Tecnología, el hombre jugando al futuro

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Bryan Snehider Díaz

Ciberpunk —palabra de origen inglés y cuya pronunciación es /’saɪbəʳpʌŋk/—, se trata de un subgénero de la ciencia ficción, conocido por su enfoque en un futuro distópico con alta tecnología y bajo nivel de vida y toma su nombre de la combinación de cibernética y punk. Mezcla ciencia avanzada, como la informática y la cibernética junto con algún grado de desintegración o cambio radical en el orden social o cultural.

Hace muchos siglos un mono que cazaba rudimentariamente se irguió sobre sí mismo y así  empezó la historia del hombre. De inmediato este pequeño mono lampiño, se enseñoreó sobre todas las leyes de la naturaleza, surcó y sometió los mares, domó a otros y se extendió densamente sobre la tierra. Igual que una pequeña célula, el hombre aprendió de inmediato a manipular el ambiente en el que había nacido, con un solo objetivo: la supervivencia.

De este modo el hombre dotado solamente con su cerebro ha logrado todas las grandes proezas que más adelante han sido conocidas como la gloria de la humanidad. La suma de muchos cerebros razonadores ha construido diques capaces de dominar la fuerza de un rio, ha logrado burlar la monstruosa presión de un volcán y utilizarla para forjar diamantes y ha erigido una civilización de dimensiones colosales. El hombre lo exploró todo y se expandió sobre la totalidad del globo, aprendiendo y utilizando dicho conocimiento para moldear el mundo a su imagen y semejanza.

Todo esto necesariamente implica el crecimiento de dos formas de organización, el tejido social, que permite que las personas se organicen debidamente para permitir la infraestructura que el avance requiere, y el tejido científico y tecnológico que se encarga de domar las leyes de la naturaleza. La tecnología ha crecido de manera desbordante gracias a esto y a las decisiones de muchos pequeños agentes, desde el pequeño niño que trabajaba en la fábrica de alfileres de Adam Smith y que encontró un modo de utilizar la maquinaría más eficazmente de modo tal que dispusiera de más tiempo para sí mismo, hasta la irrupción de una enorme expedición conquistadora en las indias orientales o en la américa pre-colombina, que requirió del esfuerzo, la inversión y coordinación de grandes cantidades de personas y recursos materiales.

La suma de voluntades a la espera de obtener ganancia ha permitido el avance de la civilización material, en áreas tan diversas como la ingeniería, la física teórica o la explotación minera. No obstante para que todo esto haya sido posible, las organizaciones humanas han tenido que evolucionar a la par con la civilización material, ya que para el hombre habría sido imposible fabricar algo como un microprocesador, sin las comunicaciones necesarias, la coordinación en la línea de producción de personas ubicadas en lugares muy alejados del globo, y la estabilidad jurídica necesaria para poder hacer transacciones por medio de una llamada telefónica con toda la seguridad del caso.

El avance de la civilización material estaba fundamentada en dos pilares. La primera es que existían leyes universales que el hombre podía conocer y utilizar por medio de la lógica. La segunda es que estas leyes servirían para crear todo tipo de artefactos útiles para la vida, a esto se le puede considera como la “ideología del engranaje”. El avance de la maquinaria se basó fundamentalmente en dotar a ciertos objetos fabricados y compuestos por un conjunto de piezas ajustadas entre sí de la capacidad y autonomía para realizar o facilitar todo tipo de trabajo, de modo tal que el hombre pudiese utilizar a placer las fuerzas de la naturaleza. Esta es la esencia y el arjé de la robótica, representa principios lógicos y comunicándolos a la máquina por medio de estructuras micro fundamentadas de silicio era posible explicitar a la máquina lo que se deseaba que hiciese, de modo que esta ha podido ocupar el lugar del hombre en todo tipo de trabajos rutinarios, tales como ensamblar un automóvil, pilotar un avión o tomar decisiones en la bolsa de valores.

La cuestión es que el avance de los procesos automáticos a los que llamaremos tecnología se ha chocado rápidamente con una enorme barrera y es que las máquinas son capaces de realizar cualquier actividad que hayan sido programadas para realizar, pero son incapaces de interpretar la realidad, y de ajustarse en torno a los cambios que esta pueda tener. Para realizar este tipo de tareas donde la máquina no pueda ser programada es necesaria una mente humana. La robótica pronto respondió con el diseño y creación de las primeras inteligencias artificiales, es decir las primeras líneas de código que programaban la máquina no para repetir cierto grupo de procesos sino para aprender y extraer información de su medio que interpretarían de manera autónoma, así como en el primer día dios hizo la luz, en el octavo día el hombre esculpió en piedra las tres grandes leyes de la robótica:

  1. Un robot no hará daño a un ser humano o, por inacción, permitir que un ser humano sufra daño.
  2. Un robot debe realizar toda orden dada por seres humanos, excepto si estas órdenes entran en conflicto con la primera ley.
  3. Un robot debe proteger su existencia en la medida de que esta protección no entre en conflicto con la primera ley o la segunda.

Y aquí es donde la importancia del tejido social es apreciable en toda su magnitud, pues sin una estructura social lo suficientemente fuerte, el hombre sería incapaz de manejar debidamente la amplia vastedad de posibilidades que abren las nuevas tecnologías. Pensemos por un momento: ¿Qué pasa si un Robot en cumplimiento de la ley número uno se enfrenta al dilema de salvar un grupo de personas por un lado y a otro grupo por el otro en un ambiente donde no existen más posibilidades como el dilema del tranvía? ¿Qué pasaría si un Robot en plena capacidad de elegir adquiere el nivel de aprendizaje como para decidir que las tres leyes de la robótica carecen de importancia? ¿O si la tecnología robótica fuese utilizada militarmente de manera masiva?

Esto abre una amplia gama de posibilidades, en donde todo tipo de realidades distópicas serían factibles, y en donde la economía tiene mucho que aprender y también mucho que aportar en conjunción con las demás humanidades, la importancia de entender las organizaciones humanas no solo es visible en los grandes mercados financieros, de ella también depende nuestra subsistencia como raza.

Referencias

«Paul Krugman: Asimov’s Foundation novels grounded my economics». The Guardian (en inglés). 4 de diciembre de 2012. Consultado el 13 de marzo de 2013.

Isaac Asimov, Fundación. Segunda edición. Editorial La Factoría de Ideas: Madrid, 2007
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