Quien la hace, ¡la paga!

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Laura Victoria González Chacón

Roberto Rangel

Creo que a todos nos ha pasado o por lo menos en mí caso me pasa seguido y es que me digan: “llegó mi tormento”, pues bien, no seré el de todo el mundo, pero de que a todos nos llega, eso es seguro. Estoy convencida que a veces es cuestión de suerte que nos pase lo que nos pasa, pero no creo que en todas las ocasiones sea así. ¿O tal vez el azar no es una casualidad o accidente sino el destino que nosotros mismos hemos marcado?, ¿No les ha pasado que hacemos las actividades propuestas para la clase y no las revisan pero preciso el día que no pudimos realizarla, nos la piden o nos preguntan acerca de ella? o ¿Cuando sales con tus amigos, decides comprar una pizza y se te cae sin pegarle un solo mordisco antes? Habría que  preguntarse: ¿Qué hicimos en la vida pasada para merecer todo eso? Bueno, por lo menos siempre nos alienta el hecho de que a un amigo apodado bulto de sal, mal agüero, etc… le pueda ir peor que a nosotros.

En fin, si aún no saben de qué estoy hablando, permítanme explicarles qué es la ley de la retribución a partir de la tan famosa serie animada del coyote y el correcaminos. El coyote es un animal, que aunque astuto, se encuentra desesperado, está muy hambriento y con su insaciable hambre quiere comerse al correcaminos que es un pájaro veloz. El coyote tiene altos estándares para su dieta, y por lo tanto, lo persigue por las carreteras del desierto del sureste de Estados Unidos ingeniándose cualquier cantidad de trampas, cepos y en general, tentativas en la que nunca consigue capturarlo o matarlo, pero muy al contrario, todas sus elaboradas tácticas terminan perjudicándolo. No es muy diferente de la serie animada de Tom y Jerry. Es por ello que dicen que el karma es como las tarjetas de crédito, es decir, disfrutas ahora, pero pagas después.

Hay otras ocasiones en las que no esperamos que el boomerang lanzado llegue nuevamente a quien lo tiró, sino que decidimos asegurarnos de que reciba su castigo. Durante el juego de la confianza propuesto por la estudiante Laura Prada y el profesor Luis Alejandro Palacio, en el que hay dos jugadores A y B, inicialmente el jugador A recibe una dotación inicial, conocida por ambos jugadores, y deberá decidir cuánto enviar al jugador B, al cual le llega 3 veces el valor enviado de A. Seguidamente el jugador B deberá decidir cuánto enviar al jugador A. Si el jugador A decide no enviar algo al jugador B, entonces A se quedará con la dotación inicial y B con nada. En el caso en el que el jugador decida enviar algo o toda su dotación a B, su ganancia estará determinada por la cantidad que B decida enviarle y la de B por la que decida quedarse.

En el primer tratamiento del juego, donde se desconoce totalmente la información del otro jugador, tomar una decisión es bastante complejo porque se corre el riesgo moral de que la contraparte no quiera enviarte nada y quedarse con todo el pastel que decidiste compartir; sin embargo, en el segundo tratamiento del juego, me dan información del género de la contraparte, la cual es útil ya que por experiencia puedo asociar el comportamiento de las mujeres un poco más reciproco. En los pagos que aparecían periodo a periodo se podía observar que bajo el segundo tratamiento, las mujeres tenían en promedio más ganancias que los hombres y esto era en parte, a que los hombres tenían un comportamiento totalmente halcón, así que si una mujer era emparejada con un hombre, lo más probable es que decidiera no enviarle nada con el fin de castigarlo. En el juego del ultimátum, en principio, sucede algo similar, aunque el jugador B debería aceptar cualquier propuesta que haga A sobre el valor a enviarle, porque entre los eventos disponibles ganar algo es mucho mejor que nada; sin embargo, se ha encontrado que los jugadores A envían alrededor de la mitad de su dotación a B aunque no sea del todo racional, ya que está sacrificando sus ganancias  por alguien más, pero la decisión no es del todo irracional, ya que yo espero ganar algo siempre y cuando B acepte la propuesta, así que debo al menos darle una cantidad que considere justa para ambos.

Cuando estaba en el colegio y mi papá iba a recibir mis notas, me premiaba con un helado por obtener buenas notas y un buen comportamiento. Pues bien, ¿a quién no le dijeron, o más bien amenazaron de pequeño, que te premiarían si te comportabas bien y cumplías con todos los deberes pero que te castigarían si no lo hacías? Pues bien, déjenme decirles que esa es la base en la que soportamos nuestra idea de que actos buenos nos generan un buen karma y que portarnos mal es el camino a futuras catástrofes, es por esto que cuando necesitamos de alguna buena recompensa por parte del destino nos empeñamos más en portarnos de manera correcta. En otras palabras, “se trata de un patrón muy simple al cual nos aferramos, aún más cuando no tenemos el control de la situación ya que nos hace sentir más tranquilos y seguros. Nos brinda una ilusoria sensación de que todo irá bien.”

También es probable que eso que nos enseñan sobre el ser malagradecidos y cómo esto se encuentra mal visto por la comunidad haya formado estigmas que el principio de reciprocidad se ha  encargado de utilizar para que la sociedad sea un poco más justa. Pero el problema viene cuando algunos grupos o individuos se aprovechan de este principio para someter la voluntad de otra persona sin que su decisión le beneficie en absoluto. Por ejemplo, el caso más cercano es cuando los hippies se nos acercan a ponernos esa manilla por la cual podemos pedir un deseo y la cual no tiene ningún costo pero luego de que ya hemos deseado lo mejor para nuestras vidas, por lo menos quitarnos la sal de encima, nos piden una colaboración voluntaria. El mismo método que utilizaban los Hare Krishna para obtener limosna es uno de los mejores ejemplos de la forma en la que le principio de reciprocidad influye en nuestras decisiones.

Aun cuando contemos con mucha suerte, recuerden que no tenemos tantas vidas como el coyote para evitar todo el efecto causado por nuestras acciones, por eso, es común que siempre nos digan “no hagas lo que te no te gustaría que te hagan”, porque quien la hace, la paga. No se sientan mal, como decía Einstein “Si quieres resultados distintos, no hagas lo mismo”

Referencias:

Paco. (17 junio de 2014). El principio de reciprocidad: concepto, ejemplos y cómo evitarlo. Académica de inversión. Recuperado de: http://www.academiadeinversion.com/principio-de-reciprocidad/

Invertir es un buen karma: ¿El universo nos lo devolverá? Rincón de psicología. Recuperado de: http://www.rinconpsicologia.com/2012/08/invertir-en-un-buen-karma-el-universo.html

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