Una insignificante parte del universo de poniente

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Bryan Snehider Díaz

El siguiente texto pertenece al mundo ficticio de poniente, en la saga de libros Canción de fuego y Hielo del escritor George RR Martin, las ideas e historia no son de mi autoría, sino más bien una recopilación en donde cuento y describo una insignificante parte del universo de poniente.

“Sitios duros, crean hombres y los hombres duros gobiernan el mundo, nosotros no sembramos la tierra, no escavamos en la mina, tomamos lo que es nuestro”. Esas eran las palabras con las que los Greyjoy, reyes en las islas del hierro gobernaron durante siglos. Las islas del hierro se erigen como monumentos a la terquedad de la tierra, son un páramo desolado, inhóspito e infértil cubierto por la desesperanza y las algas marinas; una tierra hostil azotada por las tormentas, la humedad, y la penumbra. La tierra y los guijarros son grises como el jaspe ahumado e inerte como la tundra, las playas y las campiñas son un mar árido y salado que se traga el sol, en las islas del hierro no crece nada de la tierra, los hombres viven y mueren a la sombra de lo poco que les provee el mar.

Los viejos cuentos de las abuelas relatan que en una noche de tormenta el mar escupió a Harren el primer rey gris, fundador de la casa Greyjoy, constructor de barcos y pesar de Dioses. La leyenda dice que una tarde mientras Harren caminaba tranquilamente por sus dominios se topó con el canto de una sirena, una hija del Dios del mar, su cabello descendía como musgo que se hubiese entretejido preciosamente alrededor de un risco, los ojos eran grises, cristalinos, salados, duros como la tierra, pero su rostro era una oda a la dulzura, de rasgos finos y delicados, encajado en un cuerpo alargado y perfecto, erguido sobre sí mismo a la luz del atardecer en semejo a un rayo que cayera impetuosamente en la punta de una montaña.

Harren se enamoró como suelen enamorarse los héroes, la belleza de la sirena no era como la belleza de las mujeres, la belleza de la sirena era como la cruel severidad de las islas. La llevó entonces de vuelta consigo y la tomó en el gris pálido del anochecer. Harren construyó una enorme fortaleza en el desfiladero más empinado que encontró y se casó con la sirena en presencia del mar condenándola a la mortalidad. Los dioses del mar y de la tormenta maldijeron a Harren por su osadía y en su noche de bodas lanzaron contra el castillo toda la furia del océano. La Sirena protegió a Harren porque le amaba, pero todos los invitados fueron aplastados por el poder de las olas, Harren aceptó el desafió y seis veces reconstruyó su castillo, las seis veces los Dioses arrojaron el poder de las olas y la tormenta y seis veces las murallas cedieron y fueron destruidas, pero a la séptima la fortaleza prevaleció.

Así nació Pyke, el bastión ancestral de la casa Greyjoy. Los hombres del hierro pronto descubrieron que de la ciega, el trabajo y el cultivo no obtendrían lo que necesitaban, así que se especializaron en lo que mejor podían hacer, el saqueo y el pillaje. Mientras los reyes de la roca, la tormenta y el rio disfrutaban de sus enormes salas adoquinadas y labradas en oro y piedras preciosas, los Greyjoy saqueaban y asesinan en las aldeas de pescadores y en cualquier fortaleza incauta que encontraban, mientras los reyes de las tierras verdes se adornaban la cabeza con coronas de bronce batido con esmeraldas, Harren formó su corona con líquenes y un pedazo de madera que le arrojó el mar durante una tormenta, mientras los reyes del interior se preparaban para morir, Harren se preparaba para la guerra.

Las tierras verdes sucumbieron rápidamente ante el poder de los isleños, “Lo que está muerto no puede morir” se les oía decir siempre que obtenían una victoria. El poder de Pyke pronto predominó en poniente y Harren el Gris se convirtió en Harren el Negro. Las dimensiones de su crueldad eran solo equiparables a la grandeza de su dominio, por lo que un rey con tan basto poderío, necesitaba una fortaleza tierra adentro desde la cual hacer valer su palabra sobre las tierras del interior. Así durante muchas generaciones, para su propio pesar los plebeyos esclavizados por Harren fueron obligados a erigir la mayor fortaleza que el mundo haya visto: Harrenhall. Construida con piedra negra y torres masivas que llegaban hasta el borde del firmamento y un gran salón que podría albergar en su interior un ejército completo, Harren construyó la mayor tumba que jamás haya existido.

Harren construyó su fortaleza pensando que sería su legado para tiempos venideros, pero el día que puso la última piedra para terminar su obra, Aegon el conquistador desembarcó en poniente, con tres dragones detrás de él. Cuando Aegon marchó contra Harrenhall, el rey Harren hizo lo que cualquier hombre sensato haría, cerró sus puertas y esperó. Harrenhall tenía murallas inmensas que ningún hombre podía soñar con derribar o escalar, todo el ejército de poniente podía haber marchado contra Harrenhall, y todo el ejército de poniente habría sido repelido. Harrenhall podría haberlo resistido todo, pero no un ataque desde el aire con fuego de dragón. El rey fue cocinado vivo con sus hijos y sus enormes murallas desechas por el aliento de los dragones, en poco tiempo los esclavos se habían sublevado para ayudar a Aegon y expulsaron a los Greyjoy de vuelta al mar.

De nuevo los isleños se vieron reducidos a un cúmulo de tierra inhóspita, a la pesca y al pillaje, un reino gigantesco había sido reducido a cenizas. Los tiempos ahora eran diferentes, el oro compraba el hierro y no al revés, el comercio florecía en poniente, y los hombres construían castillos, colonizaban tierras y se enriquecían comerciando y viajando por el mundo, el pillaje y el saqueo empezaba a ser cada vez más difícil, ya que las fortalezas del interior estaban ahora estructuradas por un sistema feudal muy estrecho que facilitaba que enormes ejércitos respondieran a la menor provocación, con armas de asedio, armaduras de acero e interminables líneas de suministro, para hombres que estaban acostumbrados a luchar con garrotes de arciano y armas de hierro era demasiado desafío, los Greyjoy al final doblaron la rodilla, pero nadie reparó en su destino. Empobrecidos y despojados de todo su orgullo, los pescadores todavía cuentan al interior de sus chozas, las grandes hazañas del rey Harren, esperando el momento que… la hermosura del oro colapse a flor de la avaricia de los hombres para lanzarse vorazmente sobre poniente una vez más.
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