¿Cómo validamos la corrupción?

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Joaquín Ramírez

Sin duda uno de los problemas más graves que tiene el país es la corrupción. Los dineros se pierden, el desempeño público se estanca y el correcto funcionamiento de la nación es trastornado. Naturalmente se exige que las reglas de juego, formalmente concebidas como leyes, actúen en contra de este tipo de comportamientos desviados que tanto desangran al estado, demandas que son consecuentes y acertadas. Sin embargo, la corrupción tiene raíces más profunda que permiten que este problema se perpetúe, los cuales vale la pena analizar. Por tanto, a lo largo de este escrito analizaré brevemente lo que enraíza el problema de la corrupción, remitiéndome a algunos elementos psicológicos de la economía conductual que sean de ayuda en el análisis.

A este propósito, comenzaré con la deshonestidad. De acuerdo a Dan Ariely [1], hay dos tipos de deshonestidad. Está el tipo de deshonestidad estándar, la cual se basa en un análisis de coste-beneficio, es decir, el tipo de deshonestidad correspondiente al ladrón frío que antes de hacer su movimiento calcula cuánto dinero puede robar, si puede haber alguien que le impida actuar, y a qué castigo podría enfrentarse si es capturado, de manera que basado en su análisis de recompensa y castigo actúa. Luego está el otro tipo de deshonestidad, que es el que corresponde a las personas que en general se consideran honestas, pero que inflan el precio de un televisor al hacer parte de un seguro, o que reportan celulares como perdidos o robados para que el seguro les de uno nuevo. Esta última, es la deshonestidad que me interesa, porque es la que se extiende a la mayoría de las personas, y me parece que es la que más opera en la psicología de la corrupción.

Admito que hasta aquí parece que no distinguiera la magnitud del crimen y por tanto la diferencia entre robar miles de millones de las arcas públicas y robarse un lápiz de una oficina, sin embargo, no se está lejos de asumir que en principio ambos tienen una base deshonesta. Al lado de ello es necesario entonces explicar cómo es que ambos son psicológicamente diferentes y qué hace que en el imaginario colectivo tengan un carácter distinto.

La respuesta a lo anterior es la racionalización que hacemos a nuestros actos, la cual difiere del análisis costo-beneficio expresado anteriormente. Para dicha racionalización hay un análisis previo de qué tan mal nos sentiremos cometiendo este acto contra cuánto beneficio se va a obtener de la fechoría. En otras palabras, nos gusta mirarnos al espejo y pensar en nosotros como personas honestas, por lo que comúnmente sopesamos nuestros actos para saber si afecta la manera en cómo nos sentimos con respecto a nosotros mismos. Hay que agregar que, tal como señala Ariely [2] “Nos preocupa la honestidad, y queremos ser honestos. El problema es que nuestro monitor de honestidad interno sólo se activa cuando contemplamos la posibilidad de realizar grandes transgresiones, como llevarse una caja entera de bolígrafos de la sala de conferencias. Para las pequeñas transgresiones, en cambio, como coger uno o dos bolígrafos, ni siquiera consideramos cómo tales acciones se reflejan en nuestra honestidad”.

Lo anterior es evidente, sin embargo sirve como base para entender un aspecto central de este escrito, que es cómo y por qué la racionalización de nuestros actos varía; es decir, cómo puede ser tan heterogénea como para que el bien y el mal se vuelva tan relativo. El hecho es, el cómo puede cambiar esa racionalización que hacemos de nuestras decisiones o las de los otros son justificadas en principios morales, los cuales varían tanto que nos parece que muchas personas se pueden sentir honestas justificando lo injustificable. De estas circunstancia se da que en diferentes tipos sociedades se validen diferentes tipos de decisiones, puesto que de acuerdo a diferentes aspectos, que en términos institucionalistas [3] serían llamados “instituciones informales” (tales como códigos de conducta o creencias), se establecieron una serie de principios morales, los cuales afectan el proceso de racionalización, y así, la validación de nuestras acciones. De esta forma, sociedades con creencias primitivas, en general racionalizarán y validarán actos que bajo estándares de sociedades más avanzadas no se validarían.

Para concluir cabe preguntarse entonces de qué manera el sistema de creencias de la sociedad colombiana racionaliza acciones tales como la corrupción. Es fácil comprender que en Colombia, al ser un país tan joven y que lo largo de su historia ha sufrido constantemente conflictos, las instituciones informales no hayan cuajado de tal manera que permitan una racionalización que demerite ciertos tipos de actos de corrupción. De manera que no sólo muchas veces el corrupto, sino la gente testigo de sus actos, racionaliza de tal forma que las acciones son validadas porque “roba pero hace” o porque es ampliamente considerado que ayudar a la familia desde un cargo público no está mal, por lo que su deshonestidad al haber robado las arcas públicas termina mereciendo el castigo de robar un lápiz.

Referencias

[1] ARIELY, Dan. Las Trampas del Deseo: Cómo controlar los impulsos irracionales que nos llevan al error. Barcelona: Editorial Planeta, 2008. p.215.

[2] Ibid., p. 221.

[3] Vease: NORTH, Douglass. Instituciones, cambio institucional y desempeño económico. México: Fondo de Cultura Económica, 1995

Bibliografía

ARIELY, Dan. Las Trampas del Deseo: Cómo controlar los impulsos irracionales que nos llevan al error. Barcelona: Editorial Planeta, 2008. p.215.

NORTH, Douglass. Instituciones, cambio institucional y desempeño económico. México: Fondo de Cultura Económica, 1995.
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