¿La economía como una ciencia experimental?

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Bryan Snehider Díaz

Según el diccionario de la real academia de la lengua española, la ciencia es un sistema ordenado de conocimientos que se obtienen por medio de la observación y la experimentación, donde a partir de los mismos se generan preguntas, se construyen hipótesis, se deducen principios y se elaboran leyes haciendo uso de un método científico. La experimentación juega un papel fundamental en la obtención de conocimiento científico, esta consiste en estudiar un fenómeno en un ambiente controlado, aislando todas las variables que puedan incidir en él para poder deducir la causa o causalidad del fenómeno en cuestión.

La naturaleza y complejidad de los fenómenos que pueden ser observados es difuso, pero más allá de los fenómenos físicos, y químicos, más allá de electrones, sistemas de ecuaciones cuánticos y variables complejas, en el umbral de lo difuso y de lo complejo se encuentra el hombre. Es por ello que muchas ciencias sociales han tenido que conformarse con la elaboración de teorías basadas llanamente en la observación y en la creación de estructuras lógicas de difícil contrastación, que han limitado poderosamente la capacidad de estas a la hora de ofrecer respuestas confiables en la tarea de entender la conducta y la naturaleza humana.

A pesar de todo esto, algunas ramas  del las ciencias sociales, dentro de las cuales se incluye la economía, han incursionado en la experimentación, intentando bajo ciertos protocolos procedimentales reproducir en un ambiente controlado situaciones interesantes en términos científicos, con objetivo de capturar de la manera más exacta posible la naturaleza de la respuesta humana en ciertos ambientes. Dentro de estos intentos es posible localizar a la economía experimental que en el espectro de la teoría ha intentado reproducir situaciones con contenido económico al interior de un laboratorio con el objetivo de explicar y contrastar las teorías propuestas; para esto fue indispensable la construcción de todo un sistema epistemológico con el cual entender la racionalidad humana que hasta entonces había sido abordada por la economía de una manera ciertamente rígida e inapropiada.

La mayor parte de las ciencias evolucionaron al amparo de la ilustración, un movimiento intelectual que creía firmemente en el progreso basado en el uso de la lógica y en el descubrimiento de leyes universales, cuya comprensión permitiría la construcción de un orden científico, social y económico sin precedentes. Este movimiento tiene su raíz en una variada ramificación de corrientes filosóficas, entre las cuales podemos identificar el racionalismo filosófico, ideado inicialmente por René Descartes. La lógica de Descartes, que describe muy bien la naturaleza de la ilustración, es que todas las construcciones sociales y científicas relevantes eran el resultado de un ejercicio consciente de la lógica, esta es la naturaleza del afamado racionalismo constructivista.

Con este espíritu las grandes ciencias, al amparo de un grupo selecto de mentes iluminadas, lograron extender sus raíces y tejerlas cuidadosamente al interior de los círculos sociales y políticos más importantes de la sociedad moderna. Pronto dicha curiosidad se extendió más allá de los fenómenos propios de las ciencias naturales y se dirigió a la conducta, pensamiento, y racionalidad del ser humano, cuyo primer gran exponente, en lo que a economía respecta, fue el filósofo escoces Adam Smith, que en un esfuerzo increíble logró utilizar una dialéctica impecable para  explicar  lo que a su parecer era la naturaleza económica y moral del ser humano.

Pero más allá de eso existe al interior de los seres humanos otro orden racional, que los científicos sociales hasta hace poco no habían sido capaces de entender, un orden que puede observarse y sentirse al caminar al interior de un suburbio a media noche donde dealers y prostitutas caminan de una acera a otra intentando resguardarse del frío, cuyas raíces pueden seguirse hasta días negros y sombríos como el afamado jueves negro, cuando el sonido que indicaba el cierre de la bolsa dejaba, sin razón lógica aparente, a miles de personas en la quiebra, y que puede incluso olfatearse y sentirse cuando un maestro del piano interpreta su más perfecta y apreciada pieza musical. La lógica sobre la que hemos erigido nuestra civilización, lo que Vernon Smith (2005) denominó racionalidad ecológica.

Para entender correctamente a lo que Smith hace referencia con racionalidad ecológica hay que dar un par de pasos atrás y enfocarnos primero en lo dicho por el economista e historiador norteamericano Douglass North. Para North los intercambios económicos se fundamentan en más que la racionalidad, los intereses y la escasez relativa de los bienes, sino que además su eficiencia dependía de los acuerdos sociales que las personas idean para poder llevarlos a cabo, es decir en las instituciones. En un inicio la lógica de North (1995) puede parecernos demasiado abstracta, porque en últimas aquello que podemos observar al interior de un mercado son personas, mercancías y precios, pero si nos detenemos a observar cuidadosamente cada elemento presente en una transacción no tardaremos en identificar estos arreglos a los que la literatura económica ha denominado como instituciones.

Si analizamos detenidamente, una persona que asiste a un mercado a intercambiar mercancías, lo primero que podremos identificar es que esta intercambiará un fajo de papeles sellados sin utilidad aparente por mercancías útiles para la supervivencia en el sentido primitivo de la palabra, tales como alimentos, víveres, herramientas, etc. Lo segundo que podremos identificar es que dicha persona sabía que si quería adquirir dichas mercancías debería dirigirse al lugar en cuestión y no a otro, además de esto la persona ha decidido llevar dichos papeles, en vez de entrar con un arma en las manos y obligar al tendero a darle lo que necesita, todo esto surge gracias a un acuerdo tácito al que han llegado las personas a la hora de intercambiar mercancías y cuya naturaleza define también la naturaleza de la actividad económica.

Estos intercambios son dinámicos y evolucionan a lo largo del tiempo, es decir su funcionamiento tiende a adaptarse cuidadosamente a las necesidades del medio. Por ejemplo, el acuerdo a la hora de intercambiar solía ser entregar mercancías por mercancías, después metales por mercancías y al sol de hoy, solemos entrar a un mercado y no entregar nada a cambio, solo una promesa de pago. Una institución puede surgir según Vernom Smith de una situación en la cual algunas personas encuentran más fácil solucionar conflictos por medio de normas de buena comunidad, que acudiendo a los tribunales, pagando abogados y asumiendo el costo de un largo proceso judicial.

Un sistema ecológico por ende es un sistema no planeado que consta de determinados procesos evolutivos, tales como normas, tradiciones y “moralidad”, dicho sistema se caracteriza por prescindir en mayor o menor medida del razonamiento constructivista, pero no necesariamente por ello es menos eficiente, esto deja una gran lección, y es que las personas haciendo uso de la retrospección y de la experiencia, pueden realizar tareas de manera más eficiente, economizando tiempo y esfuerzo, como por ejemplo un malabarista al interpretar un truco, o un experto de la guitarra componiendo una nueva pieza. La racionalidad ecológica hace referencia al uso de todo el arsenal científico disponible para observar, identificar y comprender estos arreglos e incluir en los modelos teóricos la naturaleza evolutiva de los arreglos sociales que amplían el rango explicativo y predictivo de la teoría formal.

Allí es donde puede apreciarse a cabalidad  la importancia del laboratorio experimental que permite, por medio de ciertos procesos metodológicos, comprender el impacto y el comportamiento de los individuos sometidos a un grupo determinado de reglas e instituciones, además de permitirnos una comprensión más cercana de la manera en que estas surgen y del modo en que las personas responden a dichos incentivos. Esto nos lleva a identificar ciertos patrones de conducta en los individuos y por tanto a incorporar en nuestros modelos constructivistas factores que los acerquen más a una certera predicción de la realidad. Además dota a la economía de la capacidad de realizar experimentos que permitan, controlando ciertas variables, entender de una manera más exacta ciertos fenómenos económicos.

El paradigma de investigación al interior de las ciencias económicas se ha venido transformando a lo largo del tiempo, la cuestión no es ocultar los enormes éxitos predictivos de los modelos tradicionales, olvidándonos que estos dieron la base para que otras metodologías pudieran ser exploradas en tanto encontrábamos fallos importantes en sus predicciones, sino enfocarnos en explotar estas nuevas metodologías para dotar a la investigación en economía de herramientas más precisas y mejor adecuadas a la nueva realidad y a las respuestas que esta exige.

Bibliografía

Siegel, S. y Fouraker, L. E. (1960): Bargaining and group decision making: Experiments in bilateral monopoly, McGraw-Hill, Nueva York.

North, D. C. (1995). Instituciones, cambio institucional y desempeño económico. (F. de C. Económica., Ed.). México D.F.

Smith, V. L. (2005). Racionalidad constructivista y ecológica en economía (*), 197–273.
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