El campo sin empresas

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Lukas Francisco Muñoz Rueda

El corregimiento de San Pedro de la Tigra se encuentra ubicado a treinta minutos por carretera destapada de la cabecera municipal del Playón, Santander. A 900 metros sobre el nivel del mar, con temperaturas cálidas, esta región ofrece el clima ideal para la siembra de múltiples cultivos, además de fértiles terrenos que, divididos en fincas cuyas extensiones en su mayoría van desde dos hasta veinte hectáreas, son el sustento económico de un gran número de familias campesinas. La población que allí reside es en su mayoría oriunda de la región, y otros más que han llegado en condición de desplazados, a quienes el gobierno les ha asignado nuevas tierras productivas. También hacen parte de la comunidad personas dueñas de fincas que, provenientes de la ciudad, encuentran en el campo una buena posibilidad de inversión. Sin embargo, esta zona enfrenta los mismos problemas que se presentan en el agro a nivel nacional.

Según el censo nacional agropecuario, el país presenta un panorama nada favorable de la zona rural nacional. Un fuerte atraso respecto al crecimiento de otros sectores demuestra que el campo ha sido relegado históricamente a un segundo plano, y que en él falta mucho por hacer en materia de desarrollo social y económico. Entre los principales problemas que se evidencian están el envejecimiento de la población, síntoma en este caso de la falta de incentivos de los jóvenes a esta forma particular de vida, la falta de asistencia técnica, que no permite las innovaciones, y la existencia de un alto porcentaje de población en condición de pobreza multidimensional.

Ahora bien, la presencia de estos preocupantes fenómenos en lugares como el corregimiento mencionado, que cuenta con dotaciones ideales para la creación de una estructura productiva robusta y competitiva, demuestra la ineficiencia del campesinado, quienes no logran hacer máximo el beneficio de las actividades agrícolas. En otras palabras, a pesar de tener unos inputs iniciales muy buenos, sus outputs muestran poco valor agregado. La curiosa situación, no obstante, tiene una explicación sencilla que demuestra los fallos del mercado, los cuales pueden ser superados a través de una estructura organizacional (Milgrom y Roberts, 1993).

Entonces, si se toma como ejemplo el mejor y más representativo producto de la región, el cacao (Santander aporta el 80% de la producción nacional, según Fedecacao, 2015), se pueden apreciar con facilidad las distorsiones que el sistema de precios por sí solo no logra superar. Si bien el cacao de Colombia es considerado como fino y de aroma, y a pesar de la escasez de este bien (sólo el 8% de la producción mundial se encuentra dentro de esta categoría), los precios de venta son bastante bajos. Una fuerte explicación a la distorsión se halla en los intermediarios, quienes monopolizan la compra de la materia prima, estableciendo los precios de forma arbitraria. Así, los incentivos a innovar la forma de producir son prácticamente nulos, a que la calidad no es tenida en cuenta como un diferenciador entre el producto. En el caso analizado, este monopsonio lo tienen las compañías Nacional de Chocolates y Casa Luker, los cuales compran el 80% de la producción nacional (fedecacao).

Como solución, y basados en Milgrom y Roberts (1993), aparece la organización como método alternativo para lograr la eficiencia y maximizar el valor. Entonces, la creación de una estructura vertical, que produzca un output con alto valor agregado, llámese chocolatería fina, y que establezca precios que realmente sirvan de incentivos a la producción de calidad, además de responder a un escenario más real, diferenciando entre el cacao pobremente trabajado al cultivado con técnicas que aseguren un estándar óptimo, permitiría un desarrollo del sector rural capaz de solucionar los problemas sociales y económicos que se han presentado desde épocas remotas.

Bibliografía

Milgrom, P., & Roberts, J. (1993). Economía, organización y gestión de la empresa. Editorial Ariel S.A.
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