La reconciliación de los intereses individuales

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Laura Santander Gualdrón

Desde los principios de la humanidad, el hombre ha sentido la necesidad de unirse a otros para obtener mayores y mejores recursos, pero al mismo tiempo no ha dejado de actuar egoístamente y buscar su beneficio propio. ¿Por qué el homoeconomicus podría esforzarse por estar dentro de una organización jerárquica y se sometería a una restricción de su libertad para decidir?

De Adam Smith sabemos que en una sociedad, cada quien buscando su propio beneficio y actuando en base al egoísmo – o como otros lo llaman autoamor – es posible llegar a un bienestar social. De otra forma, las personas tendrían que saber literalmente millones de cosas que afectan el consumo y producción de una inmensa cantidad de productos, para tener suficiente información y así ajustar sus decisiones. Una completa cooperación social requeriría que cada persona tenga información sobre las preferencias de todos los que sean afectados por sus decisiones y sobre las condiciones constantemente cambiantes, que alteran la escasez relativa de los recursos. Por ejemplo, todos los que quieran usar productos de algodón deberían estar informados si una moda incrementó el deseo por la ropa de algodón, o si la disponibilidad de este se redujo por las lluvias, o si una nueva evidencia sugiere que trabajar en los campos de algodón puede ocasionar problemas respiratorios.

Pero antes de concluir que la cooperación social requiere una red de información superior a cualquier cosa remotamente disponible, y un nivel de compasión raramente practicado por mortales ordinarios, considere que cada día nos beneficiamos de ese tipo de cooperación social. Si bien lo que Adam Smith expone es cierto, por otra parte también es cierto que los seres humanos hemos aprendido a sobrevivir por medio de la cooperación en la medida que nos hemos dado cuenta de las mejoras en la eficiencia producto de esta. Son muchos los ejemplos en donde se pueden ver reflejadas las ideas anteriormente expuestas; uno de estos es la cooperación entre capital y trabajo donde la participación de los trabajadores multiplica la eficiencia y fomenta la innovación a través de la participación en resultados económicos  que transforman las relaciones de “confrontación” en relaciones de “cooperación.

Este tipo de cooperación se logra mediante una organización que exige en la mayoría de los casos una estructuración jerárquica para su funcionamiento, una división necesaria para la organización. Cuando se habla de jerarquía por lo general se entiende como una relación de dominación; sin embargo, es importante resaltar que jerarquía no incluye la idea de subordinación, algo que suele ir acompañado de esta en su acepción más usual. Las jerarquías, en su lugar, permiten abordar tareas que sobrepasan muchas veces con creses la capacidad física y de toma de decisiones de los individuos. Cuando se trata de decidir entre muchas personas dentro de un sistema económico complejo – al que hemos evolucionado con el paso del tiempo – , elegir ha de representar un problema de gran magnitud ligado a unos costos de transacción.

En síntesis, a pesar de la naturaleza egoísta que nos plantea Adam Smith, de alguna forma ha ocurrido una reconciliación de los intereses de los individuos a través del mercado, el comercio y el intercambio. Los precios de mercado motivan a las personas a responder como si a ellos les importaran los intereses de los demás tanto como les importan los de ellos mismos. Al homoeconomicus aunque inevitablemente en una organización se le impone una jerarquía que influye fuertemente en las decisiones que puede tomar este agente racional, le resultaría más beneficioso acoplarse a esta que permanecer por fuera de la misma. Esta libertad limitada es esencial para el funcionamiento eficiente de las organizaciones.

Referencias

Milgrom y Roberts., (1993) Economía, organización y gestión de la empresa, Barcelona, España: Ariel S.A.
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