Contrato familiar

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Lina Marcela Palacios Fonseca

Hace poco me encontré con una amiga del colegio, tuve la oportunidad de preguntarle que era de su vida. Fuimos bastante allegadas, lo cual me permitió preguntarle sobre su familia, ya que si mal no recordaba sus padres vivían en un campo de batalla. Me pudo contar que sus padres se conocieron hace más de 25 años, se casaron porque eran personas solitarias y mutuamente se hacían compañía; sin embargo parece ser nunca hubo un vínculo amoroso fuerte, se casaron tuvieron hijos y permanecieron juntos por la responsabilidad de ser padres. Los dos eran trabajadores, buscaban el progreso y sus hijos siempre fueron la excusa perfecta para seguir unidos.

Esta sería una situación complicada de entender para un espectador, pues prácticamente no se hablaban, dormían en cuartos diferentes, pero vivían como una familia normal desde que se tenía memoria. Hubo tiempos de crisis emocionales y sin embargo seguían ahí. Con el paso de los años, juntos pasaron de no poseer absolutamente nada a construir una casa de tres pisos, seis cuartos, tres baños, una sotea y una verja preciosa. Básicamente era el patrimonio familiar mejor logrado, sin duda era una excelente propiedad bajo cualquier mirada, construida con esfuerzo mutuo, salarios mínimos, y cuatro hijos por sostener. Pero ¿cómo es posible lograr un patrimonio familiar de este tipo sin ningún tipo de motivación, comunicación, coordinación e incluso una jerarquía establecida?

Siempre he pensado que los principios económicos básicos no solo se aplican en un área específica, si no que por el contrario parecen ser reglas generales de vida. Sin embargo, este caso parece ser una contradicción a la teoría económica, teniendo en cuenta que el funcionamiento de una familia no se aleja de la construcción y manejo de una empresa. Siendo así: ¿Es eficiente un contrato sin ningún tipo de motivación y/o comunicación? ¿Cómo se obtiene un patrimonio familiar de manera eficiente sin estos principios? Según Paul Milgrom y John Roberts (1993) “es necesario coordinar las acciones de tal manera que formen un plan coherente y motivar a los agentes para que actúen de acuerdo al plan” es por esto que me atrevo a buscar algún tipo de explicación para el resultado obtenido dando fe a la teoría económica.

“La eficiencia como principio positivo exige tener en cuenta qué intereses se están atendiendo y que tipos de acuerdos son posibles” Paul Milgrom y John Roberts (1993). Para encontrar una primera hipótesis a los inesperados resultados de un mal contrato; hay que tener claros los intereses de los socios, en este caso podríamos asumir que estos no tenían como fin último el cumplimiento del mandato divino si no la obtención material de un activo y sentimentalmente un acompañamiento familiar. De esta manera se acuerda un pacto incomunicado en donde los hijos pasan ser el eje de coordinación. Tal y como como lo afirman los autores “las personas son egoístas y oportunistas y las organizaciones que quieran tener éxito deben canalizar este interés propio hacia un comportamiento socialmente beneficioso”. Racionalmente ningún ser humano conforma una organización para tener pérdidas, aunque aquí no sean las metas entendidas en la concepción familiar se aprecia buenos resultados en el fin último del contrato.

Sin embargo cabe preguntarnos acerca de las alternativas utilizadas para coordinar entre los individuos vinculados, sin duda no había un planificador central que tomara las decisiones, así que se deduce una mayor importancia a “el suministro de información a los individuos y los recursos que precisan para adoptar decisiones que encajen con el plan general” Paul Milgrom y John Roberts (1993). Es decir, el rol que tuvo que asumir cada hijo- integrante no fue el mandato de una voz central si no que forjaron su propia autonomía, y se consolidaron como miembros independientes encaminados en el plan general.

Sin embargo, tal y como lo predice la teoría, la jerarquía juega un papel importante, seguramente a lo largo del texto se preguntaron: ¿Quién tuvo el poder o voz de mando en las decisiones? Aquí radica el término “campo de batalla” del primer párrafo, pues como sucede en un escenario de guerra, los principales socios dieron la pelea por hacer su voz superior al de su oponente sin muchos racionamientos; así, sin cooperación ni comunicación finalmente reluce la necesidad de sumisión en una organización y la incapacidad de dar validez a las orientaciones de un “jefe de la casa”. En este caso terminó por obligar la intervención legal en manos de abogados quienes no desaprovecharon para sacar mayor ventaja en la repartición del patrimonio familiar.

Bibliografía

Milgrom, P., & Roberts, J. (1993).Economía, organización y gestión de la empresa. Editorial Ariel S.A.
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