donde Mandela se alzó con la presidencia como prueba y efecto del cambio. En Irlanda las diferencias religiosas lograron perder sus implicaciones mortales después de 500 años de conflicto, una sociedad sensiblemente más democrática broto de tales tratados de paz. En otras latitudes más cercanas como Guatemala la paz se firmó después de un proceso de gran participación civil, pero no fue exitosa la fase de implementación de los acuerdos más allá de una reforma agraria parcial. En cada proceso se avanzó en solucionar el conflicto que dio origen a un alzamiento armado.

En Colombia conforme los resultados del proceso, esa pregunta sobre nuestra demora en alcanzar la paz tiene que ver con la  garantía de las vías democráticas. Y es que en Colombia el origen del conflicto radicó en que el estado auspicio la muerte de sus detractores políticos, primero con hordas Chulavitas y bombas sobre Marquetalia, después con Paramilitares al servicio de los grandes capitales. Hacer política desde la organización popular oponiéndose al gran capital había sido sentencia de muerte para miles y miles de campesinos y obreros, no por nada ocupamos primeros lugares en países con mayor asesinato de sindicalistas y periodistas. La cuestión en Colombia ha girado en torno a la falta de garantías para participar en la democracia.

Siguiendo la tendencia general que han mostrado los procesos de paz en el mundo, uno esperaría que avancemos en la resolución del conflicto que dio origen al conflicto armado, y este es un conflicto social derivado de la falta de garantías democráticas. Este es el principal compromiso que tiene el Estado para con su contraparte, garantizar que ya no es necesario que sigan portando el fusil y escondiéndose, ahora nadie los va a matar y no tendrán que matar a nadie para trabajar por un programa político. Contando con esto es que encontramos la esperanza grande que alumbra los corazones de quienes apoyan la paz, la esperanza de que en Colombia ya no sea necesario hacer política esperando que llegue alguien a darle bala a causa de su posición. Pero también encontramos acá el mayor temor, y esto ya que los líderes campesinos siguen muriendo a manos de grupos de ultraderecha, las organizaciones que resisten a los proyectos multinacionales siguen siendo amenazadas.

Un temor fundado también en la historia reciente del país donde desde Guadalupe Salcedo, traicionado después del tratado de paz que entrego las guerrillas liberales; hasta Pizarro, líder del movimiento político del M-19 muerto en campaña presidencial; o el genocidio de la Unión Patriótica recuerdan que la guerra no ha sido capricho de los disidentes, sino refugio ante la intolerancia. A pesar de estos temores, no aprenderemos a ser un país en paz si no lo intentamos, y ahora las Farc han decidido arriesgarse a hacerlo, a servir nuevamente de catalizadores en este intento para probar si en Colombia se puede desligar la política de la muerte. Definitivamente para aprender a nadar debemos conocer la técnica, pero más importante aún, debemos tener el valor de arrojarnos al agua.

Nota. Columna motivada por el video: Dejemos de matarnos: el espíritu del acuerdo de paz (con Diana Uribe).

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