Los juegos de la paz

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Nelson Felipe Coy Combita

Algún día, a alguna persona, le escuché  que la política es uno de los campos en donde se ha utilizado la teoría de juegos extensamente. No sé qué tanto Paloma Valencia estudie a Nash, o Robledo haga matrices donde el jugador uno es él y el dos es Clara López o el ministro de minas; pero, leyendo a Ken Binmore, comprobé su utilidad, al menos, para un humilde espectador. La teoría de juegos me ha ofrecido herramientas para entender muchas decisiones   que de otro modo no entendería, y sobre todo, me da la oportunidad de aventurar un poco e intentar predecir qué juegos y equilibrios nos esperan como sociedad después del proceso de paz.

Por el título es evidente adonde quiero ir, pero como importa más el recorrido que saber adónde se va, contaré cómo se revelan los juegos de la paz ante mis ojos. Bueno, resulta que con la finalidad de ahorrarme algún dinero en los días finales del programa que tomé para ir a Estados Unidos, acepté el ofrecimiento de Bibiana -una señora colombiana que vivía con su esposo americano cerca al sitio donde debía tomar el vuelo de regreso- de quedarme los últimos días en casa de ella. Debo decir que llegué a Colombia sin  tomar el vuelo, porque la amabilidad y calidez materna de Bibiana, me hicieron sentir en casa antes de lo que creía.

La relación, no obstante, tuvo un pequeño matiz de tensión porque por algún desafortunado comentario o idea, no sé de quién de los dos –lo sé, pésima memoria– llegamos al tema de la paz. El plebiscito no se había firmado para entonces, pero estaba ad portas de hacerse, por lo cual las álgidas discusiones estaban a la orden del día. Bibiana estaba rotundamente opuesta al proceso de paz, y aunque nunca di mi opinión de si yo votaría por el sí o el no, porque no quería hacer de mis últimos días un infierno, el silencio otorga, y ambos lo sabíamos. Entre sus razones para defender su postura, pues ya ustedes se imaginarán.

No sólo no entré en discusión directa con Bibiana, sino que nunca lo hice con más gente. Asumía sus posiciones como irracionales, y daba como caso perdido cualquier intento de cambiar su opinión. Hoy, gracias a Binmore y a la teoría de juegos, sé que la conducta de las personas que votaron no, es racional dadas sus preferencias. Su actitud es coherente de acuerdo a sus creencias acerca de la paz.

Sé que puede sonar bastaste obvio lo que digo, pero la subestimación mía y de todos los del sí, incluyendo al astuto Juan Manuel Santos, acerca de la posibilidad del NO de ganar, esconden una particularidad que de alguna forma negábamos: Mucha gente, en busca de la eficiencia individual, prefiere la continuación del equilibrio ineficiente de la guerra. María Fernanda Cabal, y algunos otros terratenientes, podrían perder sus tierras; el conflicto que “apenas” afectaba a pueblos de los que muchos no saben el nombre, como Bojayá, podría trasladarse de cierta manera a las ciudades; y, por qué no, nos podríamos volver homosexuales, o bien, ser otra Venezuela, etc.

El juego de la paz es un juego de conflicto: la cooperación, aunque deseable socialmente, es opuesta a intereses individuales. Somos un país con un quiebre fundamental en nuestras preferencias, las cuales confluyen en un equilibrio ineficiente como el de la guerra. Lo cierto es que el proceso FARC-Estado (sociedad) se firmó, más allá de que la cicatriz y la división sean, al día de hoy, bastante pronunciadas. El juego es ahora distinto, y trae otros riesgos sociales por las condiciones dadas, así como oportunidades y pagos. La mejor forma de ver esta situación post-proceso es a través del juego del dilema del prisionero, pero donde ya no se va a jugar sólo una vez, sino indefinidamente. Ello implica que el punto que era eficiente e implicaba cooperación se vuelva equilibrio, siempre que sea tan bueno o mejor como la estrategia minimax de cada jugador (Binmore, 2007).

Me explico: En la nueva situación, hay otros equilibrios, donde algunos de ellos implican  cooperación, dado que ahora se convivirá con los exguerrilleros día a día, y dicha relación frecuente entre los del NO y sus enemigos, hace plausible este nuevo equilibrio. Subsisten,  no obstante, aquellos equilibrios donde el conflicto con las FARC resurge, o el acuerdo no se lleva a cabalidad. Cuando hay varios equilibrios se puede llegar a uno, bien sea  mediante un acuerdo con vigilancia de una o más agencias externas, o mediante alguna otra convención.  El acuerdo de paz corresponde al primero: un intento de llegar a un equilibrio a través de un contrato, cuya vigilancia de agencias externas existe.

De esta forma en que se decida el equilibrio depende si la paz perdura o no. Si es el equilibrio eficiente, donde no hay destrucción de recursos y hay paz, se requiere que las agencias externas encargadas de velar por el cumplimiento del proceso, lo hagan de manera eficaz. De otro modo, podría existir una supervisión imperfecta que ponga en riesgo la viabilidad de dicho equilibrio socialmente deseado.

De existir dicha supervisión imperfecta, se abre campo a otro tipo de convenciones que nos guiarían hacia un equilibrio diferente. Lo peligroso del asunto es que muchas de estas convenciones que podrían decantar la balanza hacia el lado no deseado, son perversas en términos de eficiencia social. Una de esas convenciones colombianas es aquella, bien incrustada, de suprimir la diferencia. Dicha convención ya ha arruinado otros intentos de paz, y, sobre todo, su prolongación ha definido en gran medida la tendencia a agredir a aquel que piensa diferente a nosotros. Asesinatos de exguerrilleros, disidencias o crímenes a líderes sociales, preocupan.

Ahora bien, las convenciones y las preferencias pueden cambiar. Del mismo modo podemos, si no estamos a gusto con el equilibrio al cual lleva el juego, intentar cambiar las condiciones  y acercarnos a otro lugar. Si no te gusta como esta puesta la mesa, voltéala, dicen por ahí. Esperemos no haya necesidad.

Bibliografía

Binmore, K. (2007). La teoría de juegos: Una breve introducción. Madrid: Alianza Editorial.
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